Millones de filamentos de hongos forman una red subterránea la cual conecta buena parte de los bosques del planeta
A primera vista, nada rompe la calma del paisaje. Los troncos permanecen erguidos desde hace décadas, las hojas apenas se agitan con el viento y el suelo, cubierto por una espesa alfombra de musgos, ramas y hojas secas: parece guardar un silencio absoluto. Quien atraviese ese paisaje asumirá el transcurrir de la vida únicamente frente a sus ojos: en el canto de un ave, en el vuelo de un insecto o en la sombra de las copas de los árboles.
Pero basta imaginar la actividad unos centímetros bajo los pies para descubrir otro mundo.
Durante siglos, los seres humanos contemplaron los bosques como conjuntos de árboles en constante competencia por la luz, el agua y el espacio. Sin embargo, la ciencia comenzó a revelar una realidad mucho más compleja: debajo de nosotros existe un entramado de hongos microscópicos que conecta a buena parte de las plantas dentro de un ecosistema, facilitando una relación de cooperación.
Una alianza subterránea
Durante gran parte de la historia de la botánica los hongos fueron considerados organismos secundarios. Se les estudiaba por su papel en la descomposición de la materia orgánica, por su utilidad alimentaria o por las enfermedades causadas en los cultivos. Pocos imaginaban su función decisiva, oculta entre las partículas del suelo, en la supervivencia de casi todos los bosques del planeta.
Ese panorama comenzó a cambiar a finales del siglo XIX, cuando el botánico alemán Albert Bernhard Frank observó la estrecha relación mantenida entre las raíces de muchas comunidades vegetales y determinados hongos. En 1885 acuñó el término micorriza, del griego mykes (hongo) y rhiza (raíz), y describió una relación que, lejos de perjudicar a la vegetación, resultaba beneficiosa para ambos organismos.
Hoy, la comunidad científica considera las micorrizas una de las alianzas biológicas más antiguas y exitosas de la Tierra. Una revisión de la publicación Nature Reviews Microbiology arroja que esta asociación surgió hace más de 400 millones de años y desempeñó un papel esencial en la colonización del medio terrestre desde las primeras plantas. En la actualidad, alrededor del 90 por ciento de los follajes vasculares mantiene algún tipo de relación simbiótica con estos organismos del suelo, una interacción clave en el funcionamiento de la mayoría de los ecosistemas terrestres.
La lógica de esta alianza es simple y extraordinaria. En este proceso, el hongo actúa como una extensión del sistema radicular, facilitando a la planta la absorción de nutrientes minerales y agua del sustrato. A cambio, la planta provee al hongo de compuestos orgánicos. Gracias a esa red, las especies vegetales pueden absorber con mayor eficiencia agua y nutrientes minerales, especialmente fósforo y nitrógeno, dos elementos indispensables en su crecimiento.

Mucho más que un puente entre raíces
Si las redes micorrícicas fueran únicamente un sistema para transportar agua y nutrientes, ya constituirían uno de los mecanismos más extraordinarios de la naturaleza. Pero su papel va mucho más allá. Estos filamentos participan en procesos fundamentales en la fertilidad de los suelos, el almacenamiento de carbono y la estabilidad de los ecosistemas.
Uno de los aportes más importantes de estas asociaciones es su contribución al ciclo del carbono. Las plantas capturan dióxido de carbono de la atmósfera mediante la fotosíntesis y destinan parte de ese carbono a los hongos con los cuales conviven. A cambio, estos mejoran la capacidad de las raíces para absorber agua y minerales esenciales. Ese intercambio, repetido millones de veces cada día en bosques, praderas y selvas, convierte al subsuelo en un gigantesco reservorio de carbono.
Para la Society for the Protection of Underground Networks, organización científica dedicada al estudio de las redes fúngicas, los hongos micorrícicos arbusculares trasladan cada año unos cuatro mil millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente al suelo; esto supone un volumen cercano al 11 por ciento de las emisiones anuales provocadas por el ser humano. Los investigadores consideran esencial comprender este proceso para mejorar los modelos climáticos y diseñar estrategias de conservación.
Las hifas igualmente desempeñan un papel decisivo en la salud del suelo. Al extenderse entre las partículas de tierra, favorecen la formación de agregados estables, mejoran la infiltración y retención de agua, disminuyen la erosión y facilitan la disponibilidad de nutrientes en las plantas. El Real Jardín Botánico de Kew, en Reino Unido, destaca la dependencia de muchas especies vegetales respecto a estas asociaciones para desarrollarse con normalidad y aumentar su resistencia frente a enfermedades y períodos de sequía.
No obstante, esa infraestructura también es vulnerable. Las prácticas agrícolas intensivas, el laboreo continuo del suelo, la deforestación, el uso excesivo de fertilizantes y fungicidas, más el cambio climático, pueden alterar la densidad y el funcionamiento de estas redes.

El mapa de un mundo oculto
Un avance clave en este contexto ocurrió este año, cuando un equipo internacional publicó en la revista Science el primer mapa global de las redes de hongos micorrícicos arbusculares.
Más de 16 000 muestras de tierra extraídas de diferentes ecosistemas del planeta fueron analizadas y cruzadas con modelos de aprendizaje automático para dar forma a este mapa. El resultado fue asombroso: estimaron que la longitud total de estas redes alcanza unos 110 mil billones de kilómetros, almacenando alrededor de 300 megatoneladas de carbono.
Según la emisora alemana Deutsche Welle, el estudio reveló que existe una concentración de cerca del 40 por ciento de esta infraestructura biológica en los pastizales, ecosistemas frecuentemente menos atendidos en comparación con los bosques en las políticas de conservación.
Los investigadores consideran este mapa global la herramienta fundamental faltante para seguir profundizando. Aunque ya se ha comprobado su escala colosal, aún se ignoran detalles cruciales. Seguir investigando es ahora una prioridad científica ineludible, pues resulta imposible proteger de manera efectiva un sistema cuyas reglas apenas empezamos a descifrar.
Esta necesidad de conocimiento va de la mano con una transformación urgente en nuestra manera de entender la conservación. A veces, las estrategias ambientales se centran casi exclusivamente en la superficie, midiendo la salud del planeta a través de la cantidad de árboles o de la superficie verde visible. Empero, si el suelo de soporte para esa vegetación está degradado y ha perdido sus redes fúngicas, el ecosistema queda severamente mermado.
Por tanto, el reto será doble en las próximas décadas. Seguir explorando este universo y trasladar rápidamente las evidencias a las políticas de gestión de los territorios y a las prácticas agrícolas para dejar de ver el suelo simplemente como un soporte inerte y empezar a tratarlo como un activo plenamente vivo. La verdadera resiliencia de nuestros ecosistemas frente a la crisis climática dependerá, en gran medida, de nuestras acciones en favor del mundo bajo nuestros pies.
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