La radiografía del bloqueo que Washington afirma que no existe
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La radiografía del bloqueo que Washington afirma que no existe

La radiografía del bloqueo que Washington afirma que no existe

Hay una frase que los voceros del Departamento de Estado repiten como un mantra hueco cada vez que se les pregunta por Cuba: “Las sanciones no están dirigidas contra el pueblo, sino contra el régimen”. Esto es una mentira tan descarada que, si no fuera por el sufrimiento que causa, daría risa. Pero la realidad —esa que se descubre más allá de las ruedas de prensa y los comunicados oficiales— tiene toda la claridad posible. 

Los números que acaba de publicar el diario Granma, con datos del período de marzo de 2025 a febrero de 2026, no son meras estadística, son la contabilidad del dolor, la prueba material de un castigo colectivo que viola todas las leyes del derecho internacional. Casi 8 083 millones de dólares en pérdidas en un solo año. Esa es la cifra real del bloqueo. Lo demás es retórica.

Desde una óptica materialista, el bloqueo no es una abstracción diplomática. Es una fuerza económica concreta que estrangula la vida de nuestro país. Y el capitalismo imperialista, cuando se enfrenta a un proyecto que osa desafiarlo, no duda en usar todas las herramientas a su alcance para destruirlo. 

No se trata de un “embargo” clásico, sino de una guerra económica total que incluye la persecución financiera internacional, el cerco energético y el sabotaje directo. Basta con mirar la distribución sectorial de los daños, para entender que el objetivo no es un grupo de dirigentes, sino la base misma de la sociedad cubana.

El turismo, otrora locomotora de la economía, ha sufrido pérdidas superiores a los 2 093 millones de dólares. ¿La razón? El efecto disuasorio de las sanciones, la persecución a las cadenas hoteleras extranjeras y las restricciones de viaje. 

Pero si hablamos de lo vital, el sector de la producción de alimentos acusa un golpe de 868 millones de dólares, y el energético de 802 millones. Son números fríos que se traducen en algo muy cálido y doloroso —y que padecemos diariamente— como los apagones de más de 10 horas que agobian a la población.

El déficit de generación eléctrica existe no porque las termoeléctricas hayan decidido dejar de funcionar, sino porque el cerco naval y financiero impide importar el combustible necesario. En un solo golpe, el imperio atenta contra el agua potable, los hospitales, el transporte y la capacidad de conservar alimentos.

Los defensores del “libre mercado” suelen olvidar la parte más obscena de esta política. En el ámbito de la salud, la farmacéutica y la biotecnología, las pérdidas superan los 500 millones de dólares. Y las cifras se tornan escalofriantes cuando se les pone rostro humano. 

En 2025, el 64 % de los medicamentos y suministros médicos necesarios resultaron inalcanzables para el sistema de Salud cubano. Se necesitan 65 suministros médicos que no se pueden adquirir, y 34 medicamentos vitales escasean por el simple hecho de contener un solo componente de origen estadounidense o estar sujetos a licencias de firmas con patentes en EE. UU.

Como consecuencia directa de esta asfixia, la tasa de mortalidad infantil en Cuba experimentó un incremento del 148 % entre 2018 y 2025. Según los datos oficiales, 39 000 niños menores de cinco años padecen desnutrición crónica, y el 42 % de las embarazadas sufre anemia. 

¿Es esto un daño colateral? No. Es el razonamiento macabro de quien, al no poder derrocar a un gobierno por la vía militar, decide matar de hambre a sus niños para provocar un estallido social. El bloqueo, en su fase actual, es un acto de genocidio silencioso que se ejecuta con crueldad.

A esto se le suma la persecución financiera despiadada. En los últimos cinco años, 46 entidades bancarias extranjeras han sido sancionadas por la OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros) por el simple delito de operar con Cuba. El bloqueo no solo impide que Cuba compre, también castiga a cualquier tercero que se atreva a venderle. 

En el primer semestre de 2026, se contabilizaron al menos 20 bancos que se negaron a procesar operaciones con Cuba por miedo a las represalias estadounidenses. Y mientras el gobierno de Trump se jacta de su “libertad de comercio”, el bloqueo impide que 100 000 toneladas de combustible —destinadas al suministro eléctrico y agua— lleguen a puerto, y deja varados en el mar contenedores con 100 000 toneladas de alimentos.

El recrudecimiento actual no es un accidente. Responde a una estrategia geopolítica clara. La administración de Donald Trump, junto a su secretario de Estado Marco Rubio, ha decidido aplicar la Doctrina Monroe en su versión más agresiva. La orden ejecutiva firmada el 29 de enero de 2026, que declaró una “emergencia nacional” por la supuesta amenaza de Cuba a la seguridad de EE. UU., fue el preludio de un bloqueo energético que busca asfixiar al país en cuestión de meses. 

No se trata solo de una venganza política de la ultraderecha de Miami; se trata de un imperio en decadencia que necesita mostrar “victorias” para consumo interno. Al no poder doblegar a Irán o a Rusia, y con una situación económica desastrosa en casa, Washington busca un trofeo fácil en su “patio trasero”. El bloqueo es, en esencia, la máxima expresión de la arrogancia imperialista, y la creencia de que una isla de nueve millones de habitantes puede ser puesta de rodillas por decreto.

Frente a este panorama, la respuesta de Cuba no puede ser otra que la resistencia y la denuncia internacional. El bloqueo no es solo un problema económico; es una violación flagrante de los derechos humanos más elementales. La comunidad internacional lo sabe. Por eso, año tras año, la Asamblea General de la ONU vota de manera abrumadora contra esta política criminal. Y, sin embargo, el imperio hace oídos sordos.

La verdad material del bloqueo dice que no existe un solo cubano cuya vida no haya sido afectada por esta política. No es una teoría, es la falta de un medicamento, el apagón de 20 horas, la escasez de leche para un niño. Es la aritmética del genocidio. Pero también es la historia de un pueblo que, a pesar de todo, sigue inventando, creando y resistiendo.

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