Comparto otro relato de mi libro para niños Este amor de todo el mundo, publicado por Ediciones Unión en 1987, el primero de mis volúmenes con crónicas de viajes y vínculos por correspondencia. Como este, el anterior texto (https://www.trabajadores.cu/20260820/no-solo-la-puerta-de-su-casa/) narraba un encuentro de amigos que se conocían solo por correo postal. Aquel tenía lugar en la antigua Checoslovaquia. El presente transcurre en la otrora Unión Soviética.

En este caso, el fraternal intercambio aparece contado en dos crónicas y he respetado esa separación y el orden en que aparecen en el libro:
SI LA AMISTAD TUVIERA NOMBRE
A veces pienso que sería interesante que los sentimientos tuvieran nombre como las personas. Claro que entonces sería un gran problema ponerse a buscar qué nombre le pegaría a cada sentimiento.
Algunos amigos, cuando me oyen hablar de estas cosas, se burlan y me dicen que estoy loco, y no han faltado los que me responden en silencio, con una mezcla de sorpresa y preocupación en la mirada.
La culpa de todo esto la tiene Nadia, mi amiga soviética Nadia Nevoit. Nosotros nos hicimos amigos hace años, por correspondencia.
Yo tengo muchos otros conocidos, que viven en tierras hermanas, con los cuales intercambio cartas y tarjetas postales. A todos les tengo mucho cariño, a pesar de que nunca los he visto personalmente, y solo los he visto por fotografías.
Pero el caso de Nadia fue distinto, porque la casualidad hizo que una vez nos encontráramos. Bueno, la casualidad no. En realidad el encuentro se produjo porque Nadia es la amistad hecha persona… ¿No me entienden? Mejor les explico todo poco a poco.
En 1979, fui a pasar unas vacaciones en la Unión Soviética con una delegación juvenil. Dos meses antes de salir le escribí a Nadia para darle la noticia.
Ella enseguida me respondió: «Tu carta me trajo dos alegrías: una, que vas a conocer nuestro país; la otra, la alegría de nuestro encuentro, porque nosotros de todas formas vamos a encontrarnos. Avísame cuando llegues a Moscú».
Leí estas palabras suyas con agrado pero con poca esperanza de que pudieran hacerse realidad, porque nuestra delegación iba a visitar Moscú y Leningrado, pero Nadia vive en Tallinn… ¡a 900 kilómetros de la capital soviética y a un poco menos de Leningrado!

Por fin llegamos a la URSS, y yo le mandé un telegrama a mi amiga desde Moscú, para que supiera que ya estaba en su patria y además le decía la fecha en que llegaría nuestra delegación a Leningrado.
Días después, viajábamos en tren hacia aquella ciudad. A decir verdad, en medio del alboroto que llevábamos, yo ni pensaba en el encuentro con Nadia.
Casi no dormimos durante el viaje. Bajamos en la estación del ferrocarril soñolientos pero alegres. Caminábamos de prisa, con nuestras maletas, por los andenes repletos de personas. Entonces fue la sorpresa.
Ya estaba cerca de la estación cuando una voz dijo mi nombre a mis espaldas. Volví el rostro. Era Nadia. Me había reconocido y ahora me sonreía con un ramo de flores entre las manos.
Nos abrazamos. Ni sé qué dijimos el uno y el otro. La tomé del brazo y la llevé casi corriendo para presentarla a mis compañeros y a la guía de la delegación.
Ninguno podía creer que mi explicación fuera cierta. ¡Nadia había viajado la enorme distancia que separa a Leningrado de su ciudad solo para verme, había averiguado la hora en que llegaba nuestro tren y había «montado guardia» para esperarme con flores en el andén!
Recorrimos juntos la ciudad. Nos parecía que no era la primera vez que nos veíamos. Eso sucede con los amigos por correspondencia. Porque lo más común es que uno conozca a una persona, y después, con el tiempo, aprenda a conocer su corazón. Pero la correspondencia hace que uno le conozca al amigo primero el corazón, y luego, con el tiempo, a lo mejor un día le ve el rostro.
Nos despedimos por la noche, pues ella debía regresar a su ciudad. Fue una despedida triste y alegre al mismo tiempo, de esas que no pueden contarse con palabras. Después hemos seguido escribiéndonos como antes.
Desde entonces ando yo con este capricho de pensar que los sentimientos debían llamarse de algún modo, como las personas.
Claro, yo sé que eso no es posible. Pero de lo que estoy seguro es que si la amistad tuviera nombre, sin duda, para mí, se llamaría Nadia.
EN EL BRILLO DE SUS OJOS
Recorrer Leningrado con Nadia fue algo así como salir de exploración. Ella me lo había advertido, con una simpática expresión de verguenza:
— Quiero enseñarte la ciudad, pero… no la conozco bien. Tú sabes que salgo poco de Tallinn y… la verdad es que me da pena no conocer como se debe la cuna de la Revolución…
— No te preocupes, Nadia, nos guiaremos por un mapa.
— ¿Y si nos perdemos?
— ¡Le preguntamos a la gente! Así todo será más divertido.
Y así fue. A veces recorríamos largas cuadras y cuando nos creíamos cerca del lugar deseado, comprobábamos que habíamos equivocado el camino y teníamos que volver tras nuestros propios pasos.
Pero andábamos doblemente alegres, porque era como un juego encontrar los sitios que queríamos y porque es una alegría mayor la de ver esta ciudad, donde los revolucionarios rusos de 1917 protagonizaron la Gran Revolución Socialista de Octubre.
Leningrado es una ciudad muy amplia. A uno le da la impresión de que en todas direcciones puede ver el horizonte. La anchura de sus calles nos parece decir lo que es verdad: que la ciudad siempre tiene los brazos abiertos.
Y a cada paso, un sitio histórico: Estuvimos en el cementerio Piskarióvsk, que guarda los restos de los miles de víctimas del bloqueo fascista a Leningrado. Paseamos por el largo malecón que bordea el río Neva. Visitamos el crucero Aurora, que con sus cañones anunció el inicio del asalto revolucionario a la guarida de los burgueses. Viajamos en un cómodo lanchón por el río, mientras los altavoces nos iban mostrando las antiguas construcciones que se alzan allá, tras la ribera.
Después, andando y preguntando, preguntando y andando, llegamos ante la histórica verja del Palacio de Invierno, por donde entraron los combatientes bolcheviques aquella gloriosa noche de octubre.

Nadia suspiró con alivio, tras la larga caminata. Sonrió.
— Por fin, querido amigo, aquí tienes el sitio que anhelabas visitar.
Me sentía como en un sueño. Aquel lugar, que tanto había visto en películas y fotos, estaba ahora ante mí, con su tremenda carga de heroísmo. Quedé en silencio, sin saber qué hacer. Nadia me observaba.
— Aquí empezó —acerté a decir, como hablando conmigo mismo—, aquí empezó la liberación de la humanidad.
Volví el rostro hacia mi amiga:
— Gracias.
— ¿Por qué?
— Por ser hija de la gran patria de Lenin. Sin esta Revolución y este pueblo, no habría sol sobre mi tierra y sobre el mundo.
Ella me miraba en silencio, seria.
— ¿Por qué estás tan callada?
— Para escucharte. Es tan emocionante oír hablar a los cubanos…
Y vi el cariño que une a nuestros pueblos, en el brillo de sus ojos.
