
Sesenta y tres años se cumplen que Rodolfo Rosell Salas saliera de su casa y no regresara en tiempo como acostumbraba.
Dos días antes, bien temprano en la mañana se hizo a la mar como lo hacía habitualmente.
Su esposa Elisa Bertó se levantó un poco más temprano a como solía hacerlo cuando Rodolfo andaba de pesquería. Ante lo sucedido comenta…”
“Cuando fui, como de costumbre, a llevarle el desayuno, y él no apareció, eso me aterró, porque era la primera vez que no se presentaba. Mi esposo no desconocía el peligro que significaba atravesar el canal de entrada de la bahía de Guantánamo, porque a ambos lados estaban apostados los soldados norteamericanos, quienes incluso una noche le habían tirado. A partir de ese momento el temor me embargaba cada vez que salía al mar, y por eso le pedí que dejara de hacerlo, pero él no cejó nunca en el empeño.
Ese día Rodolfo Rosell, quien realizaba labores de pesca para la Cooperativa Gustavo Fraga, de Caimanera, no regresó a su hogar. Al conocerse la noticia se inició una prolongada jornada de búsqueda, hasta que se vislumbra la embarcación Las Dos hermanas, que había encallado y estaba ladeada.
La embarcación había sido interceptada por militares de la Base yanqui y trasladada a la misma, donde el pescador fue torturado y asesinado y posteriormente abandonado su cadáver dentro de la propia lancha, que se estancó en una playita de la bahía guantanamera. Era 14 de julio de 1962.
Rodolfo era el tercero de los seis hijos. Conoció desde muy joven las escaseces de lo más elemental en la vida del campesino pobre. En un pedazo de tierra en Mariana de Baracoa ayudaba a trabajar a sus padres Concepción Rosell y Angelina Salas.
Aprendió sus primeras letras en escuelitas privadas del barrio Mariana en el municipio Baracoa, así alcanzó el sexto grado. Era un niño tranquilo, amaba a los animales, le gustaba montar a caballo y nadar en el mar, lo cual aprendió desde pequeño.
A los 17 años comenzó a trabajar como dependiente en la tienda del pueblo de Caimanera, que pertenecía a la cooperativa Gustavo Fraga.
Sufrió como otros muchos jóvenes las carencias y no fue ajeno al dolor de la Patria sojuzgada y escarnecida por la tiranía batistana, por ello tempranamente acudió al llamado hecho para defender al país, formando parte del Movimiento 26 de Julio, en cuyas filas desarrolló múltiples actividades y mantuvo estrechas relaciones con otros sectores revolucionarios.
Después del triunfo de la Revolución en enero de 1959 trabajó como pescador en la Cooperativa 26 de Julio, en la bahía de Guantánamo, y fue uno de los primeros en ingresar a las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) de Caimanera.
Cuba no se amedrentó ante tan horrendo crimen sino que demostró su decisión de continuar llevando adelante la Revolución como prueba de reafirmación revolucionaria y de condena.
Sus restos descansan en el Panteón de los Mártires en el municipio de Caimanera, donde se honra su memoria construyendo una sociedad donde no imperen manos imperialistas.
A pesar de las denuncias por parte del gobierno y el pueblo cubano ninguna de las autoridades de la base dijeron una palabra sobre este hecho. Una vez más el silencio como respuesta.
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