La última vez que vi a Lilita bailando, era un ave que volaba junto a los techos, por las rejas de las ventanas y puertas de las casas de la ciudad, parecía una hoja llevada por el viento, un remolino.
Después ocurrió un Eclipse, como el de su premiado espectáculo del 2025, donde confluían los dramas humanos, y también la síntesis de su creación, con más de 800 obras coreográficas, algunas memorables como Otelo, Mulatas en el Polo, Consagración de la Primavera, Loss, La sombra de los otros y un intenso etc… En Eclipse, está Lilita, como en el origen, enfrentando las adversidades, los dolores, los traumas, el silencio y también la esperanza. La vida y la muerte, la resurrección y la eternidad.
Esa imagen delante de los vericuetos de la existencia y la de su ascenso por las rejas criollas, ferrosas, legadas por nuestros ancestros es quizás la imagen de Lilita, que tiene esta ciudad, bendecida por los ríos y el salitre. La de alguien que danza, incluso cuando camina en la cotidianidad, cuando está sentada y su cuerpo, sus manos y piernas crean signos, y su voz, se desplaya como una marea alta en las costas del Sur. Hay un sonido que es el de las olas, hay un remolino de metáforas en su cuerpo, como en Eclipse: lo oscuro y lo iluminado, el frío y el calor, la Tierra y el aire: los elementos.
Esta ciudad, que tiene poetas, como agua corriendo por las aceras, esperó mucho tiempo este instante, la entrega del Premio Nacional de Danza, porque Lilita representa ese espíritu poético, ese sedimento conectado al universo, que ha sido Matanzas desde el siglo XIX y que persiste en esta contemporaneidad de farol iluminado con velas, asediadas por la recurva de un huracán.

Lilita representa a la danza en Matanzas, a la poesía instaurada en el cuerpo de una bailarina, la sensibilidad de un pensamiento abierto a las tendencias, los estilos, educada en el San Petersburgo de Dostoievskiy en los ritmos, la cadencia, los sedimentos de la cultura espiritual de Matanzas y la nación; representa el respeto a sus maestros, por algo escogió el 29 de junio, fecha de nacimiento en 1922 de Pedro Ramiro Guerra Suárez, el día de la entrega de su Premio, para estar con su Maestro, para que el Maestro esté con ella, con Espiral, con nosotros, y es que ella es como un poema del espíritu de la danza, de la persistencia de danzar, de crear una compañía como Danza Espiral, que gira en ciclos, que vuelve a girar, cae, asciende.
La fundadora y la hormona de un evento como el Danzandos o de espacios como Espiral S. A. Una lucha contra el Tiempo, contra la densidad de la atmósfera…
Los años pasan, abruptos o lentos y ella está ahí, creando obras memorables, formando nuevas generaciones de bailarines que se diseminan por el mundo, cocinando recetas inolvidables, defendiendo la danza, a ultranza, a fuego vivo.
Lilita es un diálogo constante con la cultura matancera y cubana. Un diálogo-cuerpo, cerebro-gesto con la cultura universal, la música, la literatura, el teatro, lo performático, el cine, la arquitectura, lo comunitario, la danza y los sueños.
Es la danza en los escenarios legendarios, en las salas minúsculas, en las calles, las plazas, entre los asientos de un ómnibus, bajo el sol, la luna o la lluvia.
La miro, y pienso, ya tiene el Premio Nacional de Danza, que se merece.
Antes se lo decía, pero ella se enfadaba.

Hoy ya no es un anhelo. Es un hecho. Estamos aquí para celebrarlo. El 29 de junio del 2026. Y también están sus amigos, los vivos y los muertos, sus maestros, está Ramiro, por ejemplo, Lola María Cruz y Ximeno, y todas las almas que ella ha convocado desde la danza.
Están. Y estamos nosotros….


