Hola, amiga, amigo. Qué bueno encontrarte de nuevo en esta columna. Hoy quiero comentarte de algo que nos toca a todos, absolutamente a todos: el envejecimiento. Y quiero hablarte de ello porque, aunque te parezca un tema lejano, en realidad nos concierne desde el mismo momento en que nacemos. Envejecer no es una enfermedad, es una etapa de la vida. Pero, ¿Cómo la vivimos? ¿Con miedo, con resignación o con plenitud? De eso quiero conversar contigo hoy, porque tengo la convicción de que envejecer bien no es un golpe de suerte, sino algo que se construye, se aprende y se cultiva.
Empecemos por lo básico. El envejecimiento es un proceso natural, universal e inevitable. Todos envejecemos, aunque no todos lo hacemos igual ni al mismo ritmo. Desde el punto de vista biológico, implica una serie de cambios graduales en nuestras células, tejidos y órganos: la piel pierde elasticidad, los huesos se vuelven más frágiles, la vista y el oído se modifican, la masa muscular disminuye. También cambian funciones como la memoria, la velocidad de procesamiento o la capacidad de adaptación al estrés.
Pero atención: envejecer no es solo biología. Es también un proceso psicológico y social. Cambian nuestros roles, nuestras rutinas, nuestras relaciones; muchas personas se jubilan, los hijos se van de casa, se pierden seres queridos. Y en ese entramado de cambios, la forma en que los interpretamos y nos adaptamos marca una diferencia enorme.
La Organización Mundial de la Salud nos recuerda que el envejecimiento es un proceso continuo que dura toda la vida, y que la manera de envejecer depende no solo de nuestra genética, sino también de nuestro entorno, nuestros hábitos y nuestras decisiones. Es decir, no estamos completamente a merced del calendario. Existen muchos aspectos que sí están en nuestras manos.
Y hay algo más que quiero subrayar: envejecer es también una conquista. Que hoy podamos hablar de «envejecimiento activo» es porque la esperanza de vida ha aumentado considerablemente. En siglos pasados, llegar a los setenta u ochenta años era un privilegio de pocos. Hoy es cada vez más común. Por eso, más que temerle a los años, deberíamos aprender a vivirlos bien.

Ahora bien, si algo dificulta el buen envejecimiento son ciertos mitos que existen en la mente de muchas personas, esas ideas falsas que se repiten tanto que terminan pareciendo verdades. Déjame compartir contigo los más frecuentes, porque desmontarlos es el primer paso para vivir esta etapa con libertad.
Envejecer es enfermar. Falso. La vejez no es sinónimo de enfermedad. Es cierto que con los años aumenta la probabilidad de padecer ciertas condiciones crónicas, pero muchas personas mayores gozan de excelente salud. La enfermedad no es inherente a la edad.
A cierta edad ya no se puede aprender nada nuevo. Nada más lejos de la realidad. El cerebro adulto conserva una capacidad asombrosa de plasticidad, es decir, de reorganizarse y formar nuevas conexiones. Se puede aprender un idioma, tocar un instrumento, usar la tecnología o empezar una carrera a los sesenta, setenta u ochenta años.
Las personas mayores son una carga para la familia y la sociedad. Este mito es especialmente injusto. Las personas mayores aportan experiencia, sabiduría, cuidado, apoyo económico y afectivo, y sostienen a menudo a sus familias y comunidades. Su contribución es enorme y muchas veces invisible.
La soledad es inevitable en la vejez. Si bien es cierto que algunas personas mayores enfrentan pérdidas y aislamiento, la soledad no es una condena. Las redes de apoyo, los vínculos nuevos y la participación social pueden enriquecer la vida en cualquier etapa.
Ya a esta edad no se puede cambiar. La capacidad de cambio y de crecimiento personal no tiene fecha de caducidad. Muchas personas descubren nuevas pasiones, recomponen relaciones o transforman su forma de ver la vida en la madurez.
El sexo y el afecto son cosa de jóvenes. La necesidad de afecto, intimidad y placer nos acompaña toda la vida. La sexualidad en la madurez existe, se expresa de múltiples formas y merece respeto.
Como ves, los mitos no son inocentes: se internalizan, limitan, avergüenzan y frenan. Combatirlos con información y con ejemplos reales es una tarea de todos.
¿Qué es el envejecimiento activo?
Aquí llegamos al corazón de nuestra conversación. El concepto de «envejecimiento activo» fue impulsado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) a finales de los años noventa y principios de los dos mil, y hoy es un referente mundial. Se define como el proceso de optimizar las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas a medida que envejecen.
Fíjate bien en las tres palabras clave: salud, participación y seguridad. No se trata solo de no enfermar, sino de vivir con bienestar, de seguir formando parte de la vida social, de tener protección y de sentir que la vida tiene sentido.
Y hay un matiz importante: «activo» no significa estar corriendo maratones ni haciendo ejercicio intenso todos los días. Significa mantenerse involucrado, seguir teniendo proyectos, vínculos y propósitos. Una persona que lee, que conversa, que cuida sus plantas, que ayuda a un vecino o que participa en un círculo o club de abuelos está envejeciendo activamente. La actividad no es solo física; es también mental, emocional y social.

El envejecimiento activo se apoya en varios pilares que la OMS ha identificado: la salud y los sistemas de salud, el comportamiento y los estilos de vida, el entorno físico y social, los factores personales y económicos, y las redes de apoyo. Es decir, no depende solo del individuo, sino también de la sociedad que lo rodea: de las políticas públicas, de las ciudades amigables con las personas mayores, de los servicios de salud accesibles y de una cultura que respete y valore a sus mayores.
¿Qué podemos hacer para envejecer activa y saludablemente?
Esta es «la pregunta del millón». Te comparto algunas claves que, desde la evidencia científica y desde mi experiencia clínica, marcan una diferencia real.
- Cuida tu cuerpo, pero también tu mente. La actividad física regular — caminar, bailar, nadar, hacer ejercicios de fuerza suaves— es uno de los mejores «medicamentos» que existen: mejora el ánimo, protege el corazón, fortalece los huesos y reduce el riesgo de deterioro cognitivo. Acompáñala de una alimentación equilibrada, buen sueño e hidratación. Y no olvides ejercitar tu cerebro: leer, aprender, resolver crucigramas, conversar, escuchar música, escribir.
- Mantén y cultiva vínculos. La soledad no deseada es uno de los mayores enemigos de la salud en la vejez. Rodéate de personas, conserva amistades, haz nuevas, participa en grupos, en tu comunidad, en tu familia. El afecto es un nutriente esencial.
- Ten un propósito. Tener algo por lo que levantarse cada día —un proyecto, un hobby, una causa, un cuidado, una pasión— da sentido y dirección a la vida. No importa la magnitud: lo que importa es que te importe.
- Cuida tu salud mental. La depresión y la ansiedad no son «normales» en la vejez, aunque a veces se disfracen de apatía o de quejas físicas. Si notas tristeza persistente, pérdida de interés, alteraciones del sueño o del apetito, busca ayuda profesional. La salud mental es parte integral de la salud.
- Mantén la autonomía y la dignidad. Fomenta tu independencia en la medida de lo posible, participa en las decisiones que te conciernen, expresa tus deseos. Y si necesitas apoyo, pídelo sin vergüenza: pedir ayuda no es perder autonomía, es ejercerla.
- Adáptate y sé flexible. La vida cambia y envejecer implica adaptarse a pérdidas y a nuevas realidades. La resiliencia —esa capacidad de sobreponerse y de encontrar nuevos caminos— es una de las grandes aliadas del buen envejecer.
- Prepárate y planifica. La seguridad económica, la vivienda adecuada, el acceso a servicios de salud y la planificación del futuro son parte del envejecimiento activo. Informarte y organizarte a tiempo te dará tranquilidad.
- Cambia la mirada sobre la vejez. Este punto es para todos, también para los jóvenes. Una sociedad que respeta, valora e incluye a sus mayores crea las condiciones para que el envejecimiento sea una etapa digna y plena. Todos, de una u otra forma, estamos envejeciendo.
Envejecer no es perder la vida, es seguir viviéndola con otros matices. Los años que vienen pueden ser años de sabiduría, de serenidad, de vínculos profundos y de proyectos renovados. No se trata de detener el tiempo, sino de habitarlo con plenitud.
En mi columna, «El Psiquiatra y Tú«, siempre insisto en lo mismo: la salud mental no es un lujo, es un derecho, y el buen envejecer es también una conquista posible. Depende de ti, sí, pero también de todos nosotros como sociedad. Cultivemos, desde hoy, una cultura que celebre la vida en todas sus etapas.
La entrada Envejecer bien: el arte de sumar años con salud, sentido y alegría se publicó primero en Radio Angulo.



