Hace unos 21 años, Josías Quesada Falcón llegó a Artemisa desde Manzanillo, en Granma. Nacido en cuna campesina, el apicultor, conmovido por las laboriosas abejas, se estableció con su familia en las cercanías de la ciudad cabecera.
Trajo, además de su afición por las colmenas, que hasta armaba en una principiante carpintería, estrategias para aumentar la fabricación de miel en el occidente, lo cual combinó con sus ansias de estar pegado a la producción agrícola.
Fue entonces como el diplomado de Gerencia Empresarial en agosto de 2025, inició el deslinde y desbroce de maleza en 80 hectáreas (ha.) de tierra, pertenecientes a las Cooperativa de Créditos y Servicios Rigoberto Corcho, entregadas en usufructo a él y sus hijos, quienes comparten madrugadas, rocíos, y los avatares nada fáciles del campesinado cubano.
“Trabajamos duro para plantar el plátano. Escogimos este y no otro cultivo, porque necesita menos atenciones culturales y mano de obra; no obstante, tampoco es fácil: la ausencia de combustible complica algunas acciones.
“Hemos sido rigurosos en las medidas de 1,2 metros entre plantas, 1,5 metros de separación en las carreras, y 3,6 metros como distancia de calle a calle.
“Normalmente con otros sistemas se siembran 800 plantas en una hectárea y en este, hasta 3 100 matas de plátano.

“Aunque cultivamos variedades como el burro, el vietnamita, el fruta 1B1, el más atrayente es el FHIA 04, llamado macho hembra, por la belleza y peso de sus racimos. Pueden superar las 60 libras”, cuenta con el orgullo del trabajo que sale de sus manos.
“Contamos con 16 obreros, y más en los picos de cosecha. Ellos eligen la extensión de su jornada. Puede ser de 7 a 11 de la mañana o hasta 2 de la tarde, con merienda y salarios de 1 000 a 1 200 pesos por día. Los fumigadores y custodios, con almuerzo.
“No son pocos quienes nos ven y no lo creen. Después de intensos nueve meses los rendimientos son de 80 toneladas por ha. y con posibilidad de crecer”, explica.
Cerca de la finca de Josías, reside el joven Lázaro Alfonso Vázquez. “Encontré una opción de trabajo como custodio. Es difícil por la cantidad de mosquitos y jejenes, y también porque hay que enfrentar a fugitivos, que hasta se organizan en brigadas para robar racimos de plátanos hasta un punto, y después un transporte los traslada”, cuenta.
Un machete era el sonido más recurrente la mañana que anduvimos en el platanal de Josías. Con maestría Oscar Jiménez Rodríguez, deshijaba las matas. Hacía solo seis meses había llegado de una provincia oriental, y aunque ya tenía una finca para hacerla producir, trabajar en esta le daba experiencia y ganancias para poder invertir en su propio usufructo.
¿Solo plátanos?
El orgullo de trabajar con sus tres hijos, Jonatán, Joás y Jexenín (esta última con un pluriempleo de económica), es visible en Josías.
El intercalamiento de cultivos dentro del plátano extradenso es inédito en la provincia, cuenta Jonatán, un jovencito de 25 años, quien, –a pesar de frenar en tercer año su carrera de ingeniería en Agronomía, por varias causales–, pone pie en tierra para aportar el conocimiento y la voluntad que precisa la finca, inclinado a la agroecología, siendo Referencia Nacional.
“A diario amanezco antes del cantío del gallo. Esta vez desde las cinco en pie, con la brigada que fumiga otra manzana con incipientes frutabombas, cuenta con no muchas palabras”.
Sin embargo, su papá acude a explicar que, “para combatir plagas y abonar las plantaciones aplican microorganismos eficientes, humus de lombriz y materia orgánica. También mejoramos los suelos, con la siembra de frijoles entre las calles de plátanos”.

Y como utilizar los espacios es la estrategia, un espejo de agua en otra porción de tierra, es también la ilusión de Josías y los suyos. Siembran peces de varias especies, alevines que alimentan, con apoyo del resto de la familia, y el uso de desechos de las propias cosechas. Aportan para estanques de otros productores.
Esperan crecer otros tres espejos, y así ampliar la acuicultura, como un Proyecto de Desarrollo Local, que están gestionando, adelanta.
¿Hasta aquí la historia familiar?
¡No! Cerca del kilómetro 62 de la Carretera Central, una vaquería recibe la influencia de los manzanilleros, ya artemiseños. “Tenemos 100 cabezas de ganado”, dice, y le da la batuta a Joás su otro hijo, ingeniero en Telecomunicaciones, que decidió por la tierra y la familia, para así aportar a la economía.
“Trabajamos hasta tarde con los animales. Nos enfocamos en rescatar la instalación. Contamos con quien lideró la vaquería y vive en ella hace 25 años, David Sotolongo Rodríguez, un apasionado ganadero que acompaña a la familia Quesada en el objetivo de sumar otras 100 reses, obtener carne y leche, activar un matadero y una minindustria, para diferentes destinos, dentro y fuera del territorio», dice el chico.

Están domando las primeras yuntas de bueyes.Trabajar con tracción animal es una urgencia, y como no renuncian a la agroecología, produjeron las más de 1 000 toneladas de materia orgánica, con las cuales abonaron recientemente.
¿Dónde quedó el apicultor? Mantiene panales con apreciables producciones, pues, “mi abuelo, asesor de Jordán, ministro de la Agricultura en Cuba años atrás, nos implantó la semilla de trabajar la tierra con pasión, ella te devuelve sustento y es garantía de vida”, dice Josías como moraleja a maximizar.
Texto y fotos de Yudaisis Moreno y Daniel Suárez
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