El hombre, el radio, su tiempo
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El hombre, el radio, su tiempo

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Y en las piernas sostenía a su viejo radio, con la ternura de un niño.
Foto: Pastor Batista Valdés

Frente a él pasa una pareja de novios, muy jóvenes, pero caminan tan concentrados en su amorío que no advierten su apacible presencia. Lo mismo ocurre con un atlético muchachón metido en un mono deportivo azul y blanco, así como con un adulto de avanzada edad que camina halando una de esas pequeñas carretillas que muchas personas utilizan cuando van de compras al mercado.

Tampoco el hombre se percata de que ellos prácticamente le acaban de rozar la punta de los zapatos, calle arriba, en dirección a la cercana Parroquia o Iglesia Mayor espirituana.

Hace apenas unos segundos lo vi alzar la mirada hasta la cúpula y exhalar un hondo suspiro, quien sabe si de admiración por esa joya de la arquitectura que distingue a la cuarta villa colonial fundada por los españoles en Cuba (4 de junio de 1514) o si lo hizo por otra razón.

En lo personal, me iría más por esta segunda hipótesis al ver cómo queda convertido en una especie de escultura viviente, reposando sobre un pequeño muro, inclinado hacia adelante, con los ojos melancólicamente fijos en un vetusto radio que descansa sobre sus piernas.

Intentando no alterar esa divina postura, le tomo una foto y continúo mi camino.

Quizá, sentarse allí sea parte de un ritual que realiza cada día o con determinada frecuencia.

Tal vez, por el contrario, sea esta la primera ocasión en que sale con el entrañable equipo para ver si da con un «mago extemporáneo» que realice el milagro de hacerlo funcionar otra vez.

Quien sabe si lo observa solo preguntándose, en silenciosa meditación, si cuando reciba la mensualidad correspondiente a su próxima chequera le alcanzará el dinero para pagarle el servicio a uno de esos individuos que, si no te cobran por cuenta propia hasta el oxígeno que respiras, es porque no han hallado el modo de hacerlo.

Su nombre puede ser tan común como el de cualquier otro hombre de su edad, de ese tiempo al que se mantiene anclado, inamovible…

Por ello, a pesar de las, digamos, renovadoras brisas de esta tercera década del siglo XXI, difícilmente se le vea mañana deslizando la yema del dedo sobre una pantalla de celular para posar su oído en el Noticiero Nacional de Radio, en el programa de música campesina o mexicana, en el espacio Nocturno o en lo que minuto a minuto informa el único reloj del éter hecho radio durante las 24 horas.

No. No se ha percatado de que me llevo la imagen de su silueta en el teléfono… como tampoco imagina que no solo el vetusto radiecito, dormitando sobre sus piernas, deviene reliquia en las recurrentes vitrinas del calendario… también lo es todo él, como individuo, callado, pero de alguna manera en incondicional frecuencia con las campanadas de la Parroquia Mayor y con este tiempo nuestro, de todos, que no deja de emitir viejos y nuevos acordes, noticias y melodías -como alguna vez lo hizo el viejo radiecito- para la villa entera.

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