A pesar de su extrema gravedad, desde que nació, médicos, especialistas, enfermeros y ese calor divino que tienen las madres mantuvieron viva su luz durante meses… y hoy sigue brillando, con la más cándida sonrisa
Se aproximó al auto mientras lo estacionaba y se quedó observando con una de esas miradas infantiles que nada deben envidiarles a las de los adultos, en términos de profundidad.
Tras cerciorarme de que dejaba la puerta del carro bien cerrada, la escuché decir: Hola, me llamo Lucerito.
Al fijar la mirada en ella no pude evitar se me escapara una sonrisa, sabiendo de antemano que me quedaría muy por debajo de la pícara candidez con la que la pequeña me sonreía, plantada en la puntita de ambos pies.
Entonces, alternando preguntas y respuestas muy cortas (cómo te llamas tú, dónde vives, dónde trabajas…) caminamos tomados de la mano hasta la garita donde su mamá, Yadira Vázquez, realizaba guardia: ella es empleada o agente de protección.
Al vernos llegar, como si la niña y yo nos conociéramos desde siempre, la mujer hizo un ocurrente gesto a la usanza de quien dice: “Humm, otro más a quien Lucerito enreda”.
Solo que ya, a esa temprana altura del juego, yo no era “otro o uno más”, sino algo así como ese tío que todo niño necesita y algunos se agencian en cuestión de minutos.
Un simple “chao”, una caricia en el cabello o incluso un cálido abrazo hubieran podido poner fin a aquel pedacito de atardecer. Pero cuando la sensibilidad y la ternura piden vía, no hay qué los detenga.
Así supe, aunque muy someramente, la historia de ese Lucerito que no por gusto ni por capricho lleva por nombre la niña.
“Nació a los ocho meses de embarazo, prácticamente sin vida, con una traqueomalasia e inmadurez pulmonar, entre otros problemas. Imagina: estuvo todo su primer añito en una cuna térmica y en terapia intensiva” –relata Yadira.
“No podía separarme, qué va; vivía con ella, todo el tiempo en el hospital provincial de Ciego de Ávila, con un miedo tremendo a perderla, pensando que en cualquier momento se me podía morir. Recuerdo que a veces se quedaba cianótica. Había que tenerla permanentemente ventilada.
“Yo solo les pedía a Dios y a los médicos luz y vida para mi niña. Por eso la inscribí, allí mismo en el hospital, con el nombre de Lucerito de la Caridad para que nunca dejara de brillar.
“Y sucedió todo lo bueno que imploré, porque mi bebita sobrevivió, superó todos los peligros y hoy la tengo aquí conmigo, estudiando en la escuela Águedo Morales, perteneciente a la enseñanza especial; jugando en el barrio con los demás niños, conversando con la gente…”.
Ensimismada, a pesar de haber escuchado decenas de veces su propia historia en voz de mamá, Lucerito escucha con los ojos muy abiertos y en el semblante esa limpia sonrisa que la acompaña a todas partes.
“Siempre agradeceré en lo más profundo todo lo que se hizo para salvar a mi niña, tanto por el personal del hospital y del Programa Materno Infantil como por las autoridades de Ciego de Ávila, pero de manera muy en especial por el doctor Kesnel Lima, actual director provincial de Salud, al frente en aquel entonces del Policlínico Norte. Él es algo así como un padre para mi niña.
“Tengo tres hijos más: Jesús, María Carla y Jardiany… pero Lucerito es eso: mi estrellita, mi luz. En verdad no sé qué hubiera sido de mí sin ella. Gracias, gracias, gracias”.
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