La población cubana decrece, son más los fallecimientos (136 214) que los nacimientos (68 064), a ello se suma un saldo migratorio de 245 264, números que solo reflejan lo ocurrido en el 2025, de acuerdo con los indicadores demográficos publicados por la Oficina Nacional de Estadística e Información (Onei).
El punto en que se divide la población en dos grupos de igual número de personas se considera edad mediana, la del país es de 45- Para poner en contexto este número, la Red Latinoamericana de Gerontología, en publicación del 26 de agosto del 2025, alertaba: “El envejecimiento acelerado redefine la pirámide poblacional global: la edad mediana superará los 40 años en 2100”.
Actualmente, ese valor es de 31 en el mundo, y como nación estamos muy por encima, lo que en el entramado social que vivimos complejiza el escenario, porque no podemos mirar solamente los números, cada dígito es un ser humano, y muchos de ellos en el ocaso de su existencia, lidiando de forma diaria con una crisis estructural, en la que la inflación, junto al deterioro de las prestaciones básicas, convierten la vida en subsistencia.
Más allá de los apagones, el precio de los alimentos y productos de aseo, se trata de personas que van perdiendo las habilidades físicas y mentales para sortear los obstáculos que les impone la cotidianidad, y la soledad es un agravante, dado tanto por la migración como por las circunstancias, y por ellas me refiero al costo para los familiares allegados para recorrer cualquier distancia, incluso, dentro de una misma ciudad, por citar apenas uno de los elementos que dificultan la proximidad.
Nos encontramos esos ancianos en las colas de los bancos y cajeros, en mercados y cualquier otro espacio, ¿quién no los ha visto pidiendo que reduzcan lo que colocaron en la pesa porque no pueden pagar por esa cantidad o salir cabizbajos de un sitio donde los mismos billetes, de baja denominación, en que recibieron su chequera no son aceptados en un centro comercial?
Duele de una manera que traspasa el alma, y no consuela ni soluciona el problema que el dependiente diga “yo no decido, son órdenes del dueño”, porque ese anciano no comerá excusas, ni se bañará con ellas o las empleará para lavar su ropa ni ninguna otra cosa, para lo único que le sirven es para llevarse otra herida en el alma maltrecha por un entorno que les resulta hostil.
Y los que enfrentan la vejez en soledad están en mayor desventaja, indudablemente, pero también hay que mirar hacia los que desde su condición de adultos mayores son cuidadores de otros, descuidándose de sí mismos para proteger a alguien más desvalido y haciendo sacrificios físicos y espirituales que sobrepasan con creces lo recomendado para su edad.
Independientemente a los años que se tengan, cuidar hoy en Cuba es un problema que supera el ofrecer alimentos y velar por el bienestar de una persona. Si usted quiere hacerlo bien y se documenta y capacita, enloquece con facilidad, pues se considera prioridad la creación de rutinas y horarios, pero esos en esta isla están regidos por las impredecibles horas de “alumbrón”, los ciclos de abasto de agua, si el “mipymero” más cercano recibirá o no ese día transferencia, si el vendedor de medicamentos aceptará su moneda digital y si el cálculo que hizo anoche por los precios de ayer, no fue inútil este amanecer.
Y en asuntos de farmacología, es sumamente cruel depender de la red alternativa y bien surtida que está ajena a las instituciones estatales, en lo personal, agradezco su existencia, porque es una opción, y como todo negocio requiere rentabilidad, pero algunos no tienen reparos es especular con las tarifas y necesidades de enfermos, incluso, cuando anuncian con bombo y platillo que sus medicamentos son de producción nacional, lo que lleva implícito que fueron robados, porque hasta el momento no hay distribuidores privados para la actividad.
Vivir en Cuba es un desafío, cada jornada nos desgarra un poco y mengua las fuerzas del cuerpo y el espíritu para enfrentar la adversidad. Sé que no faltan los optimistas del vaso medio lleno, para ser franca, admiro sus actos de fe, porque no hay raciocinio que construya esperanza cuando llevamos años en que la única certeza de hoy es que estamos mejor que mañana.
Somos menos y más viejos, no, no podemos seguir esperando por soluciones dilatadas en el tiempo, porque nuestro contador ya va en retroceso, porque el futuro es un privilegio de la juventud, y la mayoría de los cubanos que habitamos esta Isla llevamos generaciones ofrendando el sacrificio.
Los viejos de hoy son los que hicieron la Campaña de Alfabetización; los que se formaron en las especialidades que necesitaba el país; los de las movilizaciones y misiones internacionalistas, antes de que fueran una fuente de mejora económica; los que estuvieron en microbrigadas, y tanto más, que no cabe en estas líneas.
No es majadería aspirar a una vejez digna, entendida como tal la satisfacción de necesidades básicas, seguridad y acceso a servicios imprescindibles.
Por ellos y por todos, hay premura, porque no habrá un incremento de nacimientos si los jóvenes no tienen dónde vivir ni certeza de ofrecer seguridad a sus hijos, y seguirán migrando tras esas oportunidades si la casa no las ofrece.
Las estadísticas demográficas no son solo números, en ellas hay historias de familias quebradas y dolor, de ausencias y carencias, y sí, las hay atribuibles a los que desde fuera nos aprietan, pero hay muchas que son de factura nacional, y son esas las fábricas que urge parar para que la alegría no sea un ave de paso por nuestras vidas.


