«Vendo diez libras de necesidades». Jorge Ángel Pérez (desde Cuba) – uy press
Portada

«Vendo diez libras de necesidades». Jorge Ángel Pérez (desde Cuba) – uy press

«Vendo diez libras de necesidades». Jorge Ángel Pérez (desde Cuba)

20.08.2026

Así estamos muchos en todo el país, así estamos casi todos, al menos la gran mayoría.

 

Quiero contarles de un grito que escuché ayer. Fue un grito poco común, quizá más alto que otros gritos, probablemente un poco más exagerado que otros reclamos que se hacen en alta voz y en esta isla en la que se habla a grito pelado. Al principio creí que no era más que un anuncio comercial lo que escuchaba, pero ellos se perdieron de la isla por decisión castrense y castrista.

El grito salió de la garganta de un vecino del barrio y resultaba muy parecido a los anuncios comerciales, esos que desde hace mucho tiempo desterró Fidel Castro de nuestras vidas para que no estuviéramos al tanto de todo lo que nos perdíamos, para que no supiéramos a ciencia cierta la gran dimensión de las escaseces en este país.

Mi vecino, un buen hombre, trabajador y padre ejemplar, estuvo actuando raro desde días atrás. El vecino andaba taciturno y muy triste, apenas conversaba, solo se ocupaba de sus hijos, los niños más educados de todo el barrio, y de pronto pasó algo, quizá un águila, quizá una señal muy rara.

Mi vecino comenzó a dar gritos sin orden ni concierto. Con chillidos de muchos decibeles hizo saber a todo el vecindario que estaba vendiendo diez libras de necesidades. Y la respuesta nuestra fue de asombro: «¿Quién querría comprar necesidades?» Y se hizo el silencio, y quedaron muy abiertas las bocas de los vecinos.

«Vendo diez libras de necesidades», así gritaba el que parecía un demente salido de un hospital psiquiátrico. Y no fue un grito, no fueron dos. Él no cesaba de gritar; él seguía intentando la venta más rara que había constatado yo en toda mi vida. La venta de un gran paquete de necesidades. ¿Para qué? Venderlas. ¿Por qué? ¿Cómo se concretaba una compraventa de necesidades?

Y yo miré fijamente al vecino, puse mis ojos frente a los suyos. Esperaba que fuera más concreta su propuesta. Yo lo miraba y me miraba a mí mismo y hasta creí en la posibilidad de la compra y en lo que haría yo después del trueque con esas múltiples necesidades del vecino. Y en la noche, en medio de la oscuridad y el zumbido de una carga al machete de mosquitos, seguí indagando, casi llorando.

No era tan tonto el padre de esos niños, o quizá lo era demasiado, tanto que hasta era capaz de subestimarnos, de querernos vender todas y cada una de sus muchísimas necesidades. Ya dije un montón de veces que el negocio era raro y que con el trueque nos pretendían esquilmar, y eso es triste, sobre todo en un país en el que todos tenemos muchas, muchísimas necesidades.

Y ese trueque me hace pensar en algunas de las mejores piezas literarias del gran Virgilio Piñera, en muchos de sus grandes cuentos en los que el absurdo era el centro imantado. Nuestro vecino quería vender sus necesidades porque no tenía otra cosa que vender. Quizá todo sería diferente si hubiera tenido algo de carne, si hubiera tenido un poco de arroz, unos frijoles negros para sazonar, para dejarlos dormiditos, bien espesos.

Si el vecino hubiera tenido carne para preparar un bistecito a cada niño, todo habría tenido otro matiz, pero él solo tenía necesidades y más necesidades. Él y sus hijos tenían hambre, mucha hambre para ofrecer. ¿Y qué se puede ofrecer con el estómago vacío? Sin dudas ese ejército de necesidades que nos acosan.

Él quería que le compraran el arroz que no tenía, que le compraran los frijoles, el pedacito de carne, y en pago ofrecía todas y cada una de sus necesidades. Y así estamos muchos en todo el país, así estamos casi todos, al menos la gran mayoría. Solo los poderosos, los miembros de la familia Castro, no se ven obligados a vender sus necesidades. Ellos no tienen necesidades, ellos solo conocen la abundancia, esa abundancia que está bien lejos de las penurias, y de esa certeza salen sus tranquilidades.

Publicado en Cubanet, el 19 de agosto de 2026

Jorge Ángel Pérez nació en Cuba (1963), donde vive, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas.

Columnistas
2026-08-20T03:29:00
2026-08-20T03:29:00

UyPress – Agencia Uruguaya de Noticias

Uy press

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *