Cada vez que se desarrolla un gran evento deportivo el mundo se paraliza, millones de personas se reúnen frente a una pantalla, llenan estadios, visten ropas de colores de sus equipos preferidos, gritan, lloran de angustia y felicidad; no hablan de otro asunto, siguen la estadística y cada movimiento con emoción y lo celebran con un arrebato que pocas actividades logran despertar con tanta masividad.
Ya lo sabemos, más que cualquier pasatiempo, el deporte ensimisma, obsesiona, crea efervescencia y agitación, une pueblos, inspira disciplina y ofrece ejemplos de esfuerzo y perseverancia. Sin embargo, se me ocurren preguntas: ¿qué ocurriría si esa misma energía se destinara también al conocimiento, al saber? ¿Por qué la curiosidad por aprender contenidos escolares o que incrementen sabiduría individual no despierta interés ni siquiera medianamente parecido?
Esta es una realidad que trasciende fronteras, y claro que no está mal. Tampoco se trata de enfrentar el deporte con la enseñanza, porque no tiene sentido, uno jamás podrá sustituir al otro, y no tienen que estar separados, sería ideal que fueran pasiones simultáneas.
El fútbol, como cualquier disciplina deportiva, puede cambiar la vida de algunos. La educación, en cambio, tiene el potencial de transformar la de todos, y las sociedades; es la base del desarrollo. El conocimiento es la herramienta que permite comprender el mundo, estimular el pensamiento crítico, combatir la pobreza, impulsar la innovación y construir comunidades más justas. Sin educación, las personas son más vulnerables a la manipulación, la desinformación y la desigualdad.
Las naciones que hoy lideran los índices de desarrollo no alcanzaron ese lugar por casualidad, sino por haber apostado por escuelas de calidad, universidades sólidas, investigaciones científicas y formación profesional. Cada médico que salva una vida, cada ingeniero que construye un puente, cada maestro que inspira a una nueva generación y cada científico que desarrolla una vacuna son el resultado de una sociedad que decidió invertir en el conocimiento.
Imagen tomada de https://www.cubahora.cu
El deporte merece reconocimiento, enseña valores como el trabajo en equipo, la disciplina y la constancia, además, es salud; pero incluso los mejores atletas serán mejores con educación para administrar su carrera, cuidarse, defender sus derechos y construir un proyecto de vida cuando termina la competencia.
La verdadera riqueza de un país se construye en sus escuelas, con una educación de calidad que prepare a sus ciudadanos, les ofrezca valores y abra sus mentes al saber y a la capacidad de crear, innovar y resolver los desafíos de su tiempo.
Hoy más que nunca necesitamos reivindicar el estudio como un acto de transformación personal y colectiva. No es solo saber leer, sumar y multiplicar, es poder investigar, aprender un oficio, dominar un idioma o desarrollar habilidades tecnológicas, entender procesos, ser capaz de interpretar problemas para canalizarlos, y más. Ninguno de estos ejemplos son tareas secundarias sino inversiones urgentes que generan oportunidades para siempre.
Celebrar un campeonato puede llenar de alegría un día, un mes. La educación, en cambio, cambia el destino de una persona, de una familia e incluso de una nación.
Es muy complicado competir con la diversión, es cierto y ni falta que hace, por eso es un reto encontrar la manera de incentivar, ofrecer enseñanza que motive a querer saber, que familia y educandos lo asuman como oportunidad de crecimiento. El mayor triunfo que podemos alcanzar como sociedad será el de conseguir que niños, jóvenes y adultos sientan por el aprendizaje la misma emoción con la que celebran un gol porque las conquistas del conocimiento son las que verdaderamente construyen el futuro.


