¿Puede la CIA derrotar a Cuba? De Harry Truman a Donald Trump – teleSUR
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¿Puede la CIA derrotar a Cuba? De Harry Truman a Donald Trump – teleSUR

¿Puede la CIA derrotar a Cuba? De Harry Truman a Donald Trump

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Cuando faltan el combustible y la energía, la crisis es multidimensional. Se afectan el transporte público, la agricultura, la industria, la generación eléctrica, la distribución de alimentos y el funcionamiento de servicios esenciales. Foto: EFE


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24 de octubre de 2026 Hora: 13:31


George W. Bush llegó a la Casa Blanca en 2001 después de un fraude en la Florida, en el que resultó determinante la mafia cubana. Su padre le armó el ejecutivo y el Consejo de Seguridad Nacional (NSC por sus siglas en inglés) y ello propició la vuelta —esta vez— como responsable del NSC para América Latina de Otto Reich, un cubano al que Reagan encargó la fabricación de noticias y artículos de opinión de conjunto con la CIA y especialistas en guerra psicológica del Pentágono, que convirtieron a la prensa estadounidense en un canal de propaganda encubierta.  

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Pronto comenzaron a derogar las más de quinientas licencias concedidas por la OFAC durante la Administración Clinton por concepto de intercambio “pueblo a pueblo”. Formaban parte del esquema de influencia dirigida a socavar la Revolución desde dentro; no obstante, cuando los estadounidenses llegaban a Cuba no encontraban el paraje dantesco pintado allá y el reclamo de levantar el bloqueo comenzó a diseminarse por toda la geografía de la Unión.  

Tras la invasión a Irak el embajador de Estados Unidos en República Dominicana declaró que la victoria sobre el régimen iraquí debería ser un mensaje para el Gobierno cubano, y la claque de Miami lanzó el lema: “Irak ahora, Cuba después”. 

La Sección de Intereses en La Habana devino centro conspirativo; mientras la administración arreciaba el bloqueo las medidas de asfixia económica y la prensa de la Florida inducía el flujo de las salidas ilegales por vía marítima, a tal punto que a principios de 2004 devino preludio de una eventual invasión militar, cuando el subsecretario de Estado para asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega, declaró que un éxodo sería considerado una amenaza a la seguridad nacional. 

El 6 de mayo de 2004 la Casa Blanca anunció un plan para provocar el derrumbe de la Revolución en dos años. Incluyó un paquete de medidas de asfixia económica, 59 millones de dólares para la subversión y un diseño de diplomacia pública para su aislamiento. Fidel convocó a una marcha frente a la Sección de Intereses de Estados Unidos y acudieron más de un millón de personas. Antes de la partida pronunció aquella frase que al sintetizar la voluntad popular quedó para la historia:

“Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan.

“Sólo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia, y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria” (Castro, 2004). 

En 2005 Cuba fue declarada “fuerza desestabilizadora regional” y una “amenaza demostrada a los intereses de los Estados Unidos”, y la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en 2006 la ubicó entre los siete retos regionales a escala global; luego Bush creó la Misión de Inteligencia para Cuba y Venezuela. Los programas de la Usaid pasaron del “fortalecimiento de la sociedad civil” a operaciones secretas de cambio de régimen coordinadas por la CIA con participación de la Usaid y la NED. 

Cuando el 31 de julio de 2006 Fidel enfermó, toda la propaganda de años para hacer creer que en ese instante todo se derrumbaría fue desmentida. El tema migratorio les quedó como único pretexto y llegaron al colmo de hacer pública la cifra de emigrantes ilegales interceptados en alta mar que activa los planes de contingencia. 

La contrarrevolución en Cuba estaba desconectada del pueblo, dividida y sin prestigio social alguno. La mayoría de la población es revolucionaria y provocar un cambio entrañaba trabajar con prioridad sobre las nuevas generaciones. Se plantearon como desafío convertir a los “simpatizantes escépticos” y los “neutrales” en “desleales activos” —o sea, en contrarrevolucionarios. 

Se plantearon dos interrogantes: ¿cómo movilizar a los cubanos de a pie hacia el activismo sin ser detectados? ¿cómo generar disturbios en un país organizado socialmente? De responder al desafío se encargarían los programas bajo manto de la Usaid. Se aprobaron dos operaciones encubiertas con contratistas privados con sede en Washington y experiencia de trabajo con la CIA: Associates International Inc. (CAI) y Developmen Alternative, Inc. (DAI). ¿De qué se trató?

CAI recibió el contrato para crear una especie de “twitter cubano”: ZunnZuneo. Debían crear un sistema que en un momento crítico permitiera convocar a disturbios por mensajes de texto al margen de la empresa cubana de telefonía celular. La Usaid encubrió el destino de los fondos asignándolos a un proyecto ficticio para Paquistán y, como no podía aparecer la mano de Estados Unidos, utilizaron un tercer país para ejecutar la operación: Costa Rica. En función de velar el origen de los mensajes crearon empresas pantallas con cuentas en Islas Caimán. 

DAI recibió el contrato para establecer tres terminales de comunicación portátil por satélite conocidas como BGAN en las ciudades de Santiago de Cuba, Camagüey y La Habana. Funcionarían como un punto Wifi de acceso inalámbrico a Internet para sortear los servidores cubanos. Subcontrató a Alan P. Gross, agente de la CIA con una firma especializada en conexiones a Internet en teatros de operaciones del Pentágono, quien organizó la introducción del equipamiento pieza a pieza; el más comprometedor, un chip no comercial solo suministrado a la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado para eludir el rastreo de señales satelitales. 

Entretanto, la estación local en La Habana emprendió el acercamiento a jóvenes con liderazgo en las redes digitales; la comunidad de blogueros se convirtió en un blanco para la CIA con respaldo del Departamento de Estado.

Transcurrieron los dos años y Bush abandonó la Casa Blanca sin conseguir la desestabilización del Gobierno cubano, para entonces conducido por Raúl Castro, uno de los líderes históricos de la Revolución y con gran arraigo popular. 

El 20 de enero de 2009 se instaló en el Despacho Oval: Barack Obama, quien por cuatro años abogó en el Senado por levantar el bloqueo y una vez en la presidencia no volvió a tocar el tema una sola vez; por el contrario, continuaron las operaciones clandestinas. “Se nos dijo que no nos podían informar siquiera en términos generales sobre esas operaciones porque, cito, «podrían morir personas»”, narró Fulton Armstrong, asesor de John Kerry en el Senado y el analista de Inteligencia de mayor rango durante la Administración Clinton (AP, 2014).

Un acontecimiento a finales de 2009 provocó un giro inesperado: a Alan Gross le faltaba instalar una tarjeta en La Habana y regresó en diciembre por quinta ocasión. Fue detenido el 3 de diciembre y un tribunal lo sancionó a 15 años de cárcel. Frente a tal descalabro se desató un debate en Washington acerca de los programas de cambio de régimen y las acciones clandestinas en Cuba se paralizaron. 

Hacia 2014 en América Latina era unánime el consenso en contra de la política de Estados Unidos hacia Cuba, y en su país tampoco le iban bien las cosas a Obama: en el otoño las encuestas indicaban un 65 por ciento de desaprobación a su gestión gubernamental. A su vez, las presiones del lobby judío respecto a la detención de Gross lo tenían contra la pared. Ávido de mostrar un resultado, tras dos años de negociaciones secretas optó por un emprender nuevo curso, iniciado el 17 de diciembre de 2014 con el anuncio simultáneo de apertura de relaciones diplomáticas. Gross regresó a Estados Unidos; los cinco héroes cubanos detenidos en Miami por salvar a Cuba del terrorismo, volvieron a casa como prometió Fidel.

El nuevo clima condicionó que la conjunción de recursos a favor del cambio de régimen se sumergiera en una narrativa menos beligerante y con métodos más creativos. Cuba fue excluida de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, se restablecieron las relaciones diplomáticas con embajadas en ambas capitales, se firmó un declaración conjunta para garantizar la migración regular, segura y ordenada, que puso fin a la política de “pies secos-pies mojados” y al programa de admisión para profesionales cubanos de la salud; se reanudó el correo postal directo y se restituyeron los vuelos comerciales; se firmaron acuerdos de telecomunicaciones y contratos con una compañía norteamericana para la gestión de dos hoteles en La Habana; se concretaron más de mil acciones de intercambio cultural, científico, académico y deportivo; más de 230 delegaciones empresariales y 284 mil turistas estadounidenses visitaron Cuba en 2016 (crecimiento del 74 por ciento respecto a 2015) y ese año se concluyeron 23 acuerdos comerciales.

La visita de Obama a Cuba el 20 de marzo de 2016 constituyó un acontecimiento. Ni el más optimista de los estudiosos de las relaciones entre ambos países, pudo sospechar que un presidente de Estados Unidos en funciones visitara Cuba. Y el 14 de octubre —a cuatro meses de terminar su mandato— sancionó Directiva Presidencial de Política no. 43 (PPD-43) que codificó lo alcanzado. Por primera vez un documento oficial de la Casa Blanca reconoció la independencia, soberanía y autodeterminación de Cuba, y la legitimidad de su Gobierno; además de conceptuar el bloqueo de “obsoleto” y abogar por una mayor interconexión económica que permitiera a sus compañías acceder a los mercados cubanos.

Donald J. Trump tomó posesión el 20 de enero de 2017. Un mes más tarde selló la alianza con Marco Rubio en una cena privada y el 16 de junio derogó la PPD-43 en un acto celebrado en el teatro Manuel Artime Buesa de Miami, ante un auditorio que lo aclamó eufórico. De un plumazo tiró por la borda los esfuerzos por avanzar en un curso inédito, de mayor realismo y complejidad, en las relaciones bilaterales; luego puso la gestión de la política hacia Cuba en manos de una nueva generación dentro de la órbita reaccionaria y revanchista que impera en la Florida, e impulsado por esa claque dictó 243 nuevas medidas de bloqueo económico y guerra financiera con niveles de hostilidad sin precedentes —52 en medio de la covid-19.

Joe Biden lo sucedió el 20 de enero de 2021. Un mes antes de su victoria criticó en Miami la posición de Trump respecto a Cuba y prometió un nuevo curso; sin embargo, en medio de la pandemia mantuvo invariables las medidas de asfixia, y al designar como director de la CIA a William J. Burns, un experto en revoluciones de colores, —como se dice en el argot beisbolero en Cuba—: “enseñó las letras”. 

El 11 de julio de 2021 orquestaron un golpe blando contra Cuba. El trabajo del Directorio de Innovación Digital de la CIA les permitió extender las manifestaciones a localidades de varias provincias del país. En algunos lugares se trató de actos pacíficos; en otros, la manipulación de la ansiedad derivó en actos vandálicos con virulencia en Cárdenas (Matanzas) y tres focos en 10 de Octubre, Arroyo Naranjo y Centro Habana (La Habana). Más de cuarenta establecimientos comerciales del país fueron agredidos y saqueados; autos patrulleros fueron volcados; algunas vías fueron bloqueadas; vandalizaron viviendas, incendiaron contenedores y en algunos puntos sabotearon el tendido eléctrico. En los enfrentamientos agredieron con armas blancas, piedras y objetos contundentes. 

Muchos de los provocadores recibieron la promesa de un pago desde el exterior, en la práctica se enfrentaba un nuevo tipo de agresión mercenaria otra vez al servicio de Estados Unidos, con las acciones planificadas en Langley. ¿Qué venía detrás del golpe blando? No hay un revolucionario en América Latina que no conozca la respuesta. En esas circunstancias —y en correspondencia con la concepción de la defensa cubana, en base a la Guerra de Todo el Pueblo—, el presidente Miguel Díaz-Canel llamó a los revolucionarios a defender las calles.      

La noticia mundial debió ser: Cuba derrotó en menos de 12 horas sin armas largas, camiones bomba ni escafandras, una operación de cambio de régimen de gran envergadura. Solo una persona resultó muerta: un hombre de 36 años con antecedentes delictivos que agredió con arma blanca a un policía y fue abatido. Pese a ello, con la disciplina acostumbrada la prensa internacional se plegó a la línea editorial preparada por los expertos de William J. Burns. 

Biden esperó al 14 de enero de 2025 —cuando con su imagen maltrecha hacía sus maletas— para retirar a Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, suspender la aplicación del Título III de la Helms Burton y derogar la lista de entidades cubanas restringidas con las cuales los ciudadanos e instituciones estadounidenses tienen prohibido realizar transacciones. Y aunque seis días más tarde Trump lo reestableció todo, reconfortó saber que en el último instante Biden reconoció la justeza de los argumentos cubanos. Cuánto cinismo…

Con el retorno de Trump a la Casa Blanca, el neofascismo se hizo del poder: lo que ellos consideran un “pura sangre” ―abuelos paternos, bávaros; madre, escocesa. Yerra quien busque una explicación en la tradición política estadounidense, aunque pueda hallarse más de una analogía. Trump no respeta aliados ni súbditos. Se siente excepcional como parte de una raza superior, superdotada y sabia. Y está más cerca de Hitler que de James Polk, Theodore Roosevelt, Harry Truman, Richard Nixon, Ronald Reagan o George W. Bush, porque, a diferencia de estos, su liderazgo se sostiene sobre la glorificación de su figura y se siente atado a los suyos por lazos étnicos ―no por intereses de clase. 

Lo acompaña un segmento más beligerante que los neoconservadores y proclaman su determinación de imponer la paz mediante la fuerza. Esta doctrina tenebrosa en que la diplomacia es un componente de la guerra —y no al revés—, se cristaliza con la designación de Marco Rubio como secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional. Para Cuba la doble responsabilidad de este individuo sin ética ni principios tiene un significado adicional: la progenie batistiana que ha causado la muerte a miles de cubanos por décadas, recorre los pasillos de la Casa Blanca. 

Cuba afronta una guerra multidimensional con un bloqueo naval energético que tipifica como genocidio. Trump ordenó a la CIA activar sus operaciones clandestinas y es tal su arrogancia que le estorba aquello de la “negación plausible”; por eso lo anunció a la prensa. ¿Puede la CIA derrotar a Cuba?

A Cuba llegó John L. Ratcliffe, el hombre que purgó la CIA de todo vestigio de “poder blando” con despidos masivos y conectó al servicio clandestino y la Inteligencia tecnológica con la Doctrina Donroe —o lo que es lo mismo: “el mundo a los pies de Trump”. En la mayoría de los países del mundo lo recibirían sus mandatarios con alfombra roja, no pocas veces hechos un manojo de nervios. A Ratcliffe le resultó imposible velar la expresión de sorpresa en su rostro ante la cámara fotográfica, al constatar la dignidad con que lo recibió en Cuba su homólogo.   

La CIA puede hacer daño, sí: pesan sobre la conciencia de sus directores más de tres mil muertes por el terrorismo de Estado y otras incuantificables como resultado de la información de Inteligencia que garantiza el genocidio económico y financiero de nuestro pueblo. Llevan setenta años produciendo en sus laboratorios ideológicos propaganda tóxica para convertir al ser humano en monstruo y, en medio de las angustias de la vida cotidiana provocadas por el cerco asfixiante y el auxilio de los algoritmos en las redes digitales, no se puede negar que han logrado sus cosechas.  

Una tarea permanente ha sido buscar o producir un traidor, hasta hoy en la penumbra. Ahora cuentan a la prensa que crearon un grupo de trabajo “secreto” para sembrar división y desestabilizar en el Gobierno en Cuba; que prevén colocar en puestos de poder a líderes proestadounidenses y “pragmáticos” —es decir, maleables— que cumplan las órdenes de Trump y Marco Rubio, para dar lugar a un “cambio de régimen en lugar de un cambio de gobierno”, como aclaró el New York Times al referirse a los esfuerzos para replicar el modelo venezolano. 

Menuda operación encubierta que maneja un secreto a voces. Nos creen idiotas. La CIA no trabaja en base al honor y los principios; lo hace mediante el soborno, corrompiendo. Compra traidores apelando a los instintos más egoístas, a lo más ruin del ser humano. Y ha cazado a alguna que otra ave por acá, de esas que, al decir de Fidel, por cobardía y falta de convicción, o porque valen tan poco como vale el oro yanqui, o valen tanto como vale el oro yanqui, venden a su patria. 

No hace tanto, una de esas aves raras que reclutaron, consiguieron conducirla hasta su nombramiento como viceprimer ministro y ministro de Economía; pero, aunque la prostitución política entre los círculos de poder en Estados Unidos contamina los estimados de Inteligencia desde la década de 1980, a la CIA debe quedarle algún analista que actúe con profesionalidad. Así que deben saber que en esta tierra los seres rastreros no tienen cabida en el alma nacional; aunque los expertos en guerra psicológica se empeñen en insistir en sus jugarretas…   

La CIA no tiene capacidad para derrotar a Cuba. Acá no se padece de exceso de confianza. Fidel educó a varias generaciones de revolucionarias y revolucionarios —incluida la que hoy tiene sobre sus hombros la conducción del país— a no bajar la guardia nunca; a no cometer el más insignificante descuido. 

Cuba no constituye la menor amenaza a Estados Unidos, esa es una verdad como témpano. También lo es que desde Girón han sufrido más de una derrota en sus aventuras contra este pueblo de mujeres y hombres de convicciones profundas y sentido del honor, que aman la paz y asumen cómo máxima la letra de su himno: “morir por la patria es vivir”. Y pese a que andan eufóricos sumando nombres a su “Escudo de las Américas”, Cuba cuenta con amigos por todo el mundo que están persuadidos de la grandeza de su lucha, del mérito de su resistencia frente al gigante inconmovible que la desprecia, y no la dejarán abandonada.     

Bibliografía:

Associated Press in Washington (AP): “US secretly created ‘Cuban Twitter’ to stir unrest and undermine government”, April 3, 2014. Disponible: https://www.theguardian.com/world/2014/apr/03/us-cuban-twitter-zunzuneo-stir-unrest  

Castro Ruz, Fidel: “Proclama de un adversario al gobierno de Estados Unidos”, 13 de mayo de 2004. Disponible: https://www.fidelcastro.cu/es/discursos/proclama-de-un-adversario-al-gobierno-de-estados-unidos  

Kornbluh, Peter: “The CIA Targets Cuba… Again”, The Nation, August 13, 2026. Disponible: https://www.thenation.com/article/world/trump-cia-cuba-covert-operations-regime-change/  

Autor: Ernesto Limia

Fuente: Al Mayadeen

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