La Ventana de Overton: el arte de normalizar lo monstruoso
5 de Septiembre Opinión Portada Sociedad

La Ventana de Overton: el arte de normalizar lo monstruoso

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Hace unos días, navegando sin rumbo por internet, me topé con un vídeo que me dejó helado. En un programa de televisión europeo, un joven invitado, con una sonrisa de oreja a oreja, declaraba abiertamente: “Soy orgullosamente fascista”. Y lo más perturbador no fue su declaración, sino la reacción del público: aplaudían. Casi al mismo tiempo, encontré vídeos de jóvenes israelitas que declaraban haber matado varios niños palestinos y, cuando el entrevistador insinuaba que eso era un crimen, ellas respondían entre risas: “Pero no eran tantos”.

¿Cómo es posible que lo que sus abuelos enterraron en los campos de batalla contra el nazismo —o aquello que padecieron como víctimas del Holocausto— hoy sea vitoreado en televisión? La respuesta llegó cuando descubrí la “Ventana de Overton”.

Desarrollada a mediados de los 90 por Joseph P. Overton, esta teoría mide el grado de aceptación social de las ideas políticas. Overton dividió el espectro en seis niveles: Impensable (1), Radical (2), Posible (3), Sensato (4), Popular (5) y Política implementada (6). La ventana se desplaza cuando los medios, las redes y los activistas repiten una idea hasta que el cerebro social se acostumbra. Porque la repetición crea familiaridad, y la familiaridad engendra aceptación. Lo que hoy es un disparate, mañana es una opinión; lo que es una opinión, pasado mañana se convierte en ley.

En este juego, los políticos no solo miden la temperatura social: también pueden regularla con sus discursos. Cuando uno repite “Viva la Libertad carajo”, “Los zurdos de mierda” o “Las Malvinas son inglesas”, está calentando el termómetro para acelerar la ventana en la dirección que mejor sirve al capital que lo patrocina.  No es que ellos sean los únicos que mueven la ventana, pero si son sus grandes aceleradores.

Donald Trump perfeccionó esta técnica con Steve Bannon, quien lo resumió: “A la mierda la Ventana de Overton”. “Hay que llevarlo todo lo lejos que puedas, hasta que encuentres resistencia”, dijo Bannon, “y no hemos encontrado ninguna resistencia”. Entonces entenderíamos que cuando Trump proclamó que sería dictador “solo el primer día” o amenazó con invadir Groenlandia: cuando anunció que Canadá sería un Estado de la Unión y renombró el Golfo de México; no eran delirios. Era la estrategia de saturación: inundar la zona de mierda para saltar a niveles más extremos.

Recientemente en la Cena de Corresponsales, se colocó una gorra “Trump 2028” y bromeó sobre un cuarto mandato, violando la 22ª Enmienda. Estaba saltando a otro nivel, pues cuando un presidente “bromea” sobre violar la Constitución, ya no es una broma: es un martillazo contra la ventana para que lo impensable se convierta en ley. El método no es nuevo. Goebbels ya lo formuló: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Donde él usaba radio y cine, Bannon y Trump usan algoritmos y redes: deshumanizar, simplificar, apelar al miedo y repetir.

Ese joven europeo no nació fascista, del mismo modo que las jóvenes israelitas no nacieron con odio. Se criaron en un ecosistema donde los eufemismos hicieron el trabajo sucio. Nadie dice “quiero un régimen totalitario”; dicen “quiero un líder fuerte que limpie la casa”. Nadie dice “odio al diferente”; dicen “defiendo mi identidad” o “somos el pueblo elegido”. Al cambiar las etiquetas, se transforma el contenido. Lo que en los 50 era un crimen de lesa humanidad, en los 90 pasó a ser una “rareza marginal”, y hoy es un “orgullo” que merece aplausos.

El caso paradigmático es la política de Estados Unidos contra Cuba. Durante décadas, las agresiones —terrorismo, guerra bacteriológica, bloqueo— se ocultaban bajo secretos de Estado y solo se conocían años después, cuando los documentos se desclasificaban. Pero la ventana se ha movido. Hoy, lo que antes se escondía se proclama abiertamente. Este 23 de julio, el Secretario de Estado anunció nuevas medidas contra Cuba, normalizando la falta de medicamentos o los quirófanos sin luz eléctrica, y la muerte de miles de persona. Ya no es un crimen oculto; es una política declarada.

Pero la Ventana ha ido más lejos: ha logrado invertir la narrativa. Ahora, EE.UU. proclama que Cuba es la amenaza. La etiqueta “comunista” acompaña cada discurso, como en los mejores tiempos del fascismo, y sirve para legitimar el castigo colectivo y desconocer el genocidio del bloqueo. En Miami, emigrados anexionistas aplauden las penurias de sus familiares. Los medios llaman al bloqueo ya no solo lo llaman eufemísticamente “embargo”  sino que lo reconocen como “herramienta de presión”. En el Senado, se fijan fechas para una intervención militar sin que se mueva una silla. La ventana ha llegado al nivel 6: el que fuera un crimen oculto es ahora política implementada.

El italiano Antonio Gramsci hablaba de la hegemonía cultural: la clase dominante controla el “sentido común”. Si logra que el proletariado acepte la desigualdad, entonces no necesita la violencia, porque la violencia está en las cabezas. La Ventana de Overton no es libertad de expresión, sino el perímetro de la prisión ideológica. Hoy se permite debatir si se es fascista, si se invade Cuba o si se justifica el asesinato de niños palestinos. Lo monstruoso se convierte en banal. Porque cuando pierdes el sentido común de las cosas, pierdes el poder de asombro.

Así, el fascismo se normaliza, pero solo cuando nosotros nos acostumbramos a él. Cuando nos acostumbramos a la banalización de crímenes monstruosos, es que ya hemos sido atrapados. Pero cuando la memoria histórica se instala en la conciencia, la Ventana de Overton deja de ser una prisión y se convierte solo en un espejo: ya no te atrapa, solo te muestra lo que ha pasado y está pasando.

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