El lente de esta sección enfocó a un anciano que se auxilia de las barandas para caminar, una mirada desoladora al ver el tramo que falta en La Concordia para seguir su rumbo.
Imágenes similares circulan en redes sociales: una sección de la baranda del puente General Lacret – Morlot, más conocido por «de Versalles», ya no está. El tiempo, la falta de mantenimiento, el accionar del salitre pueden ser las causas, aunque detrás de la sección arrancada no se descarta un acto de vandalismo. Es imperdonable, una agresión al patrimonio de todos, en un país que no puede darse el lujo de perder los recursos que no tiene.



El puente nació en 1878 con el nombre de La Concordia, una palabra que evocaba unión y armonía. Pero hoy, quien lo cruza caminando no piensa en su historia, sino en la herida abierta en su costado, la baranda arrancada que lo desmembra y lo asoma al río Yumurí.



No hay crisis económica que justifique este acto. Quien arrancó esa baranda no solo se llevó un trozo de metal: se llevó parte de la seguridad de los transeúntes, parte de la historia de la ciudad, e impuso a toda la comunidad un gasto adicional con que el país no contaba. Cuba atraviesa momentos de tensión con los recursos. Cada material destinado a reparar lo que otros destruyen es uno que deja de emplearse donde realmente hace falta.
La reparación del puente está incluida en los planes para el 333 aniversario de la ciudad. El presupuesto de la inversión tal vez tenga que reajustarse. El tiempo corre, la solución debe ser prioritaria, aunque provisional.

Cámara viva enfocó un hecho que repercute en todos desde el puente Lacret. La Concordia ya no es tal. El legado no puede esperar. La cámara sigue abierta, porque la secuencia no termina aquí. ¡Volveremos!

