Más transporte… ¿para todos?
Hay una imagen nueva en el paisaje del Viaducto que cuesta explicar a primera vista. En su paradero intermunicipal, durante mucho tiempo, la escena fue casi siempre la misma: gente esperando y esperando, mirando hacia la calle con una mezcla de resignación y esperanza. La parada estaba llena porque las guaguas no llegaban. El problema parecía tener una solución bastante elemental: poner guaguas a circular.
Ahora hay guaguas. Muchas.
Alrededor del Viaducto se les puede ver parqueadas, esperando su turno. La armazón está ahí. Los motores están ahí. Las capacidades están ahí. Lo que falta es algo que durante años parecía ser lo más sencillo de conseguir cuando apareciera el transporte: pasajeros.
La paradoja tiene una explicación matemática. Una guagua que antes podía costar 10 pesos ahora cobra 700. Para quien recibe un salario en pesos cubanos y tiene que repartirlo entre comida, medicamentos y todo lo demás que cuesta vivir, la cuenta del viaje deja de ser una cuenta de transporte. Se convierte en una decisión.
¿Voy? ¿Puedo permitírmelo? ¿Y si tengo que regresar?
La respuesta de mucha gente parece estar ocurriendo en silencio: quedarse.
La crisis del combustible ha colocado a Cuba ante una situación extraordinaria. Las restricciones estadounidenses sobre el suministro de petróleo a la Isla han agravado una escasez que ya venía golpeando al transporte. En ese escenario, abrir el parque automotor estatal a formas de gestión privadas podía parecer una salida razonable. De hecho, el arrendamiento de vehículos estatales a actores no estatales llevaba años desarrollándose de forma gradual y había permitido devolver a las calles medios que permanecían inmovilizados.
La experiencia matancera está mostrando ahora el otro lado de esa solución: el transporte aparece; el pasajero desaparece.

En cualquier manual elemental de economía, el aumento de la oferta suele ejercer presión sobre los precios. Aquí esa relación se ha roto delante de nuestros ojos. Han aparecido más vehículos y, sin embargo, el pasaje sigue siendo demasiado caro para una parte considerable de quienes necesitan utilizarlos. La consecuencia se ve mejor desde una acera que desde una gráfica: una fila de vehículos esperando clientes y, a pocos metros, personas esperando poder viajar.
Los triciclos cuentan una historia parecida.

En Matanzas se han multiplicado hasta convertirse en parte inseparable del paisaje urbano. Calle América, Contreras, Milanés y otros puntos de la ciudad muestran cada vez más estos vehículos, eléctricos o de combustión, convertidos en una suerte de transporte colectivo privado que creció a toda velocidad durante el deterioro del servicio estatal. Sin embargo, la realidad ha tomado otros rumbos: largas filas de triciclos esperando pasajeros mientras personas aguardan cerca sin poder asumir el precio del viaje.
Durante años el problema fue encontrar un triciclo. Ahora el problema es encontrar a alguien que pueda pagar el triciclo.
La oferta se ha multiplicado. Las piqueras improvisadas se extienden por las calles, ocupan espacios, dificultan la visibilidad en algunos puntos y convierten determinados tramos en estacionamientos de vehículos que, paradójicamente, pueden pasar largos períodos esperando precisamente aquello para lo que fueron puestos a trabajar: pasajeros.
En junio, las autoridades matanceras llegaron a acordar tarifas específicas para algunas rutas de triciclos: 250 pesos entre el Preuniversitario y Peñas Altas, 125 hasta la Terminal o Versalles y 150 hasta el Hospital Faustino Pérez. Son cifras que ayudan a entender el problema mejor que cualquier declaración. Si trasladarse a diario, ida y vuelta, puede costar una parte considerable de lo que un trabajador obtiene en un mes, cada desplazamiento empieza a competir directamente con otras necesidades.
Y entonces ocurre algo curioso: el transporte deja de transportar. Puede haber diez triciclos esperando y ninguno llevarte. Puede haber veinte guaguas alrededor del Viaducto y tú seguir a pie. La ciudad se llena de vehículos mientras una parte de sus habitantes se vuelve más inmóvil.
Ahí está, quizás, el verdadero problema que Matanzas tiene delante. Recuperar medios de transporte era imprescindible. Conseguir que circularan también. Pero hacerlos circular dentro de una economía donde los ingresos de buena parte de la población no acompañan los precios crea una segunda frontera, mucho más difícil de ver.
El mercado encuentra pasajeros hasta cierto punto. Después aparecen las guaguas vacías, los triciclos esperando y las personas que cancelan una visita, llegan tarde al trabajo, posponen una diligencia o sencillamente deciden quedarse en casa.
La paradoja del Viaducto merece ser mirada con atención porque resume una transformación mayor de la ciudad. Durante años, el ciudadano matancero aprendió a vivir con la ausencia del transporte. Ahora tiene que aprender a vivir con su presencia inaccesible.
Y quizá esa sea una de las imágenes más extrañas que haya dejado esta crisis: una parada que por fin tiene guaguas. Una parada donde, después de tanto tiempo esperando este momento, ahora falta gente que pueda subirse a ellas. Matanzas logró poner ruedas en la calle. Todavía falta conseguir que esas ruedas vuelvan a estar al alcance de quienes caminan por ella.

