Atardecer plomizo, hasta el sol parece irse tristemente por tanta destrucción y muerte, ocasionadas por el doble sismo (de 7.2 y 7.5 de magnitud en la escala de Richter) que impactó el pasado 24 de junio siete estados de Venezuela.
A 14 días del siniestro, en carpas, refugios, hospitales y centros de urgencias establecidos, el personal de la Misión Médica Cubana aún permanece atento a los pacientes heridos, colapsados psicológicamente, huérfanos de familia y hasta de ternura.
Ellos, quienes ayer subían y bajaban de sus consultorios por aquellos cerros de escaleras empinadas, construidas a pico y pala, están ahí, no se han ido, no han hecho sus maletas porque, desde que jugaban en los barrios de Cuba con pelotas y muñecas de trapo, aprendieron que los caminos de la lealtad son siempre rectos, como advirtió el escritor británico Charles Dickens.
PARA LOS FIELES, TODO EL HONOR
Entre esos fieles, dos de los cerca de 200 colaboradores espirituanos que hoy salvan vidas en la nación bolivariana: el doctor Pedro García Gómez, especialista de primer grado en Cirugía General y trabajador del Hospital General Docente Tomás Carrera Galeano, de Trinidad, y la licenciada en Enfermería Zulema Salvador Rodríguez, perteneciente al Hospital General Docente Ricardo Santana Martínez, de Fomento.

Cuando la tierra decidió sacudir como plumas al viento rejas, bases de hormigón; cuando decidió rebanar edificios enteros y dejar casi suspendida en el espacio una pared y una imagen de solo tres sillas y una mesa perfectamente ordenada en señal de que allí habitó una familia, el doctor trinitario Pedro García Gómez se encontraba en el apartamento de alojamiento para los colaboradores cubanos, ubicado en La Urbina, en la parroquia Petare, estado de Miranda.
Conversaban él y su compañero de cuarto, el también espirituano y licenciado en Enfermería Julio Evelio Hernández Ventura. De pronto, el celular emitió una señal de alarma de sismo, se preguntaban si era cierto. Y las heridas en las paredes, los movimientos de las sillas, de la cama, del refrigerador que se iba de bruces.
Es un terremoto, dicen al unísono y salen en estampida.
Parecía que estábamos en un bote en la playa de La Boca, porque todo se movía de un lado a otro, el piso parecía partirse, narra el doctor Pedro.
Toda la serenidad que durante años lo había acompañado, bisturí en mano, en los quirófanos, se esfumó ante la conmoción de sus compañeros que salían aterrados; y encima de sus cabezas, las lámparas cayendo del techo y parte de este agrietándose en zigzag en clara alusión a la magnitud de la tragedia.
Era una sensación de muerte inminente. Fue algo terrible, indicó el doctor Pedro, quien solo vino a sentirse vivo cuando ya afuera, al aire libre, los ojos de los miembros de la brigada se miraron al mismo tiempo y sin mediar otras palabras, se dijeron: Todos estamos aquí. No falta nadie.
Bastó reponerse de los minutos más largos de espanto de sus vidas y ya estaban pensando en los otros, en quienes desesperadamente buscaban auxilio médico. Fue entonces que se dirigieron al Centro de Diagnóstico Integral de Santa Cruz del Este, en el municipio de Baruta, y lo convirtieron en epicentro de salvación.
Estamos atendiendo a pacientes que proceden de la zona de desastre, por el colapso tan grande que hay en los centros hospitalarios y las clínicas de esos lugares. Aquí nos llegó una familia entera de La Guaira, vivían en un octavo piso y el edificio colapsó. Cuenta el esposo que pudieron llegar al cuarto nivel, pero un pedazo de pared le cayó encima a su señora, la que tuvo una fractura de peroné; una de las hijas una niña de 14 años— tuvo fractura en la pelvis y la otra sufrió un trauma craneal. A todos les estamos dando seguimiento posoperatorio.
Y el cirujano general y otros colegas cubanos han llegado, también, a comunidades localizadas en zonas vulnerables. En las pesquisas encuentran heridos, algunos con lesiones graves, hipertensos o con enfermedades crónicas descompensadas. Transcurren los días y bajo las carpas o en sitios a cielo abierto, ellos siguen sin descolgar los estetoscopios de sus cuellos.
LAS CÁMARAS DE LOS GRANDES MEDIOS NO ESTÁN
Quizás, las cámaras de los grandes medios no han estado para graficar el tamaño de la heroicidad del personal de la Salud cubano. No hace falta. “El bien se hace porque sí”, como alegara José Martí.

Cuando todavía las primeras réplicas se sentían bajo los pies de la enfermera Zulema Salvador Rodríguez y otros colaboradores del Centro de Atención Integral Amelia Blanco, del Distrito Capital, armaron una carpa en la avenida Andrés Bello para atender a los pacientes.
Llegaban politraumatizados leves, con mucho susto, mucha conmoción. Estuvimos trabajando ininterrumpidamente durante toda la noche y la madrugada del suceso. Atendimos a personas que perdieron a su familia entera, solo se quedaron con la ropa que tenían encima. Fue horrible lo que se vivió, recuerda la enfermera Zulema con voz quejosa.
Hoy, todavía dice escuchar aquel estruendo grande; no sabíamos si eran bombas cayendo. El piso casi ondulando, la sensación de mareo, los gritos en los pasillos de las escaleras, los abrazos cuando ya estaban todos afuera en la calle.
Al otro día, nos fuimos para otra residencia de colaboradores más segura, en Pinto Salinas, y desde entonces estamos trabajando en centros de aislamiento de atención a pacientes vulnerables, fundamentalmente niños y adultos mayores. Siguen llegando personas. Es una experiencia muy dolorosa, difícil de olvidar. Ver como ha quedado destruido todo, la tristeza en las personas…”.
En Venezuela, ya la enfermera Zulema había aliviado otras penas, otros dolores. Durante la pandemia de la covid, en Cantaura, estado de Anzoátegui, enfrentó jornadas intensas en zona roja.
“Había pacientes que fallecían en solo horas, vi morir a muchos, demasiados. Recuerdo a un joven de 18 años, era el que clínicamente estaba más mal, y nos decía que lo ayudáramos a vivir y así fue, sobrevivió. Cuando pasó todo iba a vernos muy agradecido con los cubanos.
Desde 2003, cuando inició la Misión Médica Cubana en Venezuela, hasta la fecha, las razones para estar y salvar hablan del lado bueno que aún pervive en este mundo y, simplemente, no puede pasarse de largo cuando el hermano sufre: más de 3 530 fallecidos, alrededor de 16 740 ciudadanos heridos, daños estructurales graves y una catástrofe habitacional sin precedentes son el saldo del doblete sísmico que sacudió a la nación bolivariana el 24 de junio pasado. Ante tanto dolor es imperdonable la indiferencia, mucho menos el egoísmo.






