Una reconocida profesora universitaria, la doctora Nuria Nuiry Sánchez, definió en más de una ocasión que la cultura era la “huella que dejaban los seres humanos sobre la tierra”. Parecía un concepto muy abstracto y alejado quizás de lo clásico o de las artes con que se arrincona a veces ese tema. Pero una verdad como un templo cubría aquella síntesis: valores, creación, nación.

A solo horas del 20 de octubre, Cuba sigue apostando a la cultura que no impone gustos ni modas, sino que razona ideas y las diversifica; que no es de una élite intelectual o política, sino de la mayoría, nacida en la loma y el llano, en el campo y la ciudad; que no se puede comprender y disfrutar sin saber la historia de un país, aunque no es una recopilación de conocimientos lo que termina dándonos libertad.
La melodía, la esencia de la cultura cubana va también en la controversia campesina, en el dominó de cada esquina, en el béisbol como fenómeno poderoso de identidad, en la capacidad de resistir carencias muy duras sin perder el humor y hasta la fina ironía. ¿Cómo olvidar que el danzón, la trova, el pru oriental, un trago de aguardiente de caña y hasta la solidaridad de compartir lo que tenemos es también cultura?
La tempestad de problemas cotidianos podemos resistirla y vencerla desde la apropiación de ideas y saberes, desde las raíces que forjaron esta nacionalidad y no nos abandonan. Somos un pueblo instruido, no culto. Somos mezcla de español, chino, africano y latino. Somos Guillén, Alicia Alonso, Carpentier, Silvio, Titón, Wifredo Lam y además rumba, guaguancó y un verso enardecido de Martí.
Somos una nación que no se somete al imperio y que tampoco respira odios ni resentimientos. Y eso último, como diría la profesora universitaria, es lo que dejaremos sobre esta tierra. ¿No sientes la melodía? Es cultura, alegría, dignidad.

