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Rubén Darío Salazar: un padre que nació para serlo

Hay padres que nacen para serlo sin engendrar biológicamente, porque cobijan, educan y sostienen manos inexpertas para brindar seguridad, así lo demuestra Rubén Darío Salazar Taquechel, padre de Las Estaciones y sus actores, cultivador eterno de enseñanzas y cómplice de infancias felices.

Ser padre es una condición que no se estudia, ni siquiera tienes que tener hijos propios para saber cómo se siente, expresó Salazar Taquechel acerca de esa paternidad, bien ligada, con el tiempo, al papel pedagógico que identifica al director de la compañía Teatro de las Estaciones.

Ocupar ese lugar implica algo más que una nomenclatura, supone un asunto de conciencia, de actitud, está en la manera de involucrarse con los hijos, biológicos o adoptivos afectivamente, con la misma responsabilidad y cariño, enfatizó el maestro de juventudes.

Gracias al ejemplo de su papá y abuelo materno, a cada enseñanza y vivencia atesorada, el Premio Nacional de Teatro, procura ser para sus discípulos, mentor y guía dispuesto a impulsar desde el amor la formación profesional y personal de aquellos que a su lado hacen del retablo magia pura.

Mi abuelo materno fue mi gran ejemplo, era el sostén de toda la familia, todos sabíamos que el mayor de los problemas él lo resolvía, mi progenitor también devino ejemplo inolvidable, me acercó a mis primeros libros, me ayudó a conformar mi primera visión cultural del mundo y mi amor infinito por la patria, contó.

Esos hijos adoptivos, que elegí y me eligieron, saben cómo soy, puedo ser autoritario sin necesidad de ser despótico, ni arbitrario; puedo ser permisivo, sin que eso se convierta en ceguera ni malcriadez, mi único interés es siempre velar por el crecimiento humano y profesional de ellos y alimentar la confianza en que superarán las debilidades de uno, refirió.

Ser paternal supone una fusión rigurosa entre abrazar y soltar, cuidar y observar a lo lejos, enseñar a volar y dejar ir, figura sin más un compromiso sellado con la sociedad de entregarle seres humanos, sensibles, empáticos y capaces de depositar lo mejor en cada paso.

No son perfectos, yo mismo no lo soy, pero trabajamos para mejorar todo lo mejorable de sus existencias individuales y profesionales. Hablo mucho con ellos, los aconsejo y también los regaño, me molesto con sus cabezonerías, tan parecidas a las mías en su momento, explicó.

Los amo como son, porque seguramente ellos me amarán a mí con mis falencias y esa eterna batalla por crecer, madurar y ser útiles, argumentó, además, el director de Teatro de las Estaciones, sobre el sentimiento que debe prevalecer entre padres e hijos.

La importancia de asumir ese papel de manera consciente y entregar esfuerzos en aras de ayudar a crecer, habita precisamente en las huellas impregnadas en el tiempo compartido, los valores arraigados, las enseñanzas y el calor, que solo papá es capaz de dejar en el pecho.

No sé si lo habré hecho bien del todo, pero los resultados profesionales de mis hijos e hijas están ahí y los humanos también, saben lo importante de la palabra protección para los suyos, de la palabra casa, tan sencilla y tan gigante y conocen de las reglas, no como impedimentos, sino como líneas de aprendizaje, argumentó.

La esencia de la paternidad se sintetiza en tratar que los descendientes tengan sus propias equivocaciones, no las nuestras; que sepan de nuestra presencia, y nuestra disposición para sujetarlos, darles la mano o abrazarlos curativa o afectuosamente, recalcó.

Para Rubén Darío, ser papá deviene modo mejor de ver, sentir y entender a los suyos, de educar y amar desde su mirada protectora, porque más allá de cuatro letras, esa palabra fuerte y dulce a la vez encierra en sí una luz que habita en el pecho, una «condición sin condiciones».

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