Aunque suelen ser percibidas como insectos molestos y potencialmente peligrosos para la salud, las moscas han ocupado un lugar privilegiado en la historia del conocimiento. Detrás de la imagen cotidiana de estos dípteros existe también un universo científico fascinante.
Entre ellas, el género Drosophila, perteneciente a la familia Drosophilidae, ocupa un puesto de interés. Sus ejemplares, popularmente conocidos como “moscas de la fruta” o “moscas del vinagre”, poseen especificidades que las han convertido en un modelo biológico único, pues aspectos como su ciclo de vida acelerado han sido aprovechados a lo largo del tiempo para estudiar fenómenos como la herencia, la evolución y el comportamiento de los organismos vivos.
Uno de los rasgos más sorprendentes de las moscas pertenecientes al genéro Drosophila es la presencia de cromosomas politénicos en las glándulas salivales de sus larvas. Estos cromosomas, de tamaño inusualmente grande, muestran bandas estructurales visibles incluso bajo un microscopio óptico sencillo. Gracias a ello, los investigadores pudieron mapear genes y observar procesos de recombinación mucho antes de la era de la secuenciación genómica. La claridad con que se distinguen sus patrones cromosómicos convirtió a la mosca en un laboratorio capaz de revelar la arquitectura genética de manera directa y accesible.
Fue el estadounidense Thomas Hunt Morgan quien sistematizó el uso de Drosophila, específicamente Drosophila melanogaster, como organismo modelo para la investigación genética. Ello ocurrió a principios del siglo XX, cuando el científico norteamericano comenzó a realizar grandes descubrimientos en el campo de biología. Morgan fue pionero en el estudio de la herencia ligada al sexo, para lo que se apoyó en el análisis fenotípico de ojos de ejemplares de Drosophila melanogaster. Sus aportes lo hicieron merecedor en 1933 del Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Luego de él, decenas de estudiosos han recurrido a las moscas para sus modelaciones.
A día de hoy es innegable la utilidad de estos insectos en los estudios experimentales de ecología y biología evolutiva. Un artículo publicado por la Pontificia Universidad Católica de Chile explica que ello se debe a que las moscas poseen un sinfín de atributos, “como un ciclo de vida corto de 12 a 15 días, es fácil de mantener y también de observar pese a su pequeño tamaño”. De tal modo, ese corto ciclo de vida posibilita estudiar decenas de generaciones en un solo año. Además, en su caso, Drosophila es un género “cosmopolita, con alta sensibilidad a cambios ambientales y, en laboratorio se puede manejar en grandes números, lo que favorece el análisis estadístico de alta resolución y contestar preguntas que con otras especies sería imposible por temas prácticos y éticos”.
Como consecuencia del pasado común de todos los organismos eucarióticos, alrededor del 75 % de los genes implicados en enfermedades humanas tienen homólogos en Drosophila melanogaster. Ello posibilita la realización, a través de las moscas, de estudios de patologías como diabetes, cáncer, Alzheimer, Parkinson, obesidad, padecimientos cardiovasculares y malformaciones. En esa correspondencia genética se cifra la posibilidad de que un organismo tan pequeño contribuya a esclarecer los enigmas de la salud humana.
Así, la mosca, diminuta y persistentemente molesta en la cotidianidad, también ocupa un insospechado sitio en el conocimiento. En su aparente trivialidad se esconden claves que la ciencia ha intentado descifrar a través del tiempo.

