El derecho a equivocarnos 
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El derecho a equivocarnos 

Por Ramón Brizuela Roque

La facultad de equivocarse siempre he creído que es una virtud de los inteligentes, de los que son capaces de decir y hacer cosas, de los que generan ideas y transforman el entorno; pero lo hacen con tanta versatilidad y velocidad que, lógicamente, tomando en cuenta su esencia humana, tienen el derecho a errar. 

Hay otro tipo de personas, los críticos de los que se equivocan, esos regularmente nunca fallan, porque su única equivocación es venir al mundo, al que nada o poco aportan. 

Están los que padecen estreñimiento bucal. No, no es un error, estreñimiento, tal como usted lo imaginó, pero bien alejado de la parte habitual, porque se les estrecha la boca para reconocer lo bien hecho, son buenos en buscar máculas y más escasos de pensamiento cuando deben reconocer lo bueno, que por ser ajeno no les interesa. 

El único que se equivoca cuando escribe en un periódico debe ser el periodista, porque el mecánico del taller contiguo nada tiene que ver con esos menesteres, como tampoco el vendedor de tamales suele equivocarse en un diagnóstico médico, su mundo está bastante lejano. 

Sin embargo, los hay que ni siquiera son vendedores de tamales, ni mecánicos, y creen estar en condiciones de encontrar errores en la labor de otros. Lo mismo sucede cuando se tiene poder, una patente de corso para regañar, sancionar o amonestar al que por saber hacer algo, un día se equivoca. Muchos jefes nunca se equivocan, tienen la suerte de nunca saber hacer nada. 

Todas las lecturas no son fáciles, recuerden que escribo con la materia prima que los amigos –o enemigos–  facilitan, porque los dolientes buscan en quien desahogar las penas, y al no encontrar el paño de lágrimas acuden a mí, quizás con la esperanza de que me equivoque.  

Hay un pensamiento que dice “errar es de humanos”, muy cercano al concepto de que herrar también, además de los asnos y el ganado caballar, es de humanos: conozco a los que un par de herraduras les vendría bien… bien elegantes. 

Tome papel y lápiz para anotar cuantas veces se ha equivocado en su vida (algunos también se han equivocado en bajada) y compárese con los que lo rodean y nunca se equivocan. Luego reflexione porqué usted tiene la posibilidad de errar y el otro no. Llegará a la conclusión de sus ventajas, pues es un ser creador, susceptible de fallar, enmendar y seguir, mientras el otro no avanza, no falla, no aporta. 

Si quiere saber quiénes lo admiran, haga algo útil y pocos lo reconocerán –esos pocos son sus mejores amigos–  pero equivóquese para que vea al día siguiente cuántos acuden a recordárselo. 

No obstante, no tema, meta la pata cada vez que le sea posible, digo, si tiene esa necesaria capacidad de rectificar, ya que errar es de humanos y rectificar es de sabios, al menos, eso han dicho hasta ahora.

Pero los tiempos cambian y podemos añadir el error a la vista de hoy.

Son casi sinónimos, pero hay varios casos en los que «error» es más apropiado que «equivocación» y viceversa. En algunos contextos, un error es un tipo particular de equivocación o, quizás más preciso, el resultado de una equivocación.

En fin, ¿qué significa equivocarse?: tomar una decisión errónea, accionar o pensar de una forma que no resulta correcta, acertada o verdadera para algunos y para muchos.

Un cuadro tiene más probabilidades de equivocarse que un ciudadano común, un científico también. 

Del error queda el aprendizaje y la certeza de que, gracias a las equivocaciones, las cosas siempre pueden hacerse mejor. Para aprender, para entender cómo funcionan las cosas y cómo se desarrolla la vida, es necesario también equivocarse. Aprendemos de los aciertos, los desaciertos y de los errores.

La respuesta humana pone ejemplo de lo deleznable. No del que se equivoca, sino del que caza los errores para burlarse.

Les recuerdo una anécdota: un profesor hizo un experimento en el aula. Puso 10 ejercicios en su pizarra. Los primeros nueve fueron brillantes, pero en el décimo incurrió en un error… inmediatamente la clase se vino abajo, aparecieron las burlas y sarcasmos.

Pacientemente espero y les habló de la naturaleza humana y sus peores acciones, y con estas palabras terminó.

Todos se creen perfectos, pero no piensan lo contrario de los demás. Escribí nueve ejemplos y nadie asintió, coloqué un error exprofeso en la pizarra y nadie me reconoció, pero bastó un error para que toda la clase se viniera abajo.

Y así es el teatro de la vida. ¿Acaso las personas que crean, fundan, construyen o escriben van a dejar de hacerlo por un grupo así?

No, porque de esa equivocación puede nacer un mundo nuevo. Máxime en este que se desbarata por un lado, para que aparezca lo nuevo por el otro.

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