Más allá de La Farola: Hilda se llamó el infierno
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Más allá de La Farola: Hilda se llamó el infierno




Juan recuerda el trágico día al fondo el puente destruido por la fuerza de las aguasEn la comarca de Quiviján, a unos veinticinco kilómetros al sur oeste de Baracoa, subiendo la montaña en busca de la Vía Mulata, nunca nadie había sentido la fuerza de un ciclón. Recordaban el Santa Cruz, pero el Hilda fue un diluvio de Dios con poder infernal…

 

En la comarca de Quiviján, a unos veinticinco kilómetros al sur oeste de Baracoa, subiendo la montaña en busca de la Vía Mulata, nunca nadie había sentido la fuerza de un ciclón. Recordaban el Santa Cruz, pero el Hilda fue un diluvio de Dios con poder infernal.

Lo recordaban en octubre de 2016 cuando Matthew barrió al gigante del Toa, un imponente puente de 225 metros de largo, siete de ancho, mas 4,20 de aceras que abrió el paso sobre el río más caudaloso de la Isla, obra iniciada en 1972 y concluida en diciembre de 1990.

Como Hilda en 1955 desbordó el río Quiviján, arrastrando palmas y grandes árboles arrancados a la selva tropical que lo represaron en el puente del mismo nombre; Matthew en 2016 convirtió en demonio al Toa, “contenido” en el dique que devino el majestuoso paso de 26 años de edad.

Juan Paumier Sánchez recordaba la inolvidable tarde noche de Quiviján por la tragedia vivida. Tiempos atrás el Presidente de la República, Ramón Grau San Martín, se había ufanado de haber construido en plena e inhóspita serranía un puente invulnerable, para toda la vida: una mole de unos 120 metros de largo de hormigón armado, erigida a doce sobre el hasta entonces manso, pero respetable río Quiviján, uno de los afluentes del Toa. A Juan le constaba la solidez del viaducto, pues había sido peón mientras se realizaba la obra.

Pero llegó el 13 de septiembre de 1955. Aproximadamente a las cinco de la tarde: el cielo se hizo plomo y el viento silbaba. La palizada bajaba por el río vertiginosamente conformada por pequeños arbustos y grandes troncos de árboles y palmas arrancadas de raíz que comenzaron a hacer una cortina entre “las luces” del puente. Se represaba y aumentaba el volumen cause arriba del Quiviján.

Juan se alarmó con el progresivo aumento del nivel de las aguas que ya invadían la vega. Su casa estaba en lo alto, y en “el bajío” la de los viejos, su mamá y su papá, Martín Paumier, veterano que superaba la centuria y contaba orgulloso sus historias de insurrecto, cuando se incorporó a las huestes de Antonio Maceo tras el desembarco por Duaba.

Tuvo que imponerse para que el longevo mambí accediera a abandonar el sitio y subir la loma, casi sin tiempo. El Quiviján rugía en sus piernas sumergidas. El alto ya resultaba insuficiente y la casa hubo que abrirla para permitir la circulación de la corriente, e impedir que se la llevara. Los modestos muebles navegaban. Toda la familia subió al soberaó (especie de falso techo), pero nada estaba seguro; el agua los perseguía al punto que el más pequeño de los Paumier chapoteaba con sus manitas y la inocencia de siete meses.

Eran las tres de la madrugada. Diez horas de tensión e incertidumbre habían transcurrido y la lluvia no amainaba. Aumentaba el caudal represado en el puente. El valladar se resentía y la familia se veía sentenciada. Los relámpagos hacían de la noche el día y sólo quedaba como última esperanza el techo. 

Abrieron un gran orificio que les permitió llenar los pulmones del aire frío y húmedo de la lluvia. No había estrellas, sólo negros nubarrones por momentos iluminados por las electrizadas descargas que vaticinaban el fin, y de repente…

Un terrible estallido, acompañado de un fuerte temblor, paralizó a todos. ¿Era el fin? Mamá aseguraba que se había hundido la tierra, lo último que iba a ver. Todos rogaban a Dios, y Juan, con las manos en la cabeza y los ojos anegados en lágrimas, lo daba todo por perdido, cuando de golpe bajaron la aguas enfurecidas. 

El puente no soportó más y estalló. Cinco minutos después lloraban abrazados, mientras las aguas volvían rápidamente a su cauce, y el puente había desaparecido. Terminaba la infernal noche de Quiviján.

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