Las derrotas enseñan más que las medallas
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Las derrotas enseñan más que las medallas

Sobre el tatami, más que el género, importan la técnica, la disciplina y el valor. Foto: Ortelio González Martínez

El judo a veces se hereda, como se hereda el apellido. Elianys Rojas Columbié lo sabe desde que tenía siete años, cuando subió por primera vez a un gimnasio a «jugar» y se enamoró del tatami.

No fue un flechazo cualquiera: su madre y su padre habían sido judocas. La niña creció entre voces de mando, cinturones de colores y el olor a sudor de los dojos. Desde temprano decidió que ese sería su camino.

Hoy, con 14 años cumplidos, la joven cursa el noveno grado en la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE) Marina Samuel Noble, en Ciego de Ávila, y acumula un palmarés que muchos veteranos envidiarían: varias veces campeona provincial; dos medallas de oro en la primera y segunda Copa Ronaldo Veitía, en Varadero; además de un quinto lugar en el Abierto Panamericano realizado el pasado año en el balneario matancero. Pero no es el oro lo que la define. Es la derrota.

La última vez que subió al tatami de esa ciudad se midió con judocas de Cuba, Ecuador, Brasil y Estados Unidos. La rival más difícil fue una brasileña. Perdió.

Y no lo cuenta con vergüenza, sino con la frialdad de quien extrae una lección de cada caída. «Debí atacar más en el combate. Perdí por hansoku make (descalificación). Esa derrota me enseñó que hay que prepararse mejor, que una no debe descansar en tratar siempre de hacerlo mejor». Ahí está la estirpe de los buenos judocas, la que convierte cada derrota en un escalón.

Su repertorio técnico es amplio. Siempre trata de dominar el combate con sus técnicas preferidas: seoi nage (hombro), o goshi y harai goshi (cadera), todas por la izquierda, su postura predilecta. O el ippon seoi nage y el tai otoshi (brazo), estas dos últimas por la derecha. Le gusta combinar el harai con el o soto gari (barrido de una pierna) y el ippon seoi nage con el ko uchi gari (pequeña siega interior).

Quien haya pisado un tatami sabe que ese arsenal no se improvisa: se pule durante años, golpe a golpe, caída a caída. Y Elianys lo ha pulido desde los siete.

Cinturón marrón, su siguiente meta es el negro, pero no se apura. «Aspiro a entrenar más, porque pasé a la categoría cadete 15-17 primer año y sé que debo sacrificarme para ver si un día puedo representar a Cuba en un torneo de mayores».

No habla de medallas ni de podios. Habla de sacrificio. Y eso, en una joven de 14 años, dice mucho.

También es callada. «Me da pena hablar en público. Hablo solo cuando lo creo necesario, no me gusta majasear en los entrenamientos y trato de atender a clases para mantener mis buenas notas». Ahí está la otra cara del judoca: el que no necesita gritar para hacerse respetar. El que entiende que el tatami exige disciplina dentro y fuera de él.

Tiene palabras mayores para quienes la han formado: Aliosha Rodríguez, su primer entrenador, en el poblado de Gaspar; Alexei Mendibur y Mario Salomón, en la Academia Provincial Miguel Rodríguez Dapía; ahora, en la eide, Yodanys Bustamante y Alexander Zulueta, con el apoyo de Noel Pedroso y la profesora Olayme Góngora.

Cada nombre es un eslabón en esa cadena larga y difícil del judo. Ella lo sabe, por eso no se salta ninguno.

«El largo y difícil camino del judo», dice. No habla de atajos, no los hay. Hay tatami, caídas y hansoku make que enseñan más que un oro. Y hay una joven de 14 años, cinturón marrón, que un día subió a un gimnasio a «jugar» y ya no se bajó. Ese día comenzó todo.

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