
Foto: Tahimí Martínez Toledo
Hay una forma de hacer la guerra que no necesita bombas. Se llama bloqueo. Y cuando ese bloqueo se convierte en cerco energético, cuando apaga la luz de los hospitales y seca las tuberías por donde se conduce el agua, cuando impide que llegue un medicamento o un equipo de ecografía, entonces se convierte en un acto de castigo colectivo con nombre y apellidos.
Cuba lo denunció ante la Tercera Comisión de la 81ª Asamblea General de la ONU. La embajadora Daylenis Moreno Guerra lo expresó sin rodeos: «El bloqueo contra Cuba es criminal; es un castigo colectivo a todo un pueblo», y enfatizó en que «sus consecuencias recaen de manera desproporcionada sobre las mujeres y las niñas».
Actualmente 32 880 gestantes enfrentan sus embarazos sin las condiciones requeridas; 34 000 no han podido realizarse las ecografías prenatales que cualquier sistema de Salud digno garantiza. La tasa de mortalidad infantil se ha duplicado. Detrás de cada decimal hay una familia rota, una madre que no pudo abrazar a su hijo.
El bloqueo también impide tratamientos oncológicos para 117 000 adultos y 1 200 niños. Y golpea a personas con enfermedades crónicas que dependen de medicamentos que muchas veces no llegan o llegan tarde.
Pero hay un impacto que no sale en las estadísticas de Salud y que rara vez ocupa titulares: la carga de los cuidados. Cuando el transporte no funciona, cuando el agua no llega, cuando la comida escasea, son las mujeres quienes sostienen la vida cotidiana. Se estima que dedican 35,2 horas semanales a trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Y el 46 % de los hogares cubanos tiene jefatura femenina. Esa es una de las letras pequeñas del bloqueo, que convierte a las mujeres en el amortiguador silencioso de una crisis que no provocaron.
Porque la violencia no solo es un golpe. También es un apagón que dura 20 horas. Es una receta médica que no se puede surtir. Es una ambulancia que no tiene combustible.
Como toda agresión, tiene un impacto diferenciado: quienes más la sufren son las que ya cargaban sobre sus hombros el peso de la reproducción social.
Cuba lo denunció en la ONU con datos, con nombres, con cifras. Exige justicia. Exige que se levante un bloqueo que viola el Derecho Internacional y que atenta contra los derechos humanos más elementales.
Mientras tanto, aquí seguimos. Con las mujeres al frente de la resistencia, como siempre. Pero que nadie se confunda: denunciar no es debilidad. Es la antesala de un triunfo.


