Guerrillero Opinión

El dolor que agrieta las redes

Hay días en que Facebook no parece una red social y se convierte en una sala común de tristeza. Uno entra buscando una noticia ligera, una fotografía familiar o el saludo de alguien conocido, y de pronto encuentra un nombre escrito con dolor, una imagen detenida, una despedida que nadie estaba preparado para leer. Entonces la pantalla deja de ser pantalla, se vuelve umbral, se vuelve silencio, se vuelve ese lugar extraño donde el dolor ajeno nos toca como si también hubiera entrado en nuestra casa.

En cada publicación triste se cuela una forma distinta de ausencia. Duele la madre que escribe sin saber cómo ordenar el vacío. Duele el amigo que intenta despedirse con una frase breve porque ninguna alcanza. Duele la familia que agradece los mensajes cuando todavía no entiende cómo seguirá la vida al día siguiente. Duelen los comentarios repetidos, los corazones, las palabras de fuerza, las oraciones dichas con apuro, porque detrás de todo eso hay una necesidad profunda de acompañar, aunque sea desde lejos, aunque sea con lo poco que permite una red social.

Tal vez por eso estas publicaciones nos unen tanto, no porque todos conociéramos a la persona que se ha ido, sino porque todos conocemos el miedo de perder. En este mundo difícil, cansado y lleno de incertidumbres, la tristeza se vuelve una lengua común, cada quien la pronuncia a su manera, pero todos la entendemos. Quien hoy comenta con respeto sabe que mañana podría necesitar esas mismas palabras. Quien hoy consuela sabe que ningún ser humano está a salvo de ese golpe que llega sin avisar y cambia para siempre la manera de mirar una mesa, una puerta, una calle o una fotografía.

Y es que, la naturaleza, con su fuerza incuestionable, nos recuerda algo que solemos olvidar: no somos dueños de todo. Hacemos planes, marcamos fechas, dejamos llamadas para después, postergamos abrazos, creemos que el calendario obedecerá nuestros deseos, y de pronto una lluvia, un viento, una crecida, el mar, la tierra o el tiempo deciden otra cosa.

No hay explicación que alcance cuando lo inevitable entra en una familia; no hay argumento capaz de aliviar de inmediato o quizás a ningún plazo. Cuando se vive algo tan terrible como lo ocurrido en Venezuela hace ya más de 72 horas, solo queda mirar con humildad lo pequeño que somos frente a lo inmenso, y aceptar que la vida puede cambiar en un instante.

También pesa ver cómo la vida cotidiana sigue su curso alrededor de la noticia triste, alguien vende, alguien compra, alguien pregunta por cualquier asunto urgente, mientras en otra casa falta una silla y sobra un silencio.

Esa convivencia entre lo común y lo irreparable es una de las heridas más duras. Nos recuerda que el mundo no se detiene, aunque para una familia todo haya quedado detenido, por eso cada mensaje de apoyo, por pequeño que parezca, intenta decirle a ese dolor que no está solo en medio del movimiento de los demás, porque acompañar no devuelve lo perdido, pero evita que la pena se vuelva una habitación cerrada.

Sí, a veces basta una palabra honesta para abrir una pequeña ventana en medio del duelo, y aunque nadie tenga la respuesta exacta, el gesto de estar cerca es una forma sencilla de resistencia humana ante la intemperie. Nadie debería cargar solo con una ausencia, ni despedir sin sentir una mano cercana.

Esa certeza duele, Venezuela DUELE, pero también despierta. Nos obliga a bajar la voz, a dejar de pasar de largo ante la pena de los otros, a comprender que cada publicación de despedida no es un contenido más en medio del ruido digital, pues se siente cómo alguien llora un llanto distinto (ensordecedor).

Cada publicación, cada comentario, cada emoji, representa una familia en busca de consuelo donde puede, a un pueblo entero reconociéndose en el dolor ajeno. A veces se escribe una frase sencilla porque no hay más, a veces se reacciona con un corazón porque falta el aliento, a veces se lee en silencio, y ese silencio también acompaña.

No todo dolor necesita discursos. Hay pérdidas que solo piden respeto, presencia y ternura. Hay momentos en que la humanidad comienza precisamente ahí, en no apartar la mirada y, hasta la gramática se corta en la garganta; somos tan pequeños y a la vez tan grandes, pues si bien es cierto que conmueve demasiado el panorama del gran país caribeño, también nos mueve ver cómo, aun en medio de tantas dificultades, la gente se detiene ante la tristeza de otros y lo hace para decir: estoy aquí, lo siento, te abrazo, no estás solo.

Puede parecer poco, pero en días así esas palabras sostienen o por lo menos tratan de ser pequeñas luces en una noche que para alguien se ha vuelto demasiado larga.

Quizá la mayor enseñanza de estos días sea esa fragilidad que compartimos. Vivir no es una garantía, es un préstamo. Y si la naturaleza decide tantas veces el destino, si el azar nos coloca frente a despedidas que no escogimos, entonces deberíamos amar con menos demora, llamar a quien extrañamos, pedir perdón antes de que sea tarde, agradecer lo cotidiano, mirar a los nuestros con más conciencia.

Venezuela hoy nos dice que, mientras la vida dure, lo más humano que podemos hacer es cuidarnos mejor y acompañarnos cuando el dolor, inevitablemente, vuelva a tocar la puerta.

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