La noticia de un nuevo accidente fatal de dos adolescentes en moto y más que la noticia, el hecho de la muerte en sí, la impotencia de haber hecho tan poco porque no se repitan, porque no ocurran estas cosas.
Como comentarista quise poner en contexto datos y cifras sobre la «accidentalidad» asociada a las motocicletas y los jóvenes, pero el dolor no se mide o se expresa con signos ni numerales. La tragedia y las magnitudes físicas se repelen en la intimidad del desgarramiento.
Esto ya no va de bases de datos, o números rojos por la tendencia al incremento. Esto tiene que parar de algún modo, porque sí es posible y hay que ponerse serios de una vez.
El exceso de velocidad de los motociclistas en la vía y las vidas que este fenómeno nos cobra, tienen que desvelarnos hasta lograr la solución de este problema tan peligroso y presente en todas partes.
Carreras en la Carretera Central, la Autopista Nacional y sitios públicos que ya trascienden el horario de la noche, ponen en riesgo la tranquilidad ciudadana, el orden y el sosiego de familias que algunas veces desconocen la rutina de sus hijos.
Es sabido que mi pedazo de mundo no es el único lugar donde esto sucede, entiendo que no siempre pasa sin que se haya intentado evitarlo. Pero si algo debe estar claro, es que aún no hemos hecho lo suficiente.
Cierto, en prever está el arte de salvar, mas hace rato la prevención y la educación para el bien público, se nos quedaron cortos ante la prevalencia de tanta indisciplina.
Sin cansarnos de prevenir, enfrentar también es urgente tarea. El rigor de cada acción tendrá que ser todo lo eficaz que la situación precisa, para alejar del peligro y de la muerte a jóvenes que hoy se entregan sin control a la adrenalina.
Es asunto delicado y lo sabemos, para las familias que han perdido a sus seres queridos, acompañamos con respeto el dolor y el duelo. Juzgar no es menester que nos compete.
Este llamado va también para padres y tutores en general, sin que en ello señalemos culpas o responsabilidad absoluta. Poner en las manos de adolescentes un medio de transporte como este, implica la necesidad de mecanismos de control y regulación sobre sus actos que muchas veces se van de las manos.
Cuidado entonces, cautela extrema con lo que luego no resuelven el dolor y las lágrimas, el vacío es para siempre. No se pretende aquí arrojar sal sobre la herida, ni enjuiciar el carácter o los métodos de cada familia.
Es complejo que el regalo anhelado de los 15 años sea una moto. Los hijos son muy parecidos a las circunstancias, pero cuesta, cuesta mucho lidiar con la madurez que todavía no tiene a esa edad un niño, para guiarle o hacerle entender cuál es la conducta adecuada respecto a su motocicleta.
Luego está la incredulidad ante un panorama que años atrás no se concebía en nuestras calles. Carreras de motos con la frecuencia y los perjuicios que suceden, eran imposibles de imaginar tal y como acontecen, sin que prácticamente hagamos nada.
Podemos hablar de contaminación acústica, ambiental, desorden, violación del derecho al descanso de la ciudadanía en los vecindarios afectados. Podemos hablar de incertidumbre, falta de autoridad y miedo. ¿Adónde fueron a parar nuestras leyes del tránsito?
Más grave que cada irregularidad de esas, por seria que sea, son las probabilidades de accidentes catastróficos que genera el fenómeno del exceso de velocidad y las carreras o competencias de motos.
La preocupación ya no nos sirve, actuemos ahora y rápido, para que ni una más cueste que uno menos siga con nosotros. Que el disparate no nos sea indiferente, para que el dolor no vuelva a generar tanto shock y vacío.
Este no fue un análisis cuantitativo, tampoco lo es con toda la profundidad que requiere el asunto. Es un grito desesperado a la cordura, a la responsabilidad social, la empatía y la vergüenza. Miremos a los ojos a las generaciones futuras con el decoro de saber que algo hicimos para protegerlas.
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