
La desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional volvió a dejar a Cuba a oscuras este lunes y confirmó una verdad que el régimen ya no puede maquillar: el país depende de una red frágil, obsoleta y colapsada. Diez horas después de la caída, la recuperación avanzaba a paso lento, mientras hospitales y sistemas de agua seguían atados a microsistemas improvisados para no detenerse por completo.
El Ministerio de Energía y Minas activó los protocolos de emergencia y ordenó arrancar varias unidades generadoras en el occidente de la isla para intentar “robustecer el sistema”. Ese lenguaje técnico apenas cubre la realidad que vive el cubano de a pie: una infraestructura que falla una y otra vez y un aparato estatal incapaz de garantizar algo tan básico como la electricidad.
La nueva caída dejó sin corriente a toda la isla y alcanzó a unos 9 millones de cubanos. En La Habana, el restablecimiento apenas llegaba a una pequeña fracción de los clientes reportados por la empresa estatal, una muestra más de que las promesas oficiales chocan con una red eléctrica que no responde ni en la capital, mucho menos en el resto del país.
La UNE habló de una recuperación “gradual y progresiva”, pero la experiencia reciente dice otra cosa: cuando cae el SEN, el país entra en una espera larga, precaria y desigual. Los llamados microsistemas o “islas” sirven para sostener servicios vitales, mientras barrios enteros quedan sumidos en la oscuridad y la vida cotidiana se detiene entre apagones, calor, agua escasa y colas interminables por cualquier solución mínima.
El trasfondo es el mismo que arrastra Cuba desde hace meses: termoeléctricas envejecidas, falta crónica de inversión y ausencia de combustible para sostener motores y centrales flotantes. El régimen insiste en culpar al embargo de Estados Unidos y lo presenta como una agresión externa, pero la debacle eléctrica también revela décadas de abandono, gestión fallida y una economía administrada sin capacidad real de respuesta.
La crisis energética ya golpea con fuerza en La Habana, donde los apagones han llegado a durar más de 24 horas y en algunas zonas hasta 40. Ese nivel de castigo sobre la población ha alimentado el descontento y ha empujado protestas pacíficas en barrios de la capital, una señal clara de que el hambre, la desesperación y la oscuridad terminan por romper el silencio que el poder quiere imponer.
Cuba vuelve a quedar a merced de un sistema eléctrico que se cae en cadena y de un gobierno que administra el colapso en lugar de resolverlo. Cada nuevo apagón nacional confirma el mismo fracaso: un régimen que controla el país, pero no puede garantizarle luz a su gente.


