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Los chicos de la banda y nosotros

Hay una imagen que se repite en esta película: un carro atravesando a toda velocidad las calles de Nueva York, y los semáforos en rojo que no alcanzan a detenerlo. Ese carro es Michael, el anfitrión de la fiesta, y también es cada uno de los chicos de la banda que esa noche de 1968 se reúnen en su apartamento del Upper East Side para celebrar el cumpleaños de Harold.

La cinta, dirigida por Joe Mantello y estrenada en Netflix el 30 de septiembre de 2020, es una adaptación de la obra homónima de Mart Crowley, que ya había sido llevada al cine por William Friedkin en 1970.

Todo se desarrolla en lo que aparentemente es una fiesta de cumpleaños, ocho invitados, un noveno que llega sin que lo esperen. Alan, el “excompañero” de universidad de Michael, se aparece en la noche con un secreto que nunca termina de revelar, pero que se supone qué es… siempre es eso.
Su presencia desencadena un escenario de crueldades y confesiones que los asistentes, acostumbrados a protegerse bajo la armadura del humor, no pueden contener.

Juan Manuel Freire escribió en El Periódico que la película es, por encima de todo, una exhibición de actores. Y tiene razón. Jim Parsons está inmenso como Michael: anfitrión alcohólico que administra el veneno. El resto también encuentra el tono exacto entre la ironía, el sarcasmo.

Muy a nuestro pesar, lo que uno no puede sacarse de la cabeza al terminar, es aquella frase que Harold le escupe a Michael, cuando la noche ya no da para más: «Muéstrame un gay feliz y te mostraré un muerto». Como lo traduzcas sigue teniendo la misma fuerza. Verso fatal, sin dudas, la síntesis de una época en la que la alegría no era opción, y lo terrible es que medio siglo después, esa la frase sigue rebotando en muchos lugares, como si nada, pues no es tan diferente.

La película relata el resumen de un patrón que se repite en todas las geografías del armario: la urgencia de resolver hoy lo que se aplazó ayer. Los amores traumáticos, más dolorosos aún por la culpa no procesada, la represión de los sentimientos, la necesidad afectiva que nunca encuentra cauce, el odio a uno mismo que se disfraza de odio al otro. Michael lo dice casi al final, con la voz rota: «Si pudiéramos no odiarnos tanto a nosotros mismos», y no, no es una pregunta. Es una constatación.

La película se queda corta en algún momento, sí. Es una obra de teatro filmada y, a veces, no logra disimular los pedazos sueltos. Pero lo que importa es el retrato de unos hombres que, hace cincuenta y tantos años, se atrevieron a decir en voz alta lo que muchos quisieron determinar, ayer y hoy, y no sabían como.

Trailer de la película: Los chicos de la banda.

Un trabajo de: Liam Bornot, estudiante de periodismo.

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