
Las series televisivas y los largometrajes ponen en pantalla, más a menudo de lo que creemos, a personas con discapacidad, por combate, nacimiento, accidente o enfermedad. Un impulso para el desarrollo de ese personaje, a veces entrañable, a veces inspirador, a veces majestuoso y, a veces cuestionable, malévolo o simplemente alguien gris.
En las producciones de fantasía sobran los ejemplos: el auror Alastor Moody en Harry Potter; el niño Bran Stark y los hermanos Jamie y Tyrion Lannister en Juego de Tronos; el capitán Barbosa en Piratas del Caribe; Imperator Furiosa de la saga Mad Max; Hipo, en Cómo entrenar a tu dragón; Toph Beifong, en Avatar: la leyenda de Aang.
Pero la fantasía, en esencia, también refleja resquicios de realidad, y bebe de historias reales. Los personas reales con discapacidad también se sobreponen, y en ocasiones su obstáculo termina convirtiéndose en uno de los pasajes más curiosos de sus vidas.
La música no es ajena. El gran Ludwig van Beethoven era sordo, los incomparables Andrea Bocelli, Stevie Wonder y Ray Charles, ciegos; el baterista Rick Allen, con solo un brazo. Pero no será este texto el que resalte lo obvio de sus prolíferos talentos.
No, estas líneas son hoy para Robert Schumann, el pianista frustrado por su mano que devino en compositor, crítico y un exponente del Romanticismo musical.
Nació el 8 de junio de 1810 en la discreta ciudad sajona de Zwickau, Alemania y a los siete años ya rozaba el piano como quien acaricia un secreto. Su historia es hasta aquí, predecible. Un talento así no podía dejarse a la ligera, y el joven terminó cruzando las puertas del prestigioso Conservatorio de Leipzig.
Todo apuntaba a que Alemania vería en él a un gran pianista de escenario, y en medio del despunte, una lesión en la mano, aún hoy rodeada de conjeturas, cambió las reglas del juego. Quién lo diría, la causa del aparente fin de su carrera sería solo eso, aparente. Al cerrarse la tapa del piano como intérprete, se abrió de par en par el universo del compositor.
Schumann volcó su naturaleza hipersensible en las teclas que ya no podía dominar con los dedos, pero sí con su mente creativa. Creó una sociedad musical ficticia, La cofradía de David, en 1834, donde publicó críticas musicales sobre figuras como Beethoven, Carl Maria von Weber, Hector Berlioz o Chopin.
De su legado como compositor, llega a nuestros días Carnaval, Papillons, Escenas infantiles, Álbum para la juventud, Liederkreis, Dichterliebe,Frauenliebeund-leben, Concierto para violonchelo y orquesta, la Kreisleriana, la Humoreske, Concierto para piano y orquesta en la menor, La Sinfonía en sol menor y su única ópera, Genoveva.
Al tiempo, otro aparente cliché se sumaría al de «superación personal» en la vida de Robert: el amor, que sería responsable de una buena parte de su éxito.
En 1840 se casó con Clara Wieck, hija de su maestro, pianista prodigiosa y como toda buena novela de romance para adolescentes, un amor prohibido. Nuestro protagonista ganó el pulso contra las batallas legales de su suegro.
Con Clara a su lado, Schumann encontró su voz más auténtica. Ella estrenó sus obras, las defendió por toda Europa y fue el espejo donde su música se volvió inmortal.
Pero los protagonistas son más que finales felices y constantes desbordes de positividad. Desde 1833 los altibajos emocionales acosaban al compositor, y con los años la oscuridad fue ganando terreno. En 1854, una crisis mental lo quebró. Ingresó en el sanatorio de Endenich, donde pasó sus últimos días.
Allí mismo, la figura de otro diamante europeo, Johannes Brahms, se recorta como un consuelo tardío: Schumann, que había sido su mentor y descubridor, le entregó un legado que Brahms custodiaría junto a Clara tras su muerte.
Robert Schumann falleció el 29 de julio de 1856, a los 46 años, probablemente por una sífilis avanzada. Dicen que en aquella mano herida de juventud ya anidaba toda su leyenda: la de un hombre que, al perder la destreza para tocar, ganó un mundo sonoro mucho más rico.