El profesor argentino Marco Fattorello cubrió con pintura un mural de Ernesto Guevara en la Universidad Nacional del Comahue, en Neuquén, y convirtió el gesto en una denuncia pública contra la imagen que la izquierda sigue protegiendo alrededor del Che. En una transmisión en vivo, dijo que quería reemplazar la figura por la bandera argentina y defendió que las universidades públicas no deben servir de vitrina a símbolos políticos financiados con dinero del Estado.
La acción provocó un intercambio con una mujer que intentó frenarlo, mientras el docente sostenía su postura sobre la presencia de propaganda ideológica en espacios educativos. El episodio mostró una discusión vieja, pero aún vigente, sobre el uso de las universidades como tribuna política y sobre el peso que conserva el culto al Che dentro de sectores que todavía maquillan su historia.
Fattorello fue más lejos y dedicó su acto «al pueblo cubano, a las víctimas de este criminal». Esa frase colocó la escena en su verdadero marco político: Cuba sigue siendo el país donde el mito del guerrillero revolucionario choca con la memoria de la represión, el miedo y el daño humano que dejó el castrismo en sus primeros años.
El debate abierto en Argentina enfrentó a quienes respaldan retirar símbolos partidistas de los espacios públicos y a quienes defienden su permanencia en universidades y centros educativos. Para Cuba, el mensaje quedó claro: mientras la izquierda insiste en vestir al Che de héroe, el régimen sigue arrastrando el peso de una historia manchada por la violencia y por la protección que le ha dado a esa narrativa oficial.

