Sin luz, sin agua, sin transporte: la frustración que siento con mi vida en la Cuba de los apagones
Fuente de la imagen, Cortesía de Gustavo
Gustavo va al gimnasio en las mañanas. Trabaja en una galería de arte en el centro de La Habana, y los fines de semana visita exposiciones de las que luego escribe para una revista.
La suya podría ser la vida típica de un profesional de 25 años, de no ser porque la crisis energética que enfrenta Cuba —la peor en décadas— ha provocado un efecto dominó que afecta casi todo lo que hace.
No son solo los apagones que se extienden por unas 16 horas al día.
También es la falta de transporte público, que hace que Gustavo tenga que planear cuidadosamente sus salidas de casa o arriesgarse a tener que pagar un taxi que podría costarle un tercio de su salario mensual.
Por no mencionar que a menudo su casa se queda sin agua durante semanas enteras, y buena parte de sus noches transcurren junto a una linterna en el balcón de su casa, donde trata de evitar el calor.
En sus palabras, la escasez de energía «afecta hasta lo que menos te imaginas».
Fuente de la imagen, Anadolu vía Getty Images
El Sistema Eléctrico Nacional de Cuba, que es operado por la empresa estatal Unión Eléctrica, ha colapsado siete veces en lo que va de año.
La infraestructura energética del país es vieja, tecnológicamente obsoleta y no se ha invertido lo necesario en mantenerla y modernizarla. Hoy las centrales termoeléctricas del país producen apenas una fracción de su capacidad.
Un estudio del Cuba Study Group señala que el mal estado de la red eléctrica se debe a «recursos internos insuficientes y mal priorizados, agravados por una débil capacidad de implementación».
Pero además, la red eléctrica depende fundamentalmente de combustibles fósiles que hoy Cuba no tiene.
La escasez de petróleo empeoró gravemente este año por cuenta del bloqueo energético de facto que EE.UU. impuso sobre la isla.
En enero, Trump amenazó a los países que le suministren petróleo a Cuba con aranceles, y los envíos que se hacían desde Venezuela se acabaron tras la detención del presidente Nicolás Maduro en enero.
El objetivo, según dicen altos funcionarios estadounidenses, es incrementar la presión para que el gobierno revolucionario «caiga».
Mientras eso pasa en el nivel de las relaciones internacionales, son personas como Gustavo quienes acarrean con las consecuencias en el día a día.
Y todo ocurre sobre la base de una larga y profunda crisis económica.
BBC News Mundo habló con Gustavo a lo largo de una semana para entender algunas de las maneras como la peor crisis energética de Cuba en décadas afecta su vida y la de millones de cubanos.
La odisea de ir al trabajo
El martes, Gustavo amaneció con luz en su casa. «He tenido suerte», escribe mientras va de camino a su trabajo.
Como vive en el este de la ciudad y trabaja en el centro, zonas separadas por la Bahía de La Habana, todos los días tiene que pasar por un túnel submarino que no se puede cruzar ni a pie ni en bicicleta ni en moto. Solo en carro o en transporte público.
Pero el sistema de buses de La Habana prácticamente dejó de funcionar.
El ciclobus, que realiza el corto recorrido que hay de un lado a otro de la bahía, es una de las pocas rutas que ha seguido operando, aunque «desde el bloqueo energético a inicio de este año, también ha empezado a fallar», dice Gustavo.
Si eso pasa, simplemente no puede ir a trabajar. «No me voy a gastar básicamente mi salario en ir al trabajo, porque eso no tiene sentido», explica.
Cuando sí funciona el ciclobus y logra cruzar, luego tiene que caminar hasta lo que los cubanos llaman una «piquera», un lugar adonde llegan carros particulares que reemplazaron a los buses. Venden puestos individuales y realizan rutas específicas.
Fuente de la imagen, Cortesía de Gustavo
Pero en lugar de cobrar 2 pesos cubanos, como hacían los buses públicos, cobran unos 800, una cuarta parte del salario mínimo mensual en Cuba.
«A veces son incómodos porque vamos muchas personas en un solo carro. Los carros están muchas veces modificados para que quepa más gente», explica.
De regreso a su casa en las tardes, para evitar tomar el ciclobus que tarda mucho y suele ir lleno, Gustavo «coge botella», que es como se le dice en Cuba a hacer autostop o pedir un aventón.
Su suerte «depende de si hay corriente en el semáforo y de la generosidad de los choferes».
Tanto de ida como de vuelta tiene, además, que hacer largos trayectos a pie y bajo el sol que antes podía evitar combinando buses.
«Por la crisis cada vez camino más y más», dice.
«He hecho unas caminatas que, por favor la vida, yo podría ser ahora maratonista y cualquier cubano podría serlo», bromea.
La falta de transporte público afecta también su vida social, pues sale muy poco si no es por trabajo.
«Hace años que no voy a bailar a una disco o beber a un bar como hacía antes. De noche es muy difícil regresar sin guagua (bus) y muy caro».
«La Habana está cubierta de basura»
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No solo los buses de transporte público han dejado de operar regularmente por la falta de combustible; también los camiones recolectores de basura.
«Ahora mismo la ciudad de La Habana, y estoy seguro de que el resto del país también, está completamente cubierta de basura», cuenta.
«En cada esquina de cuadra hay un vertedero. Algunos vertederos ocupan la calle entera», agrega.
En la zona donde vive, que está más o menos alejada del centro de la ciudad, el camión de la basura solía pasar una vez a la semana.
Pero ahora «en La Habana vieja pasará si acaso una vez al mes y aquí donde yo vivo no pasa nunca», relata entre risas.
La solución que les ha quedado a los habaneros es quemar la basura.
«O quemas la basura para limpiar un poco o dejas que la basura te coma», dice Gustavo. «No hay más remedio».
Por las quemas de basura en algunas partes de la ciudad, cuenta, están provocando incendios involuntarios.
«Queman la basura y cogen candela también los tanques de la basura o la pared de un edificio».
En parte por la falta de recolección de basuras, Cuba atravesó a finales del año pasado una compleja epidemia de virus transmitidos por mosquitos.
Fuente de la imagen, Cortesía de Gustavo
Sin luz, tampoco hay agua
Las consecuencias de la crisis también llegan hasta dentro de su casa.
El miércoles, tras un largo apagón por una falla que afectó todo el sistema eléctrico nacional, escribe: «Ya tengo corriente, pero no tengo agua desde hace ya una semana».
Sin electricidad, los motores que hacen que el agua llegue hasta las viviendas dejan de funcionar.
Puede que en su barrio haya corriente, pero si no hay corriente en el lugar de donde viene el agua, no llega.
Y eso sin contar que las tuberías, dice, se rompen a menudo porque están viejas y en mal estado.
«Estamos acostumbrados a problemas con el agua desde siempre. Es algo que nos afecta mucho».
Ante las frecuentes interrupciones del suministro, Gustavo y su familia han aprendido a prepararse.
«Lo que hacemos es almacenar agua. Tenemos un tanque en el techo, un tanque en el patio y 20 tanquetas pequeñas».
«Cuando entra agua, ponemos a llenar todo y la ahorramos. Eso hacen los vecinos también».
Pero, claro, a medida que pasan los días sin que vuelva el agua, los depósitos se van agotando y Gustavo y su familia tienen que empezar a decidir qué priorizar.
En su antiguo lugar de trabajo, por el mismo problema, estuvieron sin poder usar el baño durante meses.
Fuente de la imagen, Cortesía de Gustavo
La oscuridad
Y luego, claro, están los apagones, o «alumbrones», como los llaman en Cuba.
Se han ido volviendo cada vez más extensos y no tienen una regularidad.
«Estás todo el día sin corriente, te ponen corriente cuatro horas y después regresas a la oscuridad», relata Gustavo.
«A veces te la ponen dos horas nada más. Es sin ton ni son. No tiene un ritmo, no tiene una lógica, es como pase».
«Lo normal es estar sin corriente y lo raro es que te la pongan».
Gustavo cuenta que, cuando llega la luz, algunas personas se apresuran a poner la lavadora, aunque sea durante la madrugada, pues no saben cuándo más podrán hacerlo.
A veces los apagones se extienden por tanto tiempo que la comida refrigerada, que no es nada fácil de conseguir, se echa a perder.
«Ahora mismo en La Habana, estamos quizás con 16 horas sin corriente», señala.
Durante todo ese tiempo, también se queda sin señal de teléfono y sin internet.
Lo que hace, normalmente, es sentarse en el balcón, donde hace menos calor, a conversar con sus padres. También lee o adelanta algún texto pendiente.
«A veces tenemos alcohol y tomamos entre los tres conversando. Si tenemos café tomamos ahí. A veces hay cigarro y me fumo uno», relata.
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El viernes, Gustavo asistió a una exposición de arte para luego escribir sobre ella.
Salió de noche y tuvo que regresar a su casa en medio de la oscuridad.
«Sentí un poco de miedo porque tuve que coger por zonas peligrosas de La Habana sin luz».
«Mi barrio también estaba sin corriente y eran ya las 10pm, así que le pagué un poco más al chofer para que me dejara frente a mi casa, por seguridad».
Dice que la idea de que Cuba es un país excepcionalmente seguro ya no se corresponde exactamente con la realidad.
«Antes podía regresar solo, de madrugada, sin miedo. Cuando había un asalto, era el chisme del barrio por días», cuenta.
Pero las cosas han cambiado, dice. A su padre, por ejemplo, le cortaron los costados de una maleta que llevaba para intentarlo robar y a Gustavo le han quitado sin que se diera cuenta algunas pertenencias de poco valor.
«Ha aumentado mucho la criminalidad. Hay que andar con más cuidado», señala.
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Cumplir los sueños
A pesar de todas las cosas con las que tiene que lidiar por cuenta de la escasez de combustible que vive su país, Gustavo mantiene un cierto grado optimismo.
O quizás una confianza en su propia capacidad para sobreponerse y lograr cumplir sus sueños.
«Trato de ajustar mis sueños y propósitos a lo que me es alcanzable».
«La crisis es muy difícil, dificulta todos los aspectos de la vida. Pero no puedo darme por vencido», dice.
Su objetivo, desde que se graduó de Historia del Arte, era insertarse en el mundo del arte, escribir y vivir de ello.
Y ha empezado a lograrlo con su trabajo en la galería y publicando sus artículos en una revista.
«Siempre que haya arte y artistas, tendré la oportunidad de cumplir mi sueño».
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La crisis, sin embargo, encuentra la manera de irrumpir todo el tiempo en su cotidianidad «como un cubo de agua fría».
Eso, dice, supone también un impacto emocional, no solo para él sino para todos a su alrededor.
«No importa dónde estés ni qué estés haciendo. Cuando se va la corriente, se acaba la diversión».
«La situación me tiene a mí y a todo el mundo muy irritable. Hay mucha frustración, mucho estrés y mucha incertidumbre por no saber qué va a pasar, cómo se va a resolver esto», expresa.
Gustavo afirma que, a la par de la crisis del combustible, hay una crisis de salud mental y del estado de ánimo en Cuba.
«Ese mito del cubano que se ríe de sus propias miserias se acabó. La gente está con los nervios a flor de piel».
*Agradezco a Gustavo por el tiempo que generosa y desinteresadamente dispuso para contarme su cotidianidad y por la confianza que me dio sin conocerme.
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