Saliendo del hueco. Parte I
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Saliendo del hueco. Parte I

Por Rodolfo Acosta Padrón

Historiar vale la pena porque nos ayuda a mirar y ver que la uva está hecha de vino y que los paisajes cambian en apenas cuatro horas, alguien tiene el poder de llevarse los bellos y traer  los feos e  incoloros. 

A los 14 días del piadoso terror provocado por el incorregible Ian en Pinar del Río, el genio comenzaba a salirse de la botella y quedaba perplejo ante las retorcidas líneas eléctricas durante cientos de km en  San Juan, San Luis,  Pinar, Consolación y  la Coloma, por donde había entrado; además de Viñales, Santa Lucía y La Palma por donde había salido. 

Postes y cables hundidos en el fango, enredados en la maleza, perdidos en los pinares y  montañas, en los llanos y campos llenos de la indoblegable aroma traída de África, lugares donde el acceso se tornaba prácticamente inaccesible para un vehículo, obligaban a construir  vías artificiales de entrada. 

Brigadas de todo el país  acudían al rescate. Sin embargo, solo el 34% de la población pinareña tenía electricidad una semana más tarde. En el mismo casco de la cuidad quedaban zonas oscuras y en los campos  los tendidos seguían dormidos en el suelo.

 La gente se pregunta ¿Cómo es posible que tanta calamidad haya caído sobre el gris y  verde suelo pinareño? Unos hablan de otros huracanes, pero todos coincidían en que este era el grande, el único, el mayor destructor. Efectivamente, no se equivocaban. Se trataba de misiles bien disparados por la natura al centro de la diana pinareña.  

Mucha gente no tenía  conocimiento de la magnitud del huracán y los desastres ocasionados, debido a la falta de información  por la carencia de electricidad y de  transporte terrestre, ya que las vías principales estaban obstruidas.  La gente no sabía que 4 250 postes de electricidad habían caído,  algunos de alta tensión en líneas primarias. La gente no sabía que  más de 10 mil casas de curar tabaco, de más de 12 mil existentes,  fueron destruidas total o parcialmente. 

No sabía la gente que el fondo habitacional ha sido increíblemente dañado en más de un 50%,  con  daños parciales o totales. No todos los pinareños sabían que el puerto de la Coloma, que producía el 40% de la langosta que se exporta en el país, había sido prácticamente destruido; que más de 3 mil toneladas de tabaco seco, de 33 mil existentes en la provincia, se echaron a perder; mientras que otros cultivos como la yuca y el plátano fueron altamente afectados.

No sabía la gente  que el río Cuyaguateje y el río de la cueva de Santo Tomas en Vinales se ensañaron con las viviendas, la agricultura y la ganadería.  Igualmente, no sabía de las afectaciones con la conectividad digital, los gabinetes telefónicos y la telefonía fija. Por supuesto, la gente no había podido viajar para ver y creer.

Realmente no se esperaba tal desastre, parece que el huracán se nos coló por el patio y no ladraron ni los perros o   el monstruo se hizo el muerto en el Mar Caribe antes de entrar a Cuba, o no se previó el potencial peligro a tiempo, o al principio  no estaba bien engranada la dinámica. 

Sin embargo, la gente intuía que pronto vendría la ayuda, que no estaban solos. Así las cosas, comenzaron a brotar la solidaridad nacional e internacional. Una de las reacciones más rápidas fue la de México, al enviar 17 aviones con diversos productos indispensables, entre ellos grandes cantidades de cables, equipos y técnica  para la recuperación de las líneas eléctricas. 

De la misma manera, no se hizo esperar ayuda humanitaria de Rusia, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, entre otros países. Así llegaban cubiertas, alimentos, equipos y medicamentos. Desde otros logares del país llegaron las brigadas y equipos de trabajo como camiones, tractores, carretas, pipas y motosierras, además de productos como papa, plátano y boniato. 

Otra alegría la trae la llegada de la electricidad. Cada vez que se  energiza un barrio se  escuchan olas de alegría, bullas y gritos de felicidad. Así sucede cada vez que se construye, se repara o se entrega»algo» en beneficio de la gente necesitada. El más mínimo gesto humanitario emociona la gente, que dispuesta a transformar al barrio y salir del hueco, se incorpora a las labores de saneamiento y construcción.  Entonces, salen las lágrimas y renacen las fuerzas,  lo cubano, la patria. 

Hoy, con el sonido del viento todavía fresco en la mente de aquella larga noche en que no se durmió,  la  gente espera la felicidad y la alegría, saben que llegará, pero urge, urge  mucho el medicamento, la casa, la luz, el agua, el techo, la cama, el colchón, el alimento, el otro, el amor. ¡Corramos! ¡El invierno se acerca!

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