
@MOrdetx
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La obstinada sequía, en los meses que en apariencias transcurren como lluviosos, limita la existencia de pastos frescos, y cuando no hay siembras suficientes de plantas forrajeras, sea una época u otra, las muertes del ganado tienden a incrementarse sin respetar el tipo de propiedad y el manejo de animales.
El agotamiento de fuentes de abasto de agua, o la falta de combustible para el acarreo hasta sitios de estancia o improvisadas corraletas de animales, también conspira contra la suficiencia alimentaria, así como de la eficiencia lechera y reproductiva de la masa. Toda ganadería sostenible reclama de esos dos componentes (pastos y agua en abundancia) para el establecimiento de un flujo zootécnico que reporte crecimientos estables en los rebaños.

Sin embargo, en los procesos indispensables de la ganadería (reproducción, leche y carne), muchas veces son violados: no todos los años quedan gestadas las vacas y casi siempre se ejecuta sobre la base de monta directa sin pensar en el mejoramiento genético y el crecimiento lácteo y de la masa
Es un fenómeno preocupante y guarda estrecha relación con lo anterior por la ausencia de tranques de agua, de pozos artesianos y canoas habilitadas para bebederos, o de molinos a viento, así como de fincas de semilla destinadas al fomento paulatino de pastos y forrajes. Nada de eso abundan con sistematicidad en parajes ganaderos. Incluso, hay productores privados y también estatales que, allí donde crece un área de futuras simientes, ante la ausencia de pastos, «echan mano» a lo sembrado con tal de paliar las carencias. En tanto la plaga de marabú —conocida, además, como aroma o tocino—, se propaga con insistencia por nuestros campos.
Cierto es, dijo en una ocasión Samuel Feijoo, el Caminante Silvestre, que «la tierra ociosa no sirve a nadie cuando no se emplea ventajosamente para la existencia humana». Eso, unido a la desnutrición y posteriormente la muerte de animales, constituye una amenaza constante más allá de los ladrones que en estos tiempos acechan cualquier finca o potrero.

Parejamente con lo anterior, sostuve en una ocasión, los criadores carecen de contactos sistemáticos con instituciones especializadas en investigación y extensionismo agropecuario, así como con los maltrechos centros de inseminación artificial, tan necesarios para el mejoramiento genético del ganado.
En marzo pasado, con bombos y platillos, se habló de la perspectiva de sembrar en el año unas 4000 hectáreas de pastos y forrajes. Desconozco con la ausencia de combustible, de semilla idónea, de riego estable de agua, cuál sea la actual cifra de plantación, pero eso, creo, solo quedó en números por las limitaciones económicas y otras urgencias por las cuales atraviesa el país.
El costo inmediato: descensos en la producción de carne y leche, así como decrecimientos, o de una natalidad que, al concluir mayo, apenas rebasó el 67,6% y colocó en comprometimiento el futuro rebaño hembra de la provincia.
Una década atrás existían en Villa Clara, con otras condiciones muy diferentes en instalaciones ganaderas, unos 519 000 bovinos. Sin embargo, siete años después los decrecimientos son sostenidos. Al terminar diciembre pasado, entre vacas y novillas, las pérdidas representaron unos 19 000 animales.

En los campos pastaban hasta principios del pasado mes unas 337 960 reses y las muertes totales acumuladas entonces ascendían a unos 8807 animales. Los nacimientos de terneros computaron 15 091, y unos 3077 fallecieron, según recogen datos de sector agropecuario.
La existencia de hembras completó las 228 540, monto insuficiente en una otrora provincia eminentemente lechera con cuentas establecidas en Manicaragua, Corralillo, Placetas, Sagua la Grande, Santo Domingo y…
El hurto y sacrificio ilegal del ganado mayor también dejó sus estragos en los primeros cinco meses de año. En 2025 se reportaron unas 9000 bajas por ese concepto. Hasta mayo en fincas de criadores privados y estatales se contabilizaron 3476 hechos delictivos. Obvio, eso representa menos respuestas productivas en lo inmediato, principalmente en el sector campesino y cooperativo responsable del 86% de la masa total.


Los equinos no andan lejos del declive de cabezas. Unas 1015 muertes, alrededor de 908 menos que en similar período anterior, ocurrieron en una provincia que dispone de 48026 caballos.
La sequía, las altas temperaturas del verano, así como el «abuso», en ocasiones indiscriminado de su explotación, favorecen — junto a la presencia de manos inescrupulosas— desplomes en el necesario crecimiento del rebaño.
Resulta evidente que ese panorama sombrío, entre reses y caballos, requiere de otras transformaciones, desde las propias fincas de los criadores, que permitan convertir a nuestros campos, como dijo Samuel Feijoo, en otro «río de oro» para el país.
