¿Nuevo curso escolar será verdaramente una fiesta en Cuba?
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¿Nuevo curso escolar será verdaramente una fiesta en Cuba?

A pocos días del primero de septiembre, Cuba se prepara para iniciar un nuevo curso escolar. En los hogares, sin embargo, la llegada de la fecha no se vive únicamente con entusiasmo. Junto a la expectativa de reencontrarse con las aulas, los maestros y los compañeros, crece también la preocupación de madres, padres y estudiantes de las distintas enseñanzas.

Comienza la búsqueda de uniformes, zapatos, mochilas, libretas y otros artículos necesarios para asistir a la escuela. Pero en medio de la actual crisis económica, adquirir esos productos se convierte para muchas familias en una carrera llena de obstáculos. La escasez, los precios elevados y la pérdida del poder adquisitivo hacen que preparar a un niño o a un adolescente para el nuevo período lectivo sea, en numerosos hogares, un sacrificio enorme.

A esa realidad se suman los interminables apagones. Estudiar sin electricidad, realizar las tareas en condiciones inadecuadas, descansar poco y enfrentar el calor durante la noche afecta tanto a los alumnos como a sus familias. En no pocos casos, los estudiantes llegan a las aulas después de haber dormido mal o de no haber podido prepararse debidamente para la jornada. La situación resulta aún más compleja para quienes cursan carreras universitarias y deben lidiar, además, con dificultades de transporte, alimentación y alojamiento.

Desde el discurso oficial se ha presentado el nuevo curso como una gran fiesta para Cuba. Y ciertamente, la educación merece ser celebrada. También es legítimo reconocer el esfuerzo de maestros, trabajadores del sector y comunidades que intentan mantener en funcionamiento las escuelas, aun en circunstancias muy adversas. Pero una fiesta no puede reducirse a actos culturales, consignas, discursos o escenarios engalanados. La verdadera celebración tendría que reflejarse en las condiciones concretas en que estudian nuestros niños y jóvenes.

La realidad de muchas familias dista de esa imagen festiva. Hay padres que lo entregan todo para garantizarles a sus hijos lo indispensable; madres y abuelos que recorren distintos lugares en busca de un par de zapatos o de una libreta; hogares donde se prioriza la alimentación de los pequeños, aunque ello implique renunciar a otras necesidades. Hay estudiantes que enfrentan carencias silenciosas y universitarios que asisten a clases con hambre, intentando sostener sus estudios en medio de una precariedad que no debería formar parte de la vida académica.

No se trata de desconocer la importancia de la educación cubana ni de restar valor al trabajo de los docentes. Precisamente porque la educación es un derecho esencial y un pilar de la sociedad, debe hablarse con honestidad sobre los problemas que la afectan. La vocación de los maestros no puede sustituir indefinidamente los recursos, la alimentación, la electricidad, el transporte y las condiciones dignas que necesitan las escuelas y los estudiantes.

El inicio del curso escolar también debería ser una oportunidad para escuchar las preocupaciones de las familias y responder con hechos. Los niños y jóvenes no solo necesitan aulas abiertas: necesitan poder llegar a ellas en condiciones adecuadas, estudiar sin hambre, descansar, contar con materiales y sentirse protegidos. Los educadores, por su parte, merecen respaldo, reconocimiento y mejores condiciones para realizar una labor decisiva.

A pesar de todo, el primero de septiembre volverán a abrirse las puertas de las escuelas. Volverán los uniformes, los cuadernos, las voces infantiles y el empeño de quienes siguen creyendo en el valor de aprender. Muchas familias harán un esfuerzo extraordinario para que sus hijos no abandonen sus metas. Muchos estudiantes continuarán adelante, incluso cuando las circunstancias parezcan decirles lo contrario.

Esa voluntad merece respeto, pero también respuestas. La resistencia de las familias y la entrega de los docentes no deben utilizarse para ocultar las carencias ni para presentar como normal lo que constituye una dificultad seria. La educación no puede sostenerse únicamente sobre sacrificios individuales.

El nuevo curso escolar llega, entonces, entre expectativas y preocupaciones. No será una gran fiesta para todos si las aulas y los hogares continúan enfrentando apagones, escasez, precios inalcanzables y estudiantes con necesidades básicas insatisfechas. Pero sí puede convertirse en una oportunidad para reafirmar algo fundamental: educar a nuestros niños y jóvenes es una responsabilidad colectiva y una prioridad que no admite abandono.

Porque, pese a todo, la educación sigue siendo uno de los pilares esenciales del futuro de Cuba. Defenderla significa garantizar mucho más que la apertura de las escuelas: significa crear las condiciones para que cada niño, adolescente y joven pueda aprender, alimentarse, descansar y avanzar con dignidad.

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