Lo que están viendo los ojos de la Estatua de la Libertad
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Lo que están viendo los ojos de la Estatua de la Libertad

Imagen de la poeta, madre de tres hijos, Renee Nicole Good, ciudadana estadounidense de 37 años asesinada por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)

Imagen de la poeta, madre de tres hijos, Renee Nicole Good, ciudadana estadounidense de 37 años asesinada por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)
Foto: Tomada de Minnesota Star Tribune

Develada hace 140 años, el 28 de octubre de 1886, la Estatua de la Libertad (el nombre verdadero de la escultura construida a lo largo de 11 años por Frédéric Auguste Bartholdi es La libertad iluminando el mundo) fue un regalo de Francia a Estados Unidos, en el centenario de su declaración de independencia y en tanto símbolo de alianza entre ambas naciones.

El impresionante monumento ubicado junto a la desembocadura del río Hudson –de 46,05 metros de altura y 125 toneladas de peso, situado sobre un gran pedestal de 46,94 metros– debió llegar a la isla de Bedloe en 350 piezas introducidas en 214 grandes cajas.

La Estatua, símbolo del «sueño americano» y del «mundo libre» de acuerdo con la narrativa hegemónica, ha visto cómo los gobernantes del país donde fue emplazada han cometido grandes barbaries en nombre de la «libertad»: desde las bombas atómicas contra Japón, hasta la carnicería vietnamita, el apoyo incondicional a Israel en su genocidio en Gaza o la doble sesión de misiles contra la escuela de las 168 niñas de Minab, entre tantísimas otras.

Pero, en materia de coerción y coacción a la cultura, al pensamiento académico, la educación y las garantías ciudadanas nunca había presenciado tanto horror.

Lo que vive la nación del norte hoy día representa un estructurado programa de ataque a la libertad de expresión, peor que el suscitado durante la caza de brujas anticomunista de los años 50.

Se ataca a profesores y alumnos de universidades que piensan diferente o censuran la masacre en Gaza, sindicatos, activistas… Y contra la literatura que no se permite leer, el cine que no quieren que vean, el periodismo que no resulte instrumento sumiso, o los espacios televisivos de comedia que impugnen al mandatario.

La censura de libros es moneda común. Algunos como el republicano Ron DeSantis, gobernador de Florida, han sido muy útiles en cercenar el acceso a la educación y eliminar autores o títulos de los programas educativos.

Hasta una institución de prontuario tan conservador como la ONG Freedom House tuvo que reconocerlo en su último informe anual de 2026, cuando EE. UU. alcanzó su nivel más bajo en el «grado de libertad» desde el inicio de estos resúmenes en 2002.

Calificado por la entidad como «hito sombrío», explican la corriente involutiva en «la disfunción legislativa y el predominio del poder ejecutivo», como en «el creciente aumento de la presión sobre la capacidad de las personas para expresarse libremente».

Otro informe anual, este del Instituto V–Dem, de Suecia, consideró que el país se encuentra en un proceso total de «autocratización». Staffan Lindberg, fundador del Instituto, expresó en el documento: «Nuestros datos sobre Estados Unidos se remontan a 1789. Lo que estamos viendo ahora es el retroceso democrático de mayor magnitud jamás visto en el país».

La tenebrosa directiva Presidencial de Seguridad Nacional Número 7 compara la disidencia ideológica con el terrorismo doméstico, y designa como potenciales enemigos del Estado a quienes profesen posturas «anticristianas», «anticapitalistas» o «antiestadounidenses».

Hace pocos meses, el país de las matanzas de ICE celebró sus 250 años de fundado. En la conmemoración, se pasó por alto todo lo anterior –y mucho más–, para sostener que «lo mejor está por venir».

Supone la elevación de la ironía al pedestal olímpico, por parte de una administración que desbarató la parte buena de los sueños de los padres fundadores y ennegreció para siempre la mirada de la Estatua de la Libertad.

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