Este es un libro necesario y oportuno. No solo porque reflexiona sobre un texto fundacional de la cultura revolucionaria cubana; también porque lo contextualiza y lo trae al presente. Son muy variados e importantes los aportes recogidos en este compendio, que reproduce, como punto de partida, las palabras de Fidel y los sucesos que marcan los meses previos y posteriores a ellas, sucesos que trascienden lo meramente artístico y literario. En mi opinión, los cinco ensayos fundacionales (y extiendo el término a otros géneros colindantes, como el discurso o la novela testimonio) del pensamiento revolucionario en torno a la cultura en su sentido más amplio, fueron Palabras a los intelectuales (1961) de Fidel, El socialismo y el hombre en Cuba (1965) de Ernesto Che Guevara, Biografía de un cimarrón (1966) de Miguel Barnet, Calíban (1971) de Roberto Fernández Retamar y Ese sol del mundo moral (1975) de Cintio Vitier. Se han escrito antes y después ensayos medulares (pienso en la obra de Fernando Ortiz y de Moreno Fraginals), pero esos cinco textos, a pesar de la incomprensión que soportó en su momento el último, algunos más literarios, otros más directamente políticos o filosóficos o antropológicos, fundieron el suelo que hoy pisamos y abrieron caminos, sobre todo porque en su brevedad y contundencia argumentativa tratan y resuelven problemas esenciales del socialismo en el Tercer Mundo y en un país como Cuba, abierto por sus orígenes a todas las influencias.
Pero el primer hecho cultural fue la Revolución misma y las Palabras… de Fidel cuyo 65 aniversario conmemoramos, señalaban su extraordinario alcance. Sí, la coincidencia de la vanguardia política y de la vanguardia artística, hecho recurrente en la historia de Cuba y especialmente notable en los años sesenta, enriquecía el producto artístico (no hablo de la mera propaganda), al expresar el movimiento histórico hacia la igualdad de todos los seres humanos, al hacer coincidir la belleza, la verdad y la justicia.
“Pero el primer hecho cultural fue la Revolución misma y las Palabras… de Fidel cuyo 65 aniversario conmemoramos, señalaban su extraordinario alcance”.
Suele a menudo reverenciarse la década del sesenta, como un espacio caracterizado por la polémica pública. Lo fue, sin dudas, sobre todo porque durante esos años la lucha por el poder, desde el punto de vista ideológico, seguía viva. Vistos a distancia, resultan a veces complejos y siempre inexactos, los calificativos que los diferentes mundillos reclaman hoy para sí. Lunes de Revolución, por ejemplo, no era exactamente un espacio de libre pensamiento como hoy se presenta, aunque defendía la Revolución, sus ataques a colegas y personalidades de la época, lo mismo al Indio Naborí que a Lezama Lima, mezclaban sentimientos personales con un soterrado anticomunismo. El espectro de pensamiento marxista era más amplio, e incluía a intelectuales muy diferentes, algunos provenientes del PSP, otros formados de manera autodidacta. Cuando se discutía de cine o de arte, por ejemplo, diferían las opiniones y a veces las intenciones, de Cabrera Infante, Alfredo Guevara y Blas Roca, para solo citar a tres protagonistas. Pero no era un debate idílico, ni puramente teórico. Como señala Fernando Martínez Heredia en uno de los textos reunidos en este libro: “Fue el 30 de junio, en pleno verano de aquel 1961, cuando salieron legalmente por el aeropuerto hacia Estados Unidos casi 60 000 personas en tres meses. Es decir, un sector que podía viajar en avión se marchó, horrorizado ante la victoria de los revolucionarios en Girón”. Fidel construye la unidad ideológica desde la diversidad, pero la unidad nunca fue la suma de las tendencias existentes, sino un proyecto cualitativamente nuevo.
En sus Palabras a los intelectuales sienta un principio rector: rescatar a todo el que no sea incorregiblemente contrarrevolucionario. Aspira a una unidad que incorpore desde todos los sectores a los más honestos y decididos intelectuales y políticos, guerrilleros y ciudadanos, capaces de avanzar en el proyecto más radical de la historia de Cuba. La convergencia no se produce de manera espontánea. El debate abre caminos. La primera Asamblea Nacional del Poder Popular la presiden Blas Roca y Raúl Roa. En ese momento, quiero puntualizar esto, ya no defienden posiciones diferentes: son militantes del mismo partido y han asumido, según las posibilidades de cada uno, la visión radical de Fidel. No es lícito hacer resurgir las diferencias primigenias, que aquellos habían dejado atrás, como fardos inservibles.
Son varias generaciones las que nos educamos en la radicalidad fidelista, que es martiana también. La contrarrevolución “incorregible”, la que asociamos simbólicamente a Miami, nos ha tildado de “oficialistas”, cuando en realidad defendemos un sistema, una visión del mundo que busca la raíz de los problemas, y al gobierno revolucionario que lo encarna. En su afán descalificador, ha tratado de establecer falsos paralelos entre la radicalidad revolucionaria que ellos ubican en la ultra izquierda (porque existe una izquierda obediente y sistémica al capitalismo) y la extrema derecha. Pero ser radical, es la única manera de ser revolucionario. Y en estos días que son los más difíciles de la historia patria, tenemos la obligación de propiciar el debate, convertir la trinchera, en la que estamos dispuestos a morir, en parlamento, como decía Cintio Vitier. La Revolución nos enseñó a leer, a pensar, antes de creer; pero también nos inculcó una fe absoluta en el pueblo y en la victoria.

Cuando los intelectuales cubanos se reunían en la Biblioteca Nacional, la Revolución acababa de derrotar la invasión mercenaria de Playa Girón, enfrentaba a las bandas armadas que el imperialismo había creado en el Escambray y ejecutaba una exitosa campaña nacional de alfabetización, punto de partida de un proyecto cultural de alcance masivo. La Revolución auspiciaba una integración de saberes, que desdibujara las fronteras entre las culturas que la sociedad dividida en clases etiquetaba con los adjetivos de “alta” y “popular”. En sus Palabras… Fidel le dice a los más importantes escritores y artistas cubanos de entonces:
En días recientes nosotros tuvimos la experiencia de encontrarnos con una anciana de 106 años que había acabado de aprender a leer y a escribir, y nosotros le propusimos que escribiera un libro. Había sido esclava, y nosotros queríamos saber cómo un esclavo vio el mundo cuando era esclavo, cuáles fueron sus primeras impresiones de la vida, de sus amos, de sus compañeros. Creo que puede escribir una cosa tan interesante que ninguno de nosotros la podemos escribir.
Uno de los más jóvenes oyentes escribió algunos años después un libro emblemático de la literatura de la Revolución: Biografía de un cimarrón (1966). En este volumen recuerda: “Admiré mucho a aquel hombre de 34 años, desaliñado, con su traje verde olivo que venía con otro discurso. Todavía se respiraba el olor a la Sierra Maestra”.
En sentido inverso, el primer libro que publicó la Revolución en su recién creada Imprenta Nacional, a un precio casi simbólico y en una tirada millonaria, fue la obra de Cervantes, El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una obra clásica de la lengua española recuperaba su carácter popular, mientras que la vida de un hombre sencillo, recreada por un poeta y etnólogo, se convertía en literatura clásica. Por otra parte, la Revolución cubana creaba un amplio sistema de escuelas de arte en todo el territorio nacional y abría sus puertas a los “hijos más humildes del pueblo”. El Ballet de Alicia Alonso adquiría carácter Nacional, mientras se fundaba el Conjunto Folklórico, que recuperaría las tradiciones relegadas de la cultura cubana, entre otros eventos. La Revolución necesitaba integrar los saberes, eliminar las barreras culturales y espaciales que separan a las clases sociales. Lo que Fidel proponía trascendía el debate sobre movimientos y escuelas artísticas.
“Fidel construye la unidad ideológica desde la diversidad, pero la unidad nunca fue la suma de las tendencias existentes, sino un proyecto cualitativamente nuevo”.
Hace unos días, en entrevista para la revista Revolución y Cultura, el destacado músico estadounidense-cubano, Pablo Menéndez, quien llegó a Cuba a los 14 años, acompañando a su madre, y decidió quedarse durante un año a estudiar en la Escuela Nacional de Arte y ya va por 60 de vida en la isla rebelde, me dijo:
Era una realidad fascinante, única en el mundo, una escuela creada en los campos de golf del Country Club de La Habana. Los albergues estudiantiles eran las mansiones de los millonarios que se habían marchado de Cuba y los alumnos habían llegado de todas partes, lo mismo de bohíos con piso de tierra que de un barrio marginal, o de las ciudades y pueblos de provincia, gente que jamás, en ningún país, hubiese podido estar en esos lugares, estudiando en una escuela como esa. (…) esa generación de geniales artistas, músicos y actores, bailarines, que le han dado gloria al arte cubano en el mundo, surgió del sueño de dos jóvenes (llamados Fidel y Ernesto) que habían nacionalizado el Country Club, y estaban en el campo de golf y uno le dijo al otro: «¿qué podemos hacer aquí?», y yo no sé si fue idea de Fidel o del Che, pero se les ocurrió ese sueño tan loco y yo tuve la bendición de ser parte del resultado de eso.
El libro reúne la mirada de catorce intelectuales cubanos, protagonistas o hijos de aquel suceso, como Armando Hart, Graziella Pogolotti, Roberto Fernández Retamar, Eduardo Torres Cuevas, Pedro Pablo Rodríguez, Lisandro Otero, Miguel Barnet, Ana Cairo, Martínez Heredia, Iroel Sánchez y el propio Elier, compilador y prologuista, entre otros. No me detendré en esos acercamientos que el lector descubrirá y elegirá por sí mismo. Solo me resta invitarlos a leer, porque el debate sigue abierto, Fidel sigue vivo, y la Revolución, amenazada, nos convoca. Permítanme terminar así: Patria o Muerte, venceremos.
*Palabras del autor para la presentación del libro Volver a Palabras a los intelectuales, de la Editorial Ciencias Sociales, en el Sábado del Libro realizado en la Calle de Madera del Centro Histórico habanero, el 27 de junio de 2026.



