Don Ernesto en zapatillas
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Don Ernesto en zapatillas

Uno de esos hombres de pueblo, que prefieren estar todo el tiempo metidos en un overol de trabajo, sudados, con las manos llenas de grasa…


Ante la sugerencia de alguien, el conductor del auto tuerce muy despacio a la derecha, en la calle que está al fondo de la Terminal de Ómnibus Nacionales de Las Tunas y, afortunadamente, va casi directo a la casa…

–¿Tú eres Ernesto, verdad?

El hombre responde afirmativamente con la cabeza mientas su semblante refleja la sonrisa que no siempre exhibe. Debe ser porque intuye lo que sobreviene.

–Perdona, mi hermano, que te caiga así, a esta hora de la noche, pero me dijeron que puedes ayudarme; el carro se me quedó completamente sin frenos y necesito seguir viaje para Santiago de Cuba. ¿Crees que pudieras tirarme un cabo?

Ernesto Fernández Rosabal no responde verbalmente. Solo se limita a darle un par de palmaditas en el hombro y con un gesto de la mano le indica que lo siga hasta el pequeño taller lateral donde cada día “salva vidas y hace milagros”.

Un rato después el agradecido viajero no sabe si abrazarlo, pagarle el doble de lo que modestamente le cobra por reparar la bomba de freno o darle su dirección para si en algún momento quiere hacerle la visita.

Ha sucedido numerosas veces, de día, de noche, cualquier día de la semana.

“Llevo muchos años haciendo zapatillas” –me confiesa sin quitar la mirada de la chaveta puntiaguda y del taco de goma que gira impulsado por un pequeño motorcito.

“Fue un vecino llamado Alcides Torres Torres quien me embulló un día a empezar a hacer zapatillas. Yo había sido chofer en el Central Majibacoa.

“Seguí su consejo y comencé. Esto no lo hace cualquiera. Se necesita mucha precisión para todo.

“Desde entonces no sé la cantidad de carros que han pasado por aquí. He hecho también sellos para turbinas, para equipos de la fábrica de refrescos, del sistema de salud; le he ofrecido servicio al Centro Provincial de Electromedicina, al combinado Lácteo, a la Clínica Estomatológica Héroes de Bolivia…”.

En la interminable lista que pudiera ofrecer Ernesto figuran ancianos que caminan más seguros y confiados por la calle, con bastones a los que él les hizo apoyo de goma gracias a una dedicación y sensibilidad humana que también se ha expresado en el servicio gratuito a ambulancias del sistema de salud.

Tras explicarme –siempre concentrado en su labor– que suele aprovecharlo todo, refiere cómo hace sus propias chavetas o cuchillas con pedazos de pelos de segueta partidos. Incluso el motorcito con que trabaja lo armó él mismo, en casa, a su gusto.

–¿Y el material?

“No es de importación –afirma sonriendo–, trabajo con neumáticos o gomas en desuso ya. Puedo decirte que las mejores son las de tractores y combinadas cañeras. Los mismos clientes y gente que conozco me las traen, y yo, desde luego, se los agradezco mucho.

La última vez que lo vi, ya los apagones causaban notables estragos a escala nacional.

“Sí –me dijo. Este problema de la corriente me está llevando recio, pero no puedo rendirme. La gente necesita de mí y yo necesito también de la gente. Lo importante es seguir empujando pa’lante, aunque tenga que trabajar hasta los domingos”.

Claro que sí –respondí, y un estrechón de manos puso fin a la breve conversación. No era una mano cualquiera, sino una de las tantas manos curtidas por el trabajo duro, interminable. Era la mano de uno de esos hombres que prefieren estar metidos en un overol, manchados de grasa, llenos de sudor, que dentro de un pijama, contemplando la copa de los árboles o esperando por el llamado de Morfeo para irse a la cama.

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