
Foto: Tomada del facebook de CMKX Radio Bayamo
(Versiones Taquigráficas – Presidencia de la República)
Querida Alicia, queridos hijos y nietos de Ramiro;
Familiares;
Compañeras y compañeros de batallas y tareas revolucionarias;
Compatriotas:
Ramiro está otra vez en Santa Clara, amada ciudad que él contribuyó a liberar como parte de la vanguardia rebelde bajo las órdenes del Che; la misma ciudad que tantas veces a lo largo de los años visitó en misiones estratégicas de la patria.
Ramiro está en la Plaza Ernesto Che Guevara, cuya construcción, incluyendo su impresionante Memorial, supervisó hasta el último detalle y donde un día de inolvidables resonancias, junto al Comandante en Jefe Fidel Castro y al General de Ejército Raúl Castro, depositó los restos sagrados de su jefe guerrillero y su destacamento de refuerzo.
Ramiro estará en el Mausoleo destinado a los bravos combatientes del Frente Guerrillero de Las Villas, Mausoleo que visitó cada vez que vino a Santa Clara para el homenaje sentido a sus compañeros de armas.
En medio de la profunda tristeza que provoca su partida física, porque por más años que haya vivido y por más que haya entregado nos sigue haciendo mucha falta, vale agradecer el tributo popular con que toda Cuba lo ha despedido y todo lo que se nos ha revelado de su ejemplar vida en testimonios propios y de sus compañeros.
Ramiro era un hombre de silencios, que todos los días de su vida reivindicaba el precepto martiano de que «el mejor modo de decir es hacer», y hacía; pero cuando también decía, su palabra era una lección de vida. De vida y de historia, porque le apasionaba la historia de Cuba y admiraba y respetaba tan profundamente a nuestros héroes que se convirtió en uno de ellos, no diciendo, sino haciendo. Haciendo todo lo que le dio el lugar prominente que ya ocupa en nuestra historia; convirtiendo la pelea por la justicia social en el sentido de su vida, con entrega total y absoluta a la causa revolucionaria durante más de 70 años, en combate frontal contra el enemigo en todos los terrenos y en el trabajo infatigable por el desarrollo del país; tanto, que hace apenas unos meses, cuando no se le veía en la inauguración de parques fotovoltaicos o visitas a termoeléctricas, todo el pueblo preguntaba: «¿Dónde está Ramiro?»
Su laboriosidad impresionaba, activo y vital a punto de cumplir los 94 años con que lo despedimos.
Compatriotas:
Hoy no solo depositamos las cenizas de Ramiro en un lugar preñado de simbolismo. Rendimos homenaje a un hombre cuya vida se entrelaza, desde la raíz, con la propia historia de la Revolución Cubana. Un hombre que, desde sus orígenes más humildes en el barrio La Matilde, de Artemisa, supo forjar un espíritu indomable y una lealtad inquebrantable que lo convertirían en uno de los pilares fundamentales de la patria y la Revolución.
Ramiro Valdés no nació en cuna de privilegios, nació en una familia de origen muy pobre, casa con piso de tierra y techo de cartón, y donde, como él mismo recordaba, cuando llovía, llovía más adentro que afuera. Su madre, Ofelia Menéndez, una mujer íntegra, martiana y cespedista, le inculcó los valores que guiarían toda su vida: la dignidad, la honradez y el orgullo de ser pobre, pero honrado y limpio.
Fue en ese contexto de carencias e injusticias donde germinó su rebeldía con una claridad asombrosa para su juventud. Cuando el 10 de marzo de 1952 Batista asaltó el poder, Ramiro entendió de inmediato que el camino no estaba en los políticos tradicionales, sino en la juventud y en un hombre al que escuchaba por la radio: Fidel Castro Ruz.
Participó en los preparativos del asalto al Cuartel Moncada y fue quien quitó la cadena y entró primero por la Posta 3. Allí fue herido por una bala que lo acompañaría durante años y que él mismo, con su cuchillo de campaña, en una ocasión se extraería en la Sierra Maestra.
El presidio en Isla de Pinos, el exilio en México, la odisea del Granma, la derrota de Alegría de Pío y el reencuentro en Cinco Palmas con Fidel son otros episodios que inscribieron su nombre en la historia más reciente. En ninguno de esos momentos Ramiro dudó. Su fe en Fidel y en la causa era absoluta, una certeza que se convertiría en su sello personal.
En la Sierra, su arrojo y capacidad lo llevaron a ser ascendido a Comandante y a compartir las misiones más complejas. Fue segundo jefe de la Columna 8, bajo el mando del Che Guevara, en la gloriosa Invasión a Occidente, una hazaña que él, soñador desde niño, había imaginado repetir al leer las gestas de los mambises.
Fue en la Sierra Maestra donde forjó dos de los vínculos más profundos de su vida revolucionaria, con dos figuras también entrañables de nuestra historia: Ciro Redondo y Ernesto Che Guevara.
Ciro Redondo, además del compañero de armas, era su hermano del barrio La Matilde, su amigo de la infancia, su cómplice en los sueños de rebeldía. Juntos crecieron, juntos conspiraron, juntos soñaron con una Cuba libre. La muerte de Ciro en el combate de Mar Verde fue un golpe profundo para Ramiro, una herida que nunca cerró del todo.
Junto a Ernesto Che Guevara, Ramiro encontró no solo a un jefe, sino a un hermano de ideas y de sueños. Lo conoció en México y desde entonces su amistad fue inquebrantable. Recorrieron juntos las montañas en las prácticas nocturnas, aprendiendo del Che a guiarse por las estrellas. Ramiro fue testigo de su estoicismo, de cómo el asma no le impedía caminar, de cómo se exigía a sí mismo más de lo que exigía a los demás.
Fidel le encomendó a Ramiro una misión que habla de la confianza absoluta que depositaba en él: velar por la vida del Che. Una misión imposible con un hombre tan audaz como el Che, pero que Ramiro asumió con la responsabilidad de quien entiende el peso de esa confianza.
Cuando el Che cayó en Bolivia fue Ramiro el encargado por la dirección del país de buscar, exhumar y trasladar a Cuba sus restos y de los compañeros caídos en la guerrilla. En esos momentos reflexionaba: «…de haber estado ahí (…), yo no lo estaría buscando, sino que nos estuvieran buscando a él y a mí, a los dos». Esa hermandad con el Che trascendió la muerte.
El triunfo de la Revolución fue un nuevo comienzo. Ramiro, junto a un puñado de hombres, asumió la titánica tarea de organizar los Órganos de la Seguridad del Estado. Partió de una oficina en Ciudad Libertad, con apenas tres personas, para construir la defensa de la Revolución frente a los más poderosos enemigos. «En silencio ha tenido que ser» se convirtió en su lema, una máxima que distinguió su trabajo callado, eficaz y profundamente patriótico.
Como Ministro del Interior enfrentó las conspiraciones de la CIA, los planes de atentado contra Fidel, el bandidismo en el Escambray y la agresión imperialista en todas sus formas.
Como Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros asumió la responsabilidad de dirigir sectores estratégicos como las telecomunicaciones, la energía, la construcción y la minería, entre otros. Un hombre que no había cursado una ingeniería supo rodearse de los mejores maestros, estudiar y aprender, demostrando que el compromiso revolucionario es el mejor motor para superar cualquier desafío.
Más allá de los cargos y las responsabilidades, Ramiro Valdés es, ante todo, un ejemplo de disciplina y consagración. Su famosa rutina de ejercicios físicos al mediodía no era un capricho, sino una preparación. Él entendía que para servir a la Revolución, para estar listo para las tareas y para lo que pueda venir había que estar en condiciones físicas y mentales.
Su rechazo al protagonismo era otra de sus grandes cualidades. Su único objetivo fue cumplir, de forma natural y humilde, con el deber que la vida y la Revolución le pusieron por delante. Esa modestia, esa falta de vanidad es quizás uno de los rasgos que más lo distinguieron y que lo convirtieron al mismo tiempo en uno de los líderes más queridos y respetados por el pueblo cubano.
La vida ejemplar de Ramiro Valdés nos enseña que la Revolución se hace con humildad, con disciplina y con una fe infinita en la victoria. En él se resumen los mejores valores de nuestra historia: la rebeldía de Céspedes, la lucidez de Martí, el arrojo de Maceo y la consagración de los combatientes de la Sierra y el llano.
Hay un vínculo que atraviesa toda la vida de Ramiro Valdés como un eje central: su lealtad a Fidel y a Raúl. No exactamente a dos hombres, sino al ideal que ellos simbolizan y que une a toda una generación y, con ella, a todo un pueblo en el combate por la soberanía de la patria, por la justicia social y por el desarrollo. Una lealtad que es fruto de años de lucha compartida, de confianza mutua y de una visión común sobre el futuro de Cuba.
Su relación con Fidel comenzó antes incluso de conocerse personalmente. Ramiro escuchaba atentamente a Fidel por la radio y supo, con esa certeza que solo dan los instintos revolucionarios, que estaba escuchando al líder que el país necesitaba. Cuando finalmente lo conoció en Prado 109 su impresión fue contundente: Fidel era el dirigente, el político, el revolucionario que iba a resolver el problema de la situación de Cuba.
Su relación con Raúl fue igualmente profunda y fraternal. Del General de Ejército recibió no solo indicaciones, sino también una confianza y un respeto que se mantuvieron intactos a lo largo de los años. Ambos compartieron la misma visión de la disciplina, el mismo rigor en el trabajo y la misma modestia en el trato. Como Ramiro mismo reconocía, Raúl siempre fue muy claro y muy exigente, y esa exigencia se convirtió en una premisa para su propio quehacer.
Cuando Raúl impulsó la promoción de las nuevas generaciones Ramiro estuvo allí, apoyando sin reservas, acompañándonos en la tarea de continuar la obra. Soy uno de los privilegiados alumnos de su escuela revolucionaria y de su manera firme pero afectuosa de intercambiar criterios y experiencias, porque Ramiro Valdés fue un hombre de sentimientos profundos, aunque su aparente parquedad pudiera sugerir lo contrario.
Quienes lo conocieron saben que detrás del rostro severo y la mirada exigente latía un corazón de inmensa ternura. Lo demostró en la forma en que hablaba de su madre Ofelia, a quien atribuía todo lo que era, y recordaba cómo ella le inculcó la dignidad y la honradez que guiaron su vida. Esa veneración por la figura materna habla de un hombre que nunca olvidó sus raíces ni el sacrificio de quienes lo criaron. También lo demuestra la relación con la familia de sus compañeros caídos y con la suya propia.
Ramiro fue un padre dedicado, un esposo atento y cariñoso. Su amada Alicia, la rectora de la casa, como él la llamaba con cariño, fue su compañera durante más de cinco décadas. Sus hijos y nietos fueron testigos de un hombre que, a pesar de las responsabilidades inmensas, siempre encontraba tiempo para estar presente, para educar con el ejemplo, para transmitir los valores que había recibido de su madre y de la Revolución, y lo cito: «La historia demuestra, por lo menos la cubana, que para ser revolucionario hay que ser romántico, idealista y enamorado, en primer lugar de la Revolución, es así, no hay otra manera».
¡Hasta Siempre, querido Comandante de la Revolución Cubana Ramiro Valdés Menéndez!
No le pido que descanse en paz, por lo que ya se dijo en esta misma Plaza en 1997 al recibir los guerrilleros huesos del Che y sus compañeros de combate.
Como entonces escribió el villaclareño inolvidable Enrique Núñez Rodríguez sobre el Memorial, también el Mausoleo donde hoy depositamos sus cenizas «ha de ser un lugar para el combate / por la causa del pueblo, / una trinchera, / más bien un campamento, / un sitio de batalla / donde no habrá reposo ni en paz descanse / para el guerrillero».
¡Gracias por la entrega, la consagración y el ejemplo, querido Ramiro!
¡Hasta la Victoria Siempre! (Ovación.)
