
Foto: Tomada de Prensa Latina
1. El fascismo y sus patrocinadores no son invencibles. Nadie iba a sorprenderse si Brasil caía, como muchos de sus vecinos, en manos de una ultraderecha que sueña una noche sí –y otra también– con que Estados Unidos le acaricie la cabeza y le ponga collar. Eso, a la vez que saca dientes a sus compañeros de «patio», nunca mejor dicho.
Experiencias electorales recientes en el continente no daban indicios de que Brasil sería la excepción. En la región ya estaban –y están– normalizados lenguajes racistas, clasistas, xenófobos, de «pragmatismo económico», con un corrimiento del espectro de lo aceptable, que coloca al fascismo como parte legítima de la conversación, en tanto margina las luchas sociales del siglo XX como terrorismo.
Muchos ya tenían escrito su artículo para explicar las causas de la nueva derrota. La derecha estaba a punto de descorchar su champaña. Meta había clausurado la cuenta del otrora metalúrgico. EE. UU. había amenazado otra vez. Se había perdido terreno en la primera vuelta. Hasta desde el transporte público se quiso sabotear la elección. Y… aun así, ganó Lula.
2. No se puede abandonar la calle. Mucho antes de que alcaldes de derecha sabotearan la movilidad pública, esta ya había sido trastocada en casi todas las ciudades de Brasil por millones de personas en las avenidas, apoyando a Luiz Inácio. Fueron días y días de movilización popular, que visibilizaron el sentir compartido de gran parte de la población. Al tiempo se engrasaron orgánicas militantes y se devolvió la fe a esas mismas gentes de lo que pueden lograr cuando se organizan a gran y pequeña escala.
3. La comunicación no sustituye a la política, pero le da vida. No fue una victoria comunicacional, sino un triunfo político en el que la comunicación desempeñó un papel crucial: llegar con el mensaje a muchas más personas; coordinar y orientar a mayor velocidad y envergadura; y frente a las granjas de bots, de las que el caso Cerimedo resulta apenas la punta –ahora visible– del iceberg, proponer una comunicación ética, no de determinada «moral y buenas costumbres», sino de la liberación, del goce, de la espontaneidad en medio de la organización, de la verdad y de las múltiples bellezas.
4. La soberanía también se disputa en la naturaleza de las plataformas. Es muy peligroso seguir dependiendo para comunicarnos, ya sea entre la familia o en procesos de la gran política, de plataformas cuyos dueños se sientan a comer con el poder en EE. UU. o, cuanto menos, le rinden cuentas. Hay consenso en que estos grupos tienen la capacidad de reajustar sus mecanismos para no volver a perder en su terreno.
5. Las grandes batallas tienen que ir más allá de los ciclos electorales. Este tipo de victoria electoral está mediado por múltiples alianzas entre poderes muy distintos entre sí, a ratos de forma irreconciliable. El campo popular no puede dejar de exigir, con métodos hoy probadamente eficaces como los expuestos, la concreción de sus demandas, rumbo a profundizar en la justicia social.
