
En Cuba, el debate económico ha dejado de ser un ejercicio teórico para convertirse en una urgencia de todos los días. La realidad aprieta: apagones, escasez, tensiones financieras y un desgaste social que ya no admite diagnósticos a largo plazo, sino decisiones puntuales.
Y en ese escenario hay un factor que atraviesa toda la situación: el impacto sostenido del bloqueo de Estados Unidos, que limita financiamiento, encarece importaciones y reduce al mínimo los márgenes de maniobra de la economía nacional.
Las transformaciones aprobadas -recientemente- van en esa dirección. No nacen de la improvisación, ni constituyen un giro repentino, son, en buena medida, la continuidad de ideas que llevan años sobre la agenda gubernamental y política: liberar fuerzas productivas, flexibilizar la economía y redefinir cuánto le corresponde hacer al Estado y cuánto deben concebir otros actores económicos.
La diferencia es que ahora no hay margen para seguir postergando, en un contexto agravado tanto por presiones externas como por distorsiones internas. Uno de los cambios más visibles es la manera en que se empieza a mirar el mercado privado.
Durante mucho tiempo fue visto casi como un elemento ajeno a nuestro sistema; hoy, se reconoce como una herramienta que, bien utilizada, puede ayudar a mover la economía cubana.
No se trata de sustituir la planificación, sino de combinarla con mecanismos que funcionen mejor en la práctica y permitan sortear, en parte, las restricciones impuestas por Estados Unidos y sus aliados.
Pero ahí mismo aparece el primer gran reto: lo que se aprueba y, muy distinto, lo que ocurre después.
Cuba tiene experiencia en buenas ideas en pro del pueblo que, al llevarlas a la práctica, suelen ser deformadas, frenadas, o simplemente no logran el impacto esperado. Por eso, más que las medidas en sí, lo decisivo será cómo se apliquen, quién las controlará, y qué responsabilidad asumirán quienes las ejecuten.
Ahora bien, si hay un punto en el que el debate se vuelve más sensible es en lo social, porque abrir la economía, inevitablemente, genera diferencia, y esas incompatibilidades ya existen de antemano.
Basta observar la realidad cotidiana para notar que mientras algunos logran abrirse paso, a otros les resulta imposible, en un escenario con demasiadas carencias que reduce las posibilidades del Estado para redistribuir con mayor equidad.
Aquí aparece una verdad incómoda pero real: no se puede repartir lo que no se produce. Sin crecimiento económico no hay política social sostenible.
Pero ese crecimiento acontece bajo condiciones adversas, en las cuales acceder a créditos, mercados o tecnologías está condicionado por sanciones externas. Aun así, el problema de fondo sigue siendo cómo evitar que ese crecimiento deje a muchos atrás. Ahí está el equilibrio más difícil: crecer en medio de restricciones, sin perder la equidad, la justicia social. Avanzar sin romper el tejido social.
Las transformaciones apuntan a cambiar también la manera de proteger a quienes lo necesitan. La vulnerabilidad no es un concepto abstracto. Está en la calle, en los barrios, en el campo, familias que sobreviven como pueden, ancianos solos, sujetos que han quedado al margen. Ese es el termómetro de cualquier cambio.
Por eso, el trabajo social no debe ser tarea de unos pocos, sino responsabilidad compartida. Del Estado, por supuesto, pero también de los nuevos actores económicos. Y eso no depende solo de la buena voluntad: necesita reglas claras, control y seguimiento.
Otro punto clave está en los territorios. Se habla de la autonomía en los municipios, y eso es positivo, pero no todos están en igualdad de condiciones. Algunos tienen más capacidades y recursos, mejor organización. Si no se acompaña bien ese proceso, las diferencias también crecerían.
Y mientras todo esto ocurre, hay quienes observan. Algunos con esperanza, otros con dudas, muchos con escepticismo. Es lógico. Cuando la vida se vuelve más difícil, cuesta creer que los cambios traerán alivio.
En medio de todo, hay una idea que no debería perderse. Estas transformaciones, además de económicas, son, en esencia, una apuesta por sostener y actualizar un proyecto de país en condiciones extremadamente adversas.
Cuba intenta reformar su economía y salir adelante bajo presión económica y militar impuesta por el imperialismo, y también bajo los efectos de la distorsión económica interna.
El camino es complejo. Habrá tensiones, errores y rectificaciones. Pero también hay una oportunidad: construir, entre todos, un modelo más viable, participativo y cercano a los cubanos.
Más allá de lo que digan las medidas, el verdadero cambio dependerá de cuánto logren involucrar y beneficiar al pueblo, porque si algo define el futuro de Cuba no es solo la economía que se diseñe, sino la capacidad colectiva de sostener, transformar y defender un proyecto de país con justicia y dignidad.
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