Concluye la telenovela Ojo de agua y lo primero que hay que decir es que las opiniones están divididas. En las redes los comentarios van del elogio puntual al señalamiento descarnado.
No es extraño. Se trata de una producción que ha apostado por riesgos narrativos y por personajes menos previsibles de lo que suele ofrecer el género.
Hay que reconocer que Ojo de agua ha sido una propuesta entretenida. No han faltado las peripecias, los giros argumentales ni los conflictos capaces de mantener la atención del público.
En ocasiones, incluso, se tuvo la sensación de que demasiadas cosas sucedían simultáneamente, como si el relato temiera perder intensidad si concedía espacios de reposo.
Respetando las reglas fundamentales del melodrama, la novela ha definido con claridad los polos positivos y negativos de la acción. Sin embargo, merece destacarse el esfuerzo por complejizar a los personajes y alejarlos de una visión excesivamente esquemática.
Casi todos aparecen atravesados por contradicciones, debilidades y motivaciones comprensibles, aunque no todos convenzan a toda la audiencia.
Particularmente interesante resultó la construcción de la protagonista, Nadia. No estamos ante la tradicional joven indefensa que espera ser rescatada por un hombre, figura ciertamente obsoleta que en ocasiones ha reaparecido en nuestras ficciones televisivas.
Nadia es una mujer que lucha por sus sueños, enfrenta adversidades de diversa índole y toma decisiones propias. No está exenta de errores, pero precisamente ahí radica buena parte de su interés dramático.
Su aparente debate entre dos amores, así como ciertas vacilaciones sentimentales y decisiones poco convencionales para una protagonista de telenovela, pudieron haber desconcertado a una parte del público más tradicional.
Acostumbrados a héroes moralmente ejemplares de principio a fin, algunos espectadores quizás interpretaron esas dudas como incoherencias. Sin embargo, tales zonas parecen responder más bien a una voluntad de construir una figura humana y contemporánea, capaz de equivocarse sin perder por eso su brújula ética.
Entre los principales problemas del guion se encuentran ciertos diálogos que suenan forzados y algunas frases poco afortunadas. Se percibe una intención de construir un habla rural diferenciada, pero con frecuencia esta derivó hacia expresiones artificiosas, demasiado elaboradas para resultar verosímiles.
Quienes viven o han vivido en el campo saben que los campesinos no suelen expresarse mediante constantes ocurrencias inspiradas en la naturaleza. Lejos de reforzar la autenticidad, ese procedimiento termina acercando a los personajes al colorismo folclórico y al estereotipo.
A ello se suman algunas situaciones narrativas insuficientemente resueltas, o líneas que parecieron forzadas, sin asideros convincentes, como buena parte de ese realismo mágico asociado a Luz.
Del mismo modo, ciertas tramas se extendieron más de lo necesario, particularmente la relacionada con las cartas de la madre de Paco, que terminó resultando reiterativa y cansina.
La novela exhibe en sentido general un buen nivel actoral. No se perciben desniveles demasiado marcados entre los intérpretes.
La calidad visual de la puesta no alcanza siempre el mismo nivel. Hay momentos en que la fotografía logró imágenes de indudable belleza y el montaje buscó dinamizar las escenas, pero en otros prevaleció una realización meramente funcional. Se echó de menos una mayor cohesión estética.
La telenovela cubana constituye hoy uno de nuestros actos cotidianos de resistencia cultural. No puede perderse de vista el enorme esfuerzo material, técnico y humano que supone llevar una obra de estas dimensiones a la pantalla en medio de tantas dificultades.
El propósito es sencillo y enorme a la vez: que los cubanos sigamos teniendo nuestras historias, nuestros artistas y nuestros paisajes en televisión. Por eso cualquier valoración debe partir de un profundo respeto hacia quienes hacen posible estas producciones.
Quizás haya que explorar modelos de producción más acordes con las circunstancias actuales, capaces de facilitar el trabajo creativo y garantizar mejores recursos técnicos. Pero mientras esa transformación llega, Ojo de agua aportó, con sus luces y sombras, a la evidencia de que la ficción nacional sigue siendo necesaria, y que sigue teniendo un público dispuesto a acompañarla… a pesar de los apagones.