De la necesidad a la autonomía
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De la necesidad a la autonomía

No recibía asignación ni había encontrado un depósito natural en aquella isla apartada del resto del mundo. Sin embargo, Robinson Crusoe debía resolver, por sus propios medios, la necesidad de obtener un alimento indispensable: la sal.

Daniel Defoe, autor de aquella célebre aventura, narra cómo el náufrago descubrió que podía conseguirla… evaporando agua de mar; del mar que, por supuesto, rodeaba su isla por todas partes.

Cuenta, incluso, que empleaba para ese propósito vasijas de barro fabricadas por él mismo, un oficio aprendido al impulso de la necesidad. “Cuando el agua se evaporó, obtuve sal. Un día, por accidente, encontré en el fuego un fragmento roto de una de mis vasijas. El calor lo había endurecido como una piedra”, relata la obra.

Y precisa: “Continué fabricando pequeñas ollas y platos. También hice recipientes largos, aunque no muy altos. Puse agua de mar en ellos. Cuando el agua se evaporó, obtuve sal”. Para entonces, Crusoe ya había dejado atrás la etapa de rescatar recursos del barco hundido. No quedaba nada más que aprovechar: había llegado el momento de producir.

De lo contrario, ¿cómo podría conservar la carne de los animales, primero de los que cazaba y después de los que criaba? Comenzaba así a independizarse de las provisiones de origen ajeno y avanzaba hacia la autosuficiencia, empezando por la alimentación.

Sin ir tan lejos en la geografía ni en el tiempo, Celia Sánchez narró, en una carta a Haydée Santamaría, cómo el Ejército Rebelde enfrentó la llamada ofensiva de verano del ejército de Batista, en 1958: “El problema grave de la sal lo resolvimos con los [combatientes del Ejército Rebelde] que estaban desarmados: los enviamos a la playa a hacer sal para la tropa”. Sabemos que en Cuba no abundan las salinas como aquella enorme que vi al sur de Baní, en la República Dominicana.

Al mediodía, el resplandor hacía difícil sostener la mirada, mientras los inmigrantes haitianos dejaban allí sudor y piel. Sin embargo, en un archipiélago cuya isla principal es larga y estrecha, el mar está cerca de casi todas partes. Para obtener sal no tendríamos que depender de grandes minas ni de hervir el agua: bastaría con aprovechar o acondicionar pozas próximas al litoral, llevar hasta ellas el agua marina y dejar que el sol hiciera su trabajo.

La isla grande tiene más de cinco mil 700 kilómetros de costas, sin contar los más de 300 kilómetros de la Isla de la Juventud ni los numerosos cayos e islotes. Solo la provincia de Granma posee un litoral de más de 300 kilómetros.

Esa extensa franja costera, unida a la elevada radiación solar y a las escasas precipitaciones, ofrece condiciones favorables para la producción artesanal o semiartesanal de sal marina, la cual podría contribuir a garantizar la disponibilidad de un producto necesario para diversos usos, comenzando por la cocina. También permitiría conservar alimentos sin depender exclusivamente de la refrigeración, una alternativa especialmente valiosa en un contexto de baja generación eléctrica.

Al mismo tiempo, podría generar empleos e ingresos para familias, comunidades y municipios, y extender sus beneficios al resto del territorio.

La sal marina serviría, además, para preparar salmueras y encurtidos, para familias y pequeñas industrias; con la tecnología adecuada y bajo controles industriales rigurosos, podría constituir una materia prima para obtener cloro, sosa cáustica —empleada, entre otros usos, en la fabricación de jabones—, hidrógeno y otros derivados de la industria química.

Por lo pronto, si comenzáramos por garantizar la sal nuestra de cada día, ya valdría la pena. La soberanía no tiene que empezar en una gran fábrica ni en una complicada maquinaria, a veces comienza junto al mar, en una poza humilde, bajo el sol, cuando una comunidad descubre que puede convertir el agua que la rodea en un recurso propio y útil.

En esos cristales blancos, nacidos del arrecife, del agua y de la luz, habita una antigua lección: la necesidad debe abrir el camino de la autonomía.

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