Escoltado por caballos y vaqueros del rodeo, con la bandera de la estrella solitaria, flores, canciones y mucho público. Así fue el sepelio de quien dejó una huella eterna en las pistas de los parques de feria de Cuba y en el corazón de los espirituanos: Carlos Mencía.
El pueblo lo despidió en grande, tal y como él lo había pedido, incluso, antes de entrar al camposanto para caer en su reposo eterno, el carro fúnebre y toda la caravana que lo acompañaba cumplió su última voluntad: visitar su casa en el reparto La Rotonda de la ciudad de Sancti Spíritus, hogar que durante años fue centro de enseñanza de jóvenes aprendices del oficio de la talabartería, porque Mencía era también un gran artesano.
Allí, el negro Mencía “regresó” a cada espacio de la casa, a las cuadras donde tantas veces domó a sus caballos, los mismos con los que luego asistía a las carreras pactadas, a la jaula de los gallos finos, al patio cargado de historia y, por qué no, de cierta forma se despidió también de los vecinos que no pudieron asistir al entierro.
Ya en las puertas del cementerio, Mencía recibió aplausos, palabras de ovación y recordatorio, agradecimiento por sus enseñanzas, por hacer siempre el bien y ayudar a los demás.







