La historia ferroviaria de Baracoa yace herrumbrosa, presa del salitre y la intemperie en Rosa de Mata, una finca en las cercanías de la ensenada de Mata. La vieja locomotora Plymouth, diario acontecimiento de la comarca desde 1898 y hasta 1946, cuando se detuvo la última de cuatro máquinas, duerme bajo la custodia vegetal del camalote, la cucaracha y la salvia marina.
La columna de negro humo, otrora contaminante de platanales atravesados por las vías férreas, era eterno recuerdo en la memoria de José Venicio Fernández-Rubio Cantillo(1), quien al ser entrevistado mantenía frescos los recuerdos, cuando era uno de los cientos de campesinos abrazados por la fiebre del guineo.
Baloy García, Antonio Sanjuán, Tonico, y Gaspar Batista, de quien se dice que en su momento fue maquinista-conductor, mecánico y tripulante, son nombres asociados al ingenio rodante de carbón primero y petróleo después, que arrastraba una longaniza de seis u ocho carros cargados de hasta 3 000 racimos de bananos.
Era el boom de la fruta y la pequeña locomotora de vía estrecha partía con su carga desde Consolación, a unos doce kilómetros de Mata. Bordeaba Mariana y cruzaba territorios plataneros como Mosquitero, La Alegría y El Güirito, con las cosechas locales del producto, más los tributos de zonas más alejadas como Yumurí, Capiro, Sabana y Nibujón.
José Venicio, un anciano locuaz, atesoraba los recuerdos. Se levantaba en Rosa de Mata a las cuatro de la madrugada todos los días, abordaba la cigüeña (chispita) de tracción manual y viajaba hasta Consolación, donde estaba el almacén central, receptor de todo el guineo cosechado, siempre y cuando cumpliera un inviolable requisito: estar en tres cuartos de sazón, parámetro imprescindible para llegar a su destino, la Florida, Estados Unidos, en óptimas condiciones de comercialización y consumo.
El entonces joven de 18 años se desempeñaba como almacenero, pero antes fue reparador de vías y desanduvo platanales reparando las líneas en las vegas bajas, donde las aguas creaban la trampa del lodazal y afectaban las paralelas. “Nunca hubo descarrile”, afirmaba, para enfatizar la exigencia de la Di Giorgo-Huart, Banano Co. S.C. Exportadores de Frutas Tropicales, los dueños del ferrocarril: “time is money” (tiempo es dinero) y las goletas esperaban la carga en medio de la ensenada.
A la memoria de José Venicio venían entonces los recuerdos: “Durante todo el día esperábamos a los arrieros con sus cuadrillas de mulos; con un cuchillito despojábamos los racimos de posibles manchas, uno a uno, para luego almacenarlos parados, clasificados por el número de manos, siempre de siete para arriba y por los que pagábamos veinte centavos”.
Campesinos, estibadores, arrieros, almaceneros, ferroviarios, formaban el gran ejército del boom bananero baracoense, cadena que completaban los “lanconeros”, suerte de marineros que en lancones (patanas de madera capaces de cargar hasta 500 racimos y que eran impulsadas por largas pértigas) se encargaban de llevar la producción de toda la comarca desde tierra hasta las goletas ancladas a media bahía.
La exportación anual de unos seis millones de racimos trajo dinero y prosperidad a Baracoa que por la época, finales del siglo XIX, experimentó un gran movimiento cultural: recibió de La Habana, Santiago de Cuba, Cienfuegos, Estados Unidos, México y Argentina compañías de baile, danza y teatro, y vio erigirse el Ayuntamiento y el cine teatro de la localidad.
Tras las bonanzas de aquellos tiempos están, entre matorrales, los vestigios del otrora ferrocarril de Baracoa. (Tomado del libro Más allá de La Farola)
(1) José Venicio Fernández-Rubio Cantillo, falleció
