Un camino más corto para la chequera (+ Fotos)
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Un camino más corto para la chequera (+ Fotos)

En La Casa Amarilla, Osmany Ramírez Rodríguez, titular del negocio, comparte la misma convicción mientras efectúa el pago a los jubilados que asumió. Foto Yosdany Morejón

Deisy Rodríguez ya no recuerda cuándo fue la última vez que caminó sin medir la distancia. A los 84 años, las piernas le imponen condiciones que antes no existían y cualquier recorrido se convierte en un cálculo inevitable.

Durante mucho tiempo, el día de cobrar la jubilación significó levantarse temprano, salir de casa con paciencia y emprender el trayecto hasta la sucursal bancaria, donde la esperaba otra prueba de resistencia: largas colas, calor, apagones y la incertidumbre de si ese día alcanzaría el efectivo.

Era una rutina compartida por miles de adultos mayores cubanos, pero para ella representaba algo más que una molestia; era el precio que debía pagar para llevar a casa el dinero con el que compra los alimentos del mes.

Julio alteró esa costumbre. Aquella mañana permaneció sentada en el portal de su vivienda, en el consejo popular Colón, de la ciudad de Sancti Spíritus. No esperaba un transporte ni a un familiar que la acompañara al banco. Esperaba, simplemente, que llegara el momento acordado. Y ocurrió algo que jamás imaginó: la pensión llegó hasta ella.

A sus 84 años. Deisy Rodríguez dice sentirse feliz de cobrar a través del punto de venta TCP La Esquina de Sancti Spíritus. Foto Yosdany Morejón

—Estoy de lo más contenta, dice, mientras la sonrisa le devuelve por unos instantes la vivacidad que los años no han conseguido borrar.

Días antes le habían explicado que un establecimiento privado del propio barrio asumiría el pago de su jubilación. No comprendía del todo cómo funcionaba aquel mecanismo. Lo único que tenía claro era que ya no tendría que recorrer una distancia que sus piernas hace tiempo dejaron de negociar.

“Ya casi no podía ir al banco. Me queda un poquito lejos y las piernas no me aguantan”, cuenta con la sencillez de quien describe una realidad cotidiana. Luego hace una pausa y resume, en una sola frase, el verdadero alcance de aquella novedad: “Este dinerito en efectivo lo necesito para comprar comida”.

A pocas cuadras de allí vive María Caridad Torres Matienzo. Tiene 73 años, es impedida física y conoce demasiado bien el desgaste que supone cobrar una pensión cuando cada paso cuesta un esfuerzo extraordinario. Durante años dependió de otras personas para trasladarse hasta el banco. Las colas interminables, el calor y las dificultades para acceder al efectivo terminaron convirtiendo un derecho en una prueba mensual de resistencia.

Por eso no exagera cuando afirma que la nueva experiencia “ha sido la bendición más grande” de los últimos tiempos.

Ahora cobra en el barrio. A ella y a su esposo les entrega el dinero Roberto Alejandro González Quintero, administrador de la mipyme Los Garajes, ubicada a pocos metros de su vivienda. Ya no necesita buscar transporte, esperar durante horas ni regresar agotada a casa. “Ahora puedo comprar mis cositas. Antes era muy difícil”, comenta con una mezcla de alivio y gratitud.

Las historias de Deisy y María Caridad podrían parecer excepcionales. En realidad, anuncian una transformación que comienza a abrirse paso en Cuba y que encuentra en un pequeño consejo popular espirituano uno de sus primeros laboratorios.

Una solución que nació donde nadie la esperaba

Cada jubilado que cobra en un establecimiento del barrio representa una persona menos en una cola del banco. Foto Yosdany Morejón.

Las colas frente a los bancos forman parte del paisaje cotidiano del país desde hace algún tiempo. La escasez de efectivo, las interrupciones eléctricas, el crecimiento de las operaciones y el acelerado envejecimiento de la población han coincidido en un escenario particularmente complejo para quienes dependen de una pensión.

Cada inicio de mes reproduce la misma imagen: adultos mayores esperando durante horas para cobrar un dinero que, muchas veces, apenas alcanza para cubrir las necesidades más elementales.

Ante esa realidad, el Banco Central de Cuba decidió abrir una puerta poco explorada. Como parte de las medidas adoptadas para enfrentar la crisis de liquidez y fortalecer la circulación del efectivo, autorizó que nuevos actores económicos participaran directamente en el pago de jubilaciones utilizando el dinero procedente de sus ventas diarias. La decisión forma parte del grupo de 176 acciones económicas impulsadas por el país para flexibilizar mecanismos financieros y aprovechar la capacidad instalada de todos los actores de la economía.

La lógica resulta sencilla. El banco identifica, junto con la mipyme o el trabajador por cuenta propia, a jubilados que vivan cerca del establecimiento y acepten acogerse voluntariamente a esta modalidad.

El negocio entrega la pensión íntegra en efectivo utilizando el dinero que recauda durante su actividad comercial. Posteriormente, el sistema bancario acredita ese importe en la cuenta corriente del actor económico. El jubilado recibe lo que le corresponde; el negocio recupera el dinero desembolsado y la sucursal bancaria reduce la presión sobre sus ventanillas.

Detrás de esa explicación técnica existe, sin embargo, un cambio mucho más profundo.

Por primera vez, pequeños negocios privados dejan de ser vistos únicamente como espacios dedicados a producir o comercializar bienes y comienzan a desempeñar una función social que hasta hace poco parecía reservada a las instituciones estatales.

Colón fue uno de los primeros lugares donde esa idea dejó de ser un documento para convertirse en realidad.

Cuando el barrio decidió cuidar de sus mayores

En el punto de venta La Esquina, su gestor de impuestos, Alexis Conrado Medina García, no habla de clientes cuando se refiere a los jubilados que atiende. Habla de vecinos.

Comenzó con seis personas y ya prepara la incorporación de otra más. Todos viven a pocos metros del establecimiento y algunos apenas pueden caminar. Por eso, cuando llegó el momento del primer pago, entendió que no bastaba con abrir la puerta del negocio.

Había que salir a tocar otras. “Los más viejitos tenían problemas para llegar hasta aquí, así que fuimos nosotros a sus casas. No podíamos hacer otra cosa”, explica.

Lo recuerda como una jornada tranquila. Ninguno de los jubilados tuvo dificultades para cobrar. Cada uno recibió íntegramente el importe consignado por el banco. Lo inesperado vino después: otros vecinos comenzaron a preguntar si también podían incorporarse a la experiencia.

“Todos estaban contentos. Ojalá pudiéramos asumir muchos más, afirma Alexis. “Al final se trata de ayudar. Son personas vulnerables que antes tenían que pasar horas haciendo una cola y ahora pueden cobrar prácticamente al lado de su casa”.

A pocas cuadras funciona la mipyme Los Garajes, dedicada a la elaboración de galletones. Desde hace unas semanas también produce algo menos visible: tranquilidad.

Su administrador, Roberto Alejandro González Quintero, aceptó sin vacilar cuando el Banco Popular de Ahorro le propuso participar en el proyecto piloto: “Los jubilados ya entregaron sus mejores años al trabajo. Ahora llegan los dolores, el cansancio, el calor… Lo más justo era ayudarlos”, explica.

La empresa asumió inicialmente a 20 pensionados, casi todos vecinos. Preparó el proceso con dos días de antelación y organizó el pago de manera escalonada. Antes del mediodía todos habían cobrado. La experiencia, asegura, resultó mucho más sencilla de lo que imaginaban.

Tan pronto concluyeron los pagos, la sucursal bancaria acreditó el importe desembolsado en la cuenta corriente de la empresa, de modo que la operación no afectó su liquidez ni el desarrollo de la actividad productiva.

Lo que sí cambió fue la percepción del barrio. “Nos gustaría poder atender a muchos más. Yo exhorto a todas las mipymes y trabajadores por cuenta propia que puedan hacerlo a sumarse. Esto ayuda a los ancianos y también ayuda al banco”, sostiene.

En La Casa Amarilla, Osmany Ramírez Rodríguez, titular del negocio, comparte la misma convicción. Asumió el pago de seis pensionados del entorno y, cuando alguno presenta dificultades para trasladarse, es él quien camina hasta la vivienda. “No me afecta en nada. Yo de todas formas tengo que depositar efectivo en el banco. Lo importante es que ellos están muy agradecidos porque ya no tienen que hacer esas colas”.

Quizá esa sea una de las mayores fortalezas de la experiencia. No nació de una obligación legal ni de un incentivo económico. Nació de la disposición de varios emprendedores a incorporar la responsabilidad social como parte de su actividad cotidiana.

Más que efectivo, confianza

En la Sucursal 5202 del Banco Popular de Ahorro, ubicada en Colón, la gerente comercial Mairelys Yera Blanco observa la iniciativa desde otra perspectiva. Para ella, cada jubilado que cobra en un establecimiento del barrio representa una persona menos en una cola, una ventanilla disponible para otras operaciones y una respuesta concreta a una de las mayores preocupaciones del sistema bancario cubano: la disponibilidad de efectivo.

El procedimiento, explica, está respaldado por contratos, declaraciones juradas y controles que garantizan la transparencia del proceso. Cada actor económico recibe una nominilla donde aparecen el nombre del jubilado, su número de identidad y el importe exacto de la pensión. Una vez efectuado el pago, dispone de hasta 72 horas para presentar la documentación correspondiente y el banco acredita automáticamente el dinero en su cuenta.

Hasta el momento, una mipyme y dos trabajadores por cuenta propia atienden a cerca de 40 jubilados en el consejo popular de Colón. Sin embargo, la cifra podría aumentar muy pronto. “Ya hay otros negocios interesados en incorporarse. Estamos trabajando para ampliar la experiencia”, asegura.

La respuesta de los adultos mayores confirma que el camino parece acertado y muchos se acercan a la sucursal preguntando qué deben hacer para cobrar mediante esta modalidad después de conocerla por los medios de comunicación o por recomendación de otros vecinos.

No es difícil comprender por qué. En un país donde más de una cuarta parte de la población supera los 60 años y donde las dificultades para acceder al efectivo golpean con mayor fuerza precisamente a quienes tienen menos movilidad, acercar la pensión hasta el barrio trasciende el ámbito financiero.

Es, sobre todo, una decisión de profundo contenido humano.

El camino más corto

Cuando llegue el próximo mes, Deisy Rodríguez volverá a sentarse en el portal de su casa. Seguramente mirará hacia la esquina con la misma tranquilidad con que ahora contempla el movimiento del barrio. Ya no tendrá que preguntarse cuánto demorará la cola del banco, si resistirán sus piernas o si encontrará efectivo cuando finalmente llegue su turno.

Esperará, simplemente. Esperará a que la pensión encuentre nuevamente el camino más corto.

La experiencia que comenzó en Colón todavía es pequeña frente a las dimensiones del desafío que enfrenta el sistema bancario cubano. Apenas involucra a unas decenas de jubilados y tres actores económicos. Pero toda transformación empieza siendo pequeña. Lo importante es que demuestra algo que va mucho más allá de una operación financiera: cuando las instituciones públicas, los nuevos actores económicos y la comunidad deciden avanzar en la misma dirección, incluso los problemas más complejos pueden empezar a encontrar soluciones posibles.

Quizá el éxito de esta experiencia no deba medirse únicamente por la cantidad de colas que logre eliminar o por el efectivo que regrese al sistema bancario. Su verdadero valor aparece en escenas mucho más discretas: una anciana que ya no necesita caminar para cobrar su pensión; una mujer impedida física que recupera autonomía; un pequeño negocio que descubre que también puede servir a su comunidad desde un lugar distinto al mostrador.

Porque hay cambios que se anuncian en resoluciones y estadísticas. Y hay otros que solo pueden contarse observando el gesto de una mujer de 84 años cuando sonríe desde el portal de su casa al comprobar que, por primera vez en mucho tiempo, no fue ella quien salió a buscar la pensión, sino la pensión la que encontró el camino para llegar hasta ella.

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