“¿Qué esperanza?” Me preguntó una abuela cubana, enfermera, con 65 años y 1 solo nieto: “a mí la única que me queda es volver a ver a mi único nieto, que se fue hace más de cuatro años y no ha podido venir de visita porque no tiene residencia”.
Los que se fueron, esos trozos del alma que nos faltan en las fiestas familiares, en los paseos, en el camión de la mudanza y hasta para pegar la gorra (hacerse invitar) o tomar café, también tienen un lugar en la angustia, en esta suerte de cansancio crónico que a veces amenaza con paralizarnos.
Sin embargo, seguimos, caminamos hasta donde los datos móviles nos permitan verlos en una video llamada, nos tomamos tres cervezas con los que quedan, lloramos de vez en cuando y luego reímos “para no llorar”, así decimos, pero en realidad lo hacemos a carcajadas, nos desternillamos de la risa, bailamos con la música que la vida nos ha puesto y sí, seamos francos, hacemos planes para “cuando la cosa mejore” y creamos una extraña manera de ser felices en medio del caos.
Es precisamente en ese punto de quiebre donde la esperanza deja de ser un simple deseo ingenuo y se convierte en una necesidad vital, en una fuerza activa y revolucionaria. Habrá quien no lo entienda y me acuse de “romantizar” la dura realidad actual, pero esos mismos subirán luego a Facebook sus propios momentos felices y es una de las grandes contradicciones: en los mismos muros donde se argumenta que no hay nada que celebrar, aparecen luego fotos personales que rebozan disfrute y alegría, pues entonces, viva y deje vivir, no le prohiba a otros la esperanza.
Y no hablo de un optimismo superficial: ni «todo estará bien» por arte de magia, ni “lo que sucede conviene”; hablo de la verdadera esperanza, que es mucho más fuerte y madura: no niega los problemas, ni la injusticia, ni el dolor. Ve la realidad tal cual es, con toda su crudeza, sin embargo, decide creer que el estado actual de las cosas no es definitivo. Es la convicción de que el futuro contiene posibilidades que vale la pena buscar.
Mantener encendida la chispa de la esperanza es un acto de resistencia, pero también de autocuidado, protegemos nuestra salud mental, mantenemos la resiliencia y encontramos la fuerza para dar el siguiente paso, por pequeño que sea, incluso cuando el panorama completo sigue nublado.
La desesperanza nos paraliza, nos convence de que nada de lo que hagamos cambiará las cosas. La esperanza, por el contrario, es contagiosa y movilizadora, nos impulsa a tender puentes en lugar de levantar muros, nos motiva a participar en causas comunes, a apoyar al vecino y a buscar soluciones colectivas.
Ya lo cantó el poeta a las puertas del milenio que anunció temprano sus desafíos: venga la esperanza, de cualquier color, verde, roja o negra, pero con amor”.


