Un pueblo que apenas ocupa una cuadra, con unas siete casas que desembocan a la orilla de una playa. Un pueblo donde la cobertura telefónica simplemente no llega y el celular deja de ser una extensión del cuerpo. ¿Me creerían si les dijera que en un lugar así cada año esas características se perciben como estar en un paraíso?
Ese paraíso existe y tiene nombre: La Bajada. Un minúsculo asentamiento enclavado en el occidente de Cuba, en la provincia de Pinar del Río, justo en la península de Guanahacabibes, reconocida por la Unesco desde 1987 como Reserva de la Biosfera.

Hacia ese confín insular nos dirigimos veintidós estudiantes de College provenientes de Estados Unidos, sus profesores y esta reportera. Durante quince días nos propusimos estudiar la extraordinaria diversidad de especies marinas y terrestres que habitan el Parque Nacional Guanahacabibes, y colaborar con sus biólogos en distintos programas de conservación, desde la captura del invasor pez león hasta la protección de los nidos de tortugas marinas y la limpieza de plásticos en zonas costeras.
La comunidad nos recibió con las puertas abiertas. Nos alojamos en las casas de los vecinos, cada una bautizada con un nombre que muy pronto pasó a formar parte de nuestro vocabulario cotidiano: “la casa del Pollo”, “la de la Flaca”, “la de Cuqui”. Todavía me hace sonreír recordar a los muchachos diciendo con absoluta naturalidad: “I am going to casa del Pollo”. En ese gesto mínimo, empezaba a tejerse algo que solo entendería tiempo después.
Al día siguiente los estudiantes asistieron a una conferencia introductoria sobre el Parque Nacional y la región. Antes de comenzar, los profesores les entregaron una especie de examen con frases típicas cubanas que debían completar al finalizar el viaje. «¿Cómo era Chencha?», «Toma chocolate y…». Me senté junto a tres de las muchachas y pasamos un buen rato entre risas, traducciones y trabalenguas. Ellas me preguntaban por la pronunciación; yo les corregía la erre y ellas me enseñaban a pronunciar la th. El idioma se tropezaba y se levantaba, y en ese trueque de palabras ya éramos un poco menos extranjeras.
Esa misma tarde el grupo se dividió en dos. Unos partieron hacia Playa Antonio para trabajar durante una semana con las tortugas marinas. Los demás nos quedamos en La Bajada para bucear en los arrecifes de la zona.
¡Y vaya si buceamos! Vimos peces de todos los tamaños y tonalidades, pulpos que cambiaban de color en cuestión de segundos y un tiburón ballena que apareció una mañana sin previo aviso. También capturamos pez león y, durante una de las clases, los estudiantes lo diseccionaron para estudiar cada uno de sus órganos con la misma curiosidad con la que se hojea un libro recién abierto.

Mientras tanto, había otra escena que comenzaba a repetirse cada día y que terminó llamándome mucho más la atención. Carlitos, Halle y Eduardito, tres niños del poblado, aparecían puntualmente en el ranchón donde se impartían las conferencias. No importaba si coincidía con la hora del almuerzo. Llegaban con sus platos de comida en las manos y se sentaban a escuchar a los profesores, porque, a pesar de estar todo en inglés, su interés por aprender sobrepasaba ese muro, y solo con observar les era suficiente.
En esos momentos en los cuales notaba su inmensa curiosidad, conversaba con ellos y entendí que, aunque no era esta la primera vez que un grupo de universitarios visitaba La Bajada, su emoción seguía siendo la misma. Esperaban con entusiasmo esos días porque sabían que traerían nuevas amistades con las cuales podrían jugar voleibol, fútbol y aprender temas nuevos. Y es que, estas pequeñas visitas hacen que los niños se sientan más motivados; incluso algunos sueñan con involucrarse en la biología marina gracias a todas estas experiencias.
Las conversaciones cotidianas con los adultos del pueblo terminaron revelando el orgullo que sienten cuando la comunidad se llena de estudiantes. Entre charla y charla me contaban que disfrutan del simple hecho de atenderlos, de sentir que por unos días la comunidad respira aires nuevos. A los vecinos también les emocionaba descubrir que los animales con los que conviven despiertan la admiración y el interés científico de estos jóvenes.
Y aunque la ciencia ocupaba buena parte de nuestras jornadas, no era lo único que nos unía. Las tardes terminaban siempre alrededor de una mesa jugando cartas. Ellos nos enseñaban sus juegos y nosotros los nuestros. Entre partida y partida terminábamos jugando voleibol, y entre voleibol y voleibol se nos escapaban las horas sin que nadie las contara.

Cuando caía la noche, la música empezaba a sonar y, sin que nadie lo hubiera decidido, terminé convertida en la profesora de baile del grupo. Les enseñé salsa, bachata y hasta el «Guachineo», esa canción repartera que nunca falta en una buena fiesta cubana. Bailábamos como si quisiéramos gastar toda la música de una vez.
Una semana después, el grupo que había permanecido en Playa Antonio regresó para intercambiar lugares con nosotros. A la mañana siguiente hicimos las maletas y emprendimos el camino hacia el campamento. Nada más llegar, sabía que iba a ser mi lugar favorito por mucho tiempo.
El campamento se encontraba por debajo del nivel de la carretera. Para llegar había que descender por una escalera de madera rodeada de una vegetación espesa. Mientras bajaba, tuve la sensación de que no solo estaba cambiando de escenario, sino entrando en otra etapa del viaje, una que todavía guardaba las experiencias más intensas que viviríamos.
El camino se convirtió en arena. Alrededor de palmeras y rocas, en un rincón, un fogón de carbón para cocinar custodiado por dos enormes iguanas que terminarían haciéndonos compañía durante toda la semana. Más allá, una hilera de casas de campaña. Y justo frente al mar, encontré el sitio sanador de todo mal: un techo de guano bajo el que colgaban varias hamacas.


Allí pasé buena parte de los momentos libres. Conversábamos, escuchábamos música o simplemente permanecíamos en silencio. Descubrí que tan solo el vaivén de una hamaca junto al sonido de las olas cura cosas que uno ni sabía que estaban rotas.
Aquel primer día nos presentaron al equipo de trabajo y nos explicaron todo lo relacionado con las tortugas marinas. Salen de noche, buscan un lugar en la arena, comienzan a cavar su cama y ponen los huevos. Aunque explicado así pudiera parecer un proceso sencillo, la realidad era mucho más compleja. Cada paso podía tomar horas y dependía de factores que muchas veces escapaban del control de estos animales.
Nuestra tarea consistía en acompañar ese proceso sin alterarlo. Debíamos localizar a las tortugas, observarlas mientras construían sus nidos, contar los huevos, medir el largo y el ancho de sus cuerpos, marcar cada espacio de anidación e identificar si aquel ejemplar ya había sido registrado anteriormente o si era una nueva incorporación al estudio.
No se trataba de un espectáculo de naturaleza para turistas, sino de contribuir a la conservación y protección de una especie. Por eso cada movimiento debía hacerse con extremo cuidado. Permanecíamos en silencio, caminábamos despacio y utilizábamos únicamente luces rojas, cuya intensidad no es percibida de la misma manera por las tortugas que una luz blanca. La intención era observar sin interrumpir, aprender sin invadir.
La segunda noche tuve la oportunidad de presenciar una de ellas. Salió del agua y comenzó a caminar por la arena con movimientos pesados, buscando el lugar perfecto, el cual no encontró hasta después de cinco intentos. Cavó su cama y luego empezó a hacer un hueco más pequeño y profundo donde depositaría los huevos. Eran alrededor de la una de la madrugada y las estrellas titilaban más que nunca, tal vez conscientes de lo que presenciaban. Todos estábamos tumbados en la arena, sin hablar, sin movernos, solo admirando aquel acto que, por más natural que fuera, era algo nuevo y merecía cualquier magnitud de asombro.

A la tarde siguiente recorrimos una parte de Playa Antonio recogiendo residuos acumulados en la costa. Encontramos restos de madera, plásticos y fragmentos de redes. La actividad consistía en pesar cuántos kilogramos de basura había en una cantidad determinada de metros para obtener datos que permitieran comprender mejor el impacto de la contaminación marina en esa zona.

El último día de la aventura pude conversar con mis compañeros sobre su estancia en Cuba. Estábamos sentados en la arena, envueltos en el atardecer y el sonido de las olas que se mezclaba con el canto de los pájaros. Era uno de esos momentos en los que nadie tiene prisa por levantarse, porque parece que el tiempo funciona de otra manera. Sentí que era el instante perfecto para preguntarles qué se llevaban de la experiencia.

Uno de ellos me contó que, cuando supo que viajaría a Cuba, se sintió emocionado porque quería ver con sus propios ojos las maravillas y los privilegios que tiene la Isla, esos que muchas veces quedan ocultos detrás de las opiniones de quienes nunca han estado aquí.
Otro me confesó que lo que más lo había sorprendido era la humanidad del cubano.
—No es que en mi país no haya personas buenas —aclaró—, pero aquí es diferente. En solo dos semanas ya te sientes parte de la comunidad.
Al escucharlos me sentí realmente orgullosa de que mi país les hubiera gustado tanto, de que en tan poco tiempo hubieran podido sentir y describir a Cuba en su generalidad, aunque solo hubieran estado en un rinconcito del país.
Y es que La Bajada es apenas un pequeño punto dentro de la geografía cubana. Un lugar sin edificios, sin calles y sin señal telefónica. Pero precisamente allí, en esa aparente ausencia, encontraron algo que muchas veces resulta difícil hallar en lugares más céntricos: tiempo para conversar, oportunidades para crear vínculos reales, un lugar que transmite paz y cubanía, y que, sobre todo, logra transformar a las personas.
Al final entendí que la mayor enseñanza de esta travesía no estaba únicamente en los datos recopilados sobre especies marinas, ni en los esfuerzos de conservación realizados. Estaba en la certeza de que la educación puede ser un puente capaz de unir realidades diferentes. Porque hacer ciencia, compartir una cultura y descubrir la realidad del otro también es una forma de hacer paz y convertir a los estudiantes en ciudadanos del mundo.
Y es que, cuando alguien tiene la oportunidad de conocer al otro más allá de los estereotipos, algo cambia. Cada persona regresa a casa llevando consigo no solo conocimientos, sino también historias, afectos y una nueva manera de comprender el mundo.
Fotos: Sofía González y John Tinsley.


