El libro cubano entre la escasez y la resistencia
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El libro cubano entre la escasez y la resistencia

Un libro comienza mucho antes de llegar a las manos de un lector. Antes de ocupar un estante o de abrirse en las páginas de una biblioteca, alguien tuvo que escribirlo, editarlo, diseñarlo y encontrar los materiales necesarios para imprimirlo. En Cuba, ese recorrido se ha vuelto cada vez más difícil. 

El papel, la tinta, las piezas de repuesto para las máquinas y las limitaciones financieras derivadas del bloqueo estadounidense condicionan el trabajo de una industria que busca mantener vivos sus catálogos y conservar el vínculo con un público habituado a leer en papel.

La crisis de los materiales ha obligado al Instituto Cubano del Libro (ICL) a dejar a un lado el Plan Editorial ante la imposibilidad de sostener los niveles habituales de impresión. La dificultad no reside únicamente en encontrar papel, sino también en adquirirlo en mercados lejanos, asumir los costos adicionales de su transporte y afrontar las restricciones que complican el acceso de Cuba a proveedores y servicios financieros internacionales.

Las consecuencias pueden expresarse en cifras. El sobrecosto del papel destinado a la producción anual del ICL asciende a 507.500 dólares. A esa cantidad se suman los ingresos que se dejarían de obtener por la imposibilidad de imprimir 3,2 millones de ejemplares, volumen correspondiente a un año normal de producción, cuyo valor se estima en unos 5,46 millones de dólares.

La dificultad no reside únicamente en encontrar papel, sino también en adquirirlo en mercados lejanos, asumir los costos adicionales de su transporte y afrontar las restricciones que complican el acceso de Cuba a proveedores y servicios financieros internacionales.

Sin embargo, detrás de esos números hay algo que no se mide únicamente en dinero: los libros que no se publican, las colecciones que quedan incompletas, las ilustraciones que pierden calidad y las posibilidades de lectura que se reducen. También están los escritores que intentan abrirse camino, los editores que buscan alternativas y los trabajadores de la industria gráfica que deben mantener en funcionamiento equipos para los cuales no siempre encuentran repuestos.

Para Erick J. Mota, escritor cubano y director de la Editorial Gente Nueva, una de las principales afectaciones del bloqueo estadounidense se encuentra precisamente en los insumos necesarios para la impresión. Aunque los libros se producen en Cuba, buena parte de los materiales empleados en su fabricación depende de las importaciones. El papel y la tinta, elementos que pueden parecer básicos dentro de cualquier proceso editorial, se convierten así en recursos difíciles de garantizar.

La situación tiene implicaciones particulares para la literatura infantil y juvenil. En este campo, el libro no es solo un vehículo para contar una historia: también es un objeto visual que invita a explorar, descubrir personajes y reconocer formas y colores. Las ilustraciones, las cubiertas y la calidad del papel forman parte de la experiencia de lectura, sobre todo durante los primeros años de formación de un lector.

“Los libros infantiles son más pintorescos, tienen colores, es decir, llevan más tinta, llevan más recursos, generalmente llevan papel de mejor calidad”, explicó Mota.

Cuando esos materiales escasean, las editoriales deben tomar decisiones que afectan el resultado final. Una de las alternativas ha sido recurrir al papel gaceta, de menor calidad, para imprimir algunos títulos y evitar que desaparezcan por completo de la oferta editorial.

La solución permite mantener ciertos libros en circulación, pero no elimina las consecuencias de la escasez. Las imágenes pueden perder definición, las páginas ofrecen una experiencia diferente y la durabilidad de los ejemplares disminuye. En una obra destinada a los niños, cuyo uso puede implicar numerosas lecturas y el paso de un lector a otro, esas limitaciones adquieren un significado particular.

Una de las principales afectaciones del bloqueo estadounidense se encuentra precisamente en los insumos necesarios para la impresión. Foto: Tomada del Fb de Gente Nueva

Mota reconoce las diferencias entre las publicaciones que pueden producirse hoy y aquellas que se elaboraban con mejores recursos. Aun así, considera importante que los niños y jóvenes tengan acceso a los textos, incluso cuando las condiciones materiales impiden alcanzar la calidad deseada.

La disyuntiva es difícil: esperar por los recursos necesarios para imprimir un libro con todas las características previstas o encontrar una manera de publicarlo con los materiales disponibles. En esa decisión se juega también la continuidad de un catálogo y la posibilidad de que una historia llegue a sus lectores en el momento en que fue concebida para hacerlo.

Una mirada desde la imprenta 

La directora de Producción, Ventas e Importaciones de la Empresa Poligráfica Soygraf, Lisset González, conoce de cerca las dificultades que preceden a la impresión. El trabajo de la industria gráfica depende de una cadena de suministros que incluye papel, cartulina, tinta, planchas, mantas y otros materiales auxiliares. Si uno de esos componentes falta, el proceso puede detenerse o perder capacidad de producción.

González explicó que las restricciones financieras han dificultado la adquisición de materias primas que debían llegar al país. Según su testimonio, después de la segunda orden ejecutiva estadounidense del 1 de mayo, determinadas vías de financiamiento utilizadas para esas compras dejaron de estar disponibles, lo que obligó a buscar otras opciones para obtener los recursos.

“Una máquina detenida representa más que una dificultad técnica. Supone una reducción de la capacidad productiva y menos posibilidades de imprimir libros y revistas”.

A la escasez de materiales se suma otro problema menos visible para el lector: el mantenimiento de las máquinas. Los equipos de impresión utilizan piezas específicas que, en su mayoría, no se fabrican en Cuba y deben adquirirse en el exterior. Cuando una de ellas se rompe, la continuidad del trabajo depende de la posibilidad de encontrar un repuesto y disponer del dinero necesario para comprarlo.

“Hoy en día tenemos máquinas paradas por no contar con el financiamiento para poder adquirir estas piezas de repuesto”, señaló González.

Una máquina detenida representa más que una dificultad técnica. Supone una reducción de la capacidad productiva y menos posibilidades de imprimir libros y revistas. En una industria que ya enfrenta limitaciones para obtener papel y tinta, la paralización de los equipos añade otro obstáculo y estrecha el margen de respuesta de las empresas.

La cara menos visible del bloqueo 

La impresión es solo una parte del recorrido. Para que un libro exista también hacen falta escritores capaces de desarrollar una historia, editores que acompañen el proceso, diseñadores que den forma a sus páginas y trabajadores que conviertan el manuscrito en una publicación. La escasez material termina por atravesar cada una de esas tareas.

Michel Torres Corona, director de la Editorial Nuevo Milenio, considera que las afectaciones no pueden reducirse a los problemas de abastecimiento. Las dificultades económicas y las interrupciones eléctricas también condicionan el trabajo cotidiano de quienes participan en la producción editorial, desde la edición de un original hasta su preparación para la impresión o la conversión a un formato electrónico.

Los apagones retrasan las tareas, alteran los horarios y obligan a reorganizar el trabajo. Para los creadores, además, las dificultades de la vida diaria pueden restar tiempo y energía a la escritura. La creación literaria necesita concentración, continuidad y espacios para desarrollar una idea; cuando las necesidades cotidianas ocupan buena parte de la jornada, encontrar esas condiciones resulta más complicado.

“Las dificultades económicas y las interrupciones eléctricas también condicionan el trabajo cotidiano de quienes participan en la producción editorial, desde la edición de un original hasta su preparación para la impresión o la conversión a un formato electrónico”.

“Los trabajadores y los creadores son ciudadanos cubanos que viven en Cuba en su mayoría y que son afectados por ese bloqueo”, afirmó Torres Corona.

El director de Nuevo Milenio considera que ese desgaste constituye una dimensión menos visible del problema. Un libro puede dejar de imprimirse por falta de papel, pero también puede demorarse porque el trabajo de edición no avanza al ritmo previsto o porque el escritor encuentra dificultades para continuar su obra. En ambos casos, las consecuencias alcanzan a las personas que sostienen el proceso creativo.

El formato digital abre las puertas 

Frente a las limitaciones de la impresión, el libro electrónico ha adquirido mayor importancia para las editoriales cubanas. La publicación digital permite reducir la dependencia de determinados materiales y ofrece una vía para mantener disponibles algunas obras cuando no existen condiciones para producir ejemplares físicos.

Mota explicó que una de las respuestas de la Editorial Gente Nueva ha sido aumentar la producción en formato electrónico y promover plataformas nacionales para mantener el contacto con los lectores. La estrategia parte de una realidad cultural: Cuba cuenta con un público lector amplio, pero una parte importante de ese público está acostumbrada a los libros impresos.

“La publicación digital permite reducir la dependencia de determinados materiales y ofrece una vía para mantener disponibles algunas obras cuando no existen condiciones para producir ejemplares físicos”.

El cambio de formato no depende únicamente de trasladar un texto a una pantalla. También requiere que los lectores tengan acceso a dispositivos adecuados, encuentren las plataformas y desarrollen hábitos de lectura distintos. Para quienes disfrutan de pasar las páginas de un libro, observar sus ilustraciones o conservarlo en una biblioteca personal, la experiencia digital no siempre representa un sustituto equivalente.

La transformación tampoco significa que el libro electrónico esté libre de dificultades. La producción editorial necesita equipos, programas informáticos, electricidad y trabajadores especializados. Aunque desaparezcan algunos costos vinculados con la impresión, permanecen otras necesidades materiales y técnicas que condicionan el trabajo.

“…Nuevo Milenio y el resto de las editoriales intentan mantener sus publicaciones y los espacios de promoción literaria”, expresó Michel Torres Corona. Foto: Tomada del Fb de la editorial Nuevo Milenio

Torres Corona señaló que la producción de libros impresos de su editorial es mínima en comparación con la de hace cinco años y casi nula frente a los niveles de hace una década o quince años. En aquel período, recordó, una editorial podía publicar varios títulos y producir miles de ejemplares para distribuirlos por todo el país. Esa realidad contrasta con las posibilidades actuales.

Aun en esas circunstancias, Nuevo Milenio y el resto de las editoriales intentan mantener sus publicaciones y los espacios de promoción literaria. Uno de ellos es el Sábado del Libro, iniciativa semanal del Instituto Cubano del Libro que presenta obras de autores cubanos y extranjeros publicadas en la isla. La actividad se mantiene en La Habana Vieja, en la Calle de Madera, como punto de encuentro entre los libros y sus lectores.

La continuidad de estos espacios adquiere relevancia en un contexto en el que la circulación de publicaciones impresas se ha reducido. Una presentación literaria permite acercar una obra al público, dar a conocer a su autor y sostener una relación con la lectura que no depende exclusivamente de la compra de un ejemplar. No resuelve la falta de papel ni sustituye la impresión, pero conserva un espacio para la literatura en la vida cultural.

Derechos de autor y regalías 

Las dificultades tampoco terminan cuando un libro logra publicarse. Para los escritores cubanos, llevar sus obras a otros mercados puede convertirse en un proceso complejo, condicionado por las restricciones comerciales y financieras, las limitaciones para establecer contratos y los obstáculos para recibir pagos desde el exterior.

Mota explicó que los autores que publican mediante editoriales cubanas encuentran dificultades para comercializar sus libros fuera del mercado nacional. Cuando consiguen acuerdos con entidades extranjeras, pueden enfrentarse a problemas para hacer valer sus derechos si la contraparte incumple las condiciones pactadas.

El director de Gente Nueva también señaló que los escritores cubanos han perdido oportunidades de participar en determinados premios internacionales de literatura infantil y juvenil debido a cambios en sus ámbitos geográficos de convocatoria. Entre los ejemplos que mencionó figuran los premios El Gran Angular y El Barco de Vapor, vinculados a la literatura juvenil e infantil.

“Para los escritores cubanos, llevar sus obras a otros mercados puede convertirse en un proceso complejo, condicionado por las restricciones comerciales y financieras, las limitaciones para establecer contratos y los obstáculos para recibir pagos desde el exterior”.

Para un escritor, estos espacios pueden representar mucho más que la posibilidad de obtener un reconocimiento. También abren puertas a nuevas editoriales, facilitan el contacto con otros lectores y ofrecen oportunidades para que una obra circule fuera de su país de origen. La exclusión de una convocatoria limita esas posibilidades y reduce los canales de proyección internacional.

Torres Corona, por su parte, señaló las dificultades que afrontan las editoriales cubanas para incorporarse a grandes plataformas internacionales de comercio electrónico y recibir pagos desde el extranjero. Incluso cuando una obra encuentra un mercado potencial, los obstáculos para establecer relaciones comerciales y transferir ingresos pueden impedir que esa oportunidad se concrete.

La protección de los derechos de autor plantea otra preocupación. Torres Corona puso como ejemplo la reproducción no autorizada de un libro, su digitalización y posterior venta en una plataforma extranjera. Para un escritor que reside en Cuba, emprender acciones legales contra una gran empresa internacional puede resultar extremadamente difícil.

El problema no afecta únicamente a los ingresos de un autor. También repercute en la posibilidad de que su trabajo alcance nuevos públicos mediante canales de distribución reconocidos y de que pueda vivir, al menos parcialmente, de su creación. Cuando las vías de comercialización se estrechan, el reconocimiento literario no siempre se traduce en oportunidades económicas.

Alternativas en medio de la crisis 

A estas dificultades se suma la búsqueda de alternativas para mantener abiertas las editoriales. Torres Corona explicó que Nuevo Milenio ha instalado una pequeña estación de carga con tres paneles solares para disponer de una fuente complementaria de energía durante los apagones.

La iniciativa permite mantener un nivel básico de actividad y ofrece un espacio de trabajo a empleados que en ocasiones carecen de electricidad en sus hogares. Algunos trabajadores que realizaban sus tareas a distancia han regresado a la editorial para aprovechar las condiciones disponibles.

La medida es modesta frente a la magnitud de los problemas que afectan al sector, pero refleja la necesidad de adaptar la actividad editorial a circunstancias que van más allá de la impresión. La energía eléctrica interviene en la edición, el diseño, la preparación de archivos y la gestión de las publicaciones digitales. Sin un suministro estable, incluso las alternativas concebidas para reducir el uso de papel encuentran límites.

Para Torres Corona, mantener abiertas las editoriales es una decisión que trasciende los resultados económicos inmediatos. La institución cultural cumple una función que no puede medirse solo por la cantidad de ejemplares producidos, pues también preserva catálogos, acompaña a los escritores y mantiene espacios para la circulación de ideas.

Esa voluntad de continuidad convive con una transformación profunda de las condiciones de trabajo. La producción impresa pierde terreno, los formatos digitales ganan espacio y las instituciones buscan recursos para sostener sus actividades. En medio de ese proceso, los trabajadores del libro intentan preservar una relación cultural que necesita tanto de las obras como de los medios para hacerlas llegar al público.

“…mantener abiertas las editoriales es una decisión que trasciende los resultados económicos inmediatos. La institución cultural cumple una función que no puede medirse solo por la cantidad de ejemplares producidos, pues también preserva catálogos, acompaña a los escritores y mantiene espacios para la circulación de ideas”.

El futuro de la industria editorial cubana no depende únicamente de encontrar papel o reparar una máquina. También está ligado a la capacidad de sus autores para crear, a las oportunidades de sus editoriales para distribuir las obras y a las posibilidades de los lectores para acceder a ellas. Cada una de esas etapas forma parte de una misma cadena, en la que una dificultad puede repercutir sobre todas las demás.

Un libro que no llega a imprimirse no desaparece necesariamente como texto, pero pierde una de sus formas de encuentro con el lector. Puede permanecer en un archivo digital, esperar mejores condiciones o encontrar otro camino para publicarse. Mientras tanto, quienes trabajan en la industria deben decidir cómo aprovechar los recursos disponibles sin renunciar a la tarea de contar historias, divulgar conocimientos y acompañar la formación de nuevos lectores.

En Cuba, esa búsqueda continúa entre limitaciones materiales, cambios tecnológicos y esfuerzos por mantener viva la producción cultural. El papel escasea y las máquinas se detienen, pero escritores, editores y trabajadores gráficos siguen buscando maneras de hacer circular las obras. La resistencia del libro se expresa, en última instancia, en ese empeño por conservar el espacio de la literatura incluso cuando las condiciones para publicarla se vuelven cada vez más difíciles.

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