La pobreza crónica no solo vacía bolsillos, también puede dejar huellas en el cerebro
Cuba Si Portada

La pobreza crónica no solo vacía bolsillos, también puede dejar huellas en el cerebro

Cuando la incertidumbre económica deja de ser un episodio y se convierte en una condición persistente de la vida, sus consecuencias podrían alcanzar un territorio que durante mucho tiempo pareció alejado de las estadísticas de pobreza: el cerebro.

Una investigación dirigida por científicos de la University College London (UCL) aporta ahora una pieza importante a esa relación. El trabajo, publicado el pasado julio en Innovation in Aging  bajo el título “Adversidad financiera persistente y envejecimiento cognitivo: una investigación a lo largo del curso de la vida” encontró que contar solo con bajos ingresos de modo persistente y sufrir dificultades financieras durante la adultez, se asociaba a un peor rendimiento cognitivo en la mediana edad y, décadas después, a determinados indicadores de peor salud cerebral.

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Mujer atribulada pensando cómo pagar sus cuentas

Foto ilustrativa: tomada de yucatan.com.mx

No fue una fotografía, sino siete décadas de seguimiento. 

Para el estudio, cuyos resultados resumió la propia universidad, los investigadores analizaron información de 2 759 británicos, pertenecientes a la cohorte de 1946, quienes fueron seguidos durante décadas.

Ese seguimiento permitió relacionar las condiciones económicas experimentadas en la adultez con pruebas cognitivas realizadas posteriormente y, en un subgrupo, con imágenes del cerebro.

Los participantes habían proporcionado información sobre los ingresos de su hogar a los 26, 43 y 53 años, respectivamente. Los investigadores consideraron como bajos ingresos aquellos situados dentro del 20 % inferior de la muestra y clasificaron como persistente la presencia de bajos ingresos en al menos dos de esas tres mediciones.

Las dificultades financieras se estudiaron de otra manera. A los 36, 43 y 53 años se preguntó por problemas relacionados con la situación económica, entre ellos la dificultad para vivir con los ingresos disponibles o afrontar las facturas. También aquí se consideró persistente la adversidad cuando aparecía en al menos dos mediciones.

No es un detalle menor. La investigación intenta responder a una pregunta que los estudios basados en una sola fotografía económica no pueden resolver: ¿qué ocurre cuando la inseguridad financiera acompaña a una persona durante buena parte de su vida adulta?

Cerebros de 53 años con una desventaja

A los 53 años, quienes habían estado expuestos con mayor frecuencia a bajos ingresos o dificultades financieras, obtuvieron peores resultados en las dos capacidades cognitivas estudiadas: velocidad de procesamiento y memoria verbal

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Mujer preocupada

Foto ilustrativa: tomada de fem.es

La exposición permanente a bajos ingresos se asoció con una reducción de 0,07 desviaciones estándar en la velocidad de procesamiento y de 0,16 en memoria verbal; en el caso de las dificultades financieras, las asociaciones fueron de 0,05 y 0,10 desviaciones estándar, respectivamente. 

Pero existe una precisión fundamental que impide convertir el estudio en un titular engañoso.

Los investigadores observaron que, entre los 53 y los 69 años, quienes habían experimentado mayor adversidad financiera no presentaron una caída más rápida de la memoria verbal. Su descenso fue más lento, pero el análisis indica que esto se explicaba porque ya partían de niveles cognitivos inferiores a los 53 años.

Por eso sería incorrecto afirmar simplemente que “la pobreza acelera el deterioro cognitivo”, como si todos los participantes pobres hubieran experimentado una pérdida más rápida de capacidades durante el mismo período. 

Lo que el estudio sí muestra con precisión es que la adversidad económica persistente está asociada con un peor nivel cognitivo en la mediana edad y con indicadores de peor salud cerebral posteriormente.

Cuando la desigualdad aparece en una resonancia

La investigación adquiere otra dimensión cuando entra en escena Insight 46, un subestudio de neuroimagen de la cohorte británica. 

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Persona a la que le hacen una resonancia magnética

Foto ilustrativa: tomada de fcv.org

Entre los participantes disponibles para los distintos análisis de neuroimagen, entre 356 y 468 personas, las resonancias permitieron estudiar medidas relacionadas con la estructura y la salud del cerebro entre los 69 y los 71 años.

El resultado que más llamó la atención fue el volumen ventricular. Las personas que habían experimentado persistentemente bajos ingresos presentaban un mayor volumen de los ventrículos cerebrales, con una diferencia estimada de 4,67 mililitros después de los ajustes estadísticos. 
 

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Imagen para graficar los ventrículos cerebrales

Los ventrículos cerebrales son cuatro cavidades que se encuentran en el interior del cerebro, conectadas entre sí y llenas de líquido cefalorraquídeo, que circula por ellas y alrededor del cerebro y la médula espinal. Imagen ilustrativa: tomada de medicipedia en Instagram

El estudio explica que  la expansión ventricular constituye un indicador asociado a peor salud cerebral y a la pérdida de tejido cerebral. 

La investigación también encontró que las asociaciones entre adversidad financiera y atrofia cerebral eran más fuertes en determinados grupos: hombres, personas que habían crecido en circunstancias socioeconómicas más desfavorables y portadores de una variante genética (APOE-ε4) vinculada a mayor riesgo de padecer enfermedad de Alzheimer.

Sin embargo, tampoco aquí corresponde inferir de manera contundente que la pobreza “produce” atrofia cerebral. El estudio es observacional. Sus autores identificaron asociaciones después de tener en cuenta variables como la capacidad cognitiva durante la infancia, el nivel educativo y las circunstancias socioeconómicas infantiles, pero un estudio de este tipo no permite establecer por sí solo una relación causal definitiva.
Pobreza persistente y pensamiento
La investigación abre varias posibilidades. Una de ellas tiene que ver con el estrés crónico. La propia UCL señala la inflamación como uno de los mecanismos potenciales capaces de conectar el estrés persistente con el envejecimiento cerebral. 

Otra hipótesis es la llamada carga cognitiva: cuando una parte considerable de la capacidad mental está ocupada permanentemente por problemas financieros, quedan menos recursos disponibles para otras tareas cognitivas.

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Imagen ilustrativa del cerebro como un rompecabezas al que faltan piezas

Imagen ilustrativa: Getty Images

El artículo de Innovation in Aging  recoge antecedentes experimentales que apuntan precisamente en esa dirección, entre ellos investigaciones sobre cómo las preocupaciones presupuestarias pueden consumir recursos cognitivos limitados.

Pero los propios resultados de este nuevo estudio no permiten determinar cuál de esos mecanismos -estrés, inflamación, carga cognitiva, condiciones materiales de vida, u otros factores relacionados- explica la asociación observada. 

Esa distinción importa porque pobreza no equivale únicamente a falta de dinero; suele estar acompañada, entre otras, por diferencias en vivienda, alimentación, condiciones laborales, acceso a servicios, hábitos de salud y exposición a otros factores de riesgo.

Precisamente por eso la investigación resulta más interesante cuando se la mira desde la perspectiva del curso de vida. La desventaja económica no aparece necesariamente como un acontecimiento aislado, sino como una sucesión de exposiciones que pueden acumularse durante décadas. 

El artículo vincula esta interpretación con la teoría de la desigualdad acumulativa, según la cual las desventajas tempranas pueden amplificarse a lo largo de la vida.

La pobreza como factor de riesgo, no como destino

Hay una conclusión que merece ser tratada con especial cuidado. Los resultados no significan que una persona pobre vaya inevitablemente a sufrir deterioro cognitivo o demencia, del mismo modo que tener ingresos elevados no constituye una garantía que previene de esos padecimientos.

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Infografía sobre signos del deterioro cognitivo

Infografía: Instagram

Lo que sugieren es que la exposición persistente a una economía personal insuficiente podría formar parte de los factores sociales y ambientales que influyen en cómo envejece el cerebro. 

Y esa posibilidad tiene una consecuencia política de enorme alcance: si algunas exposiciones sociales son modificables, la prevención de los problemas cognitivos no tendría que comenzar necesariamente cuando aparece la pérdida de memoria.

La UCL plantea precisamente esa interpretación cuando señala que apoyar a las personas económicamente vulnerables en edad laboral y reducir la pobreza crónica, podría contribuir, potencialmente, a prevenir casos futuros de deterioro cognitivo y demencia. 

Quizá esa sea la verdadera novedad de esta investigación. La pobreza suele contarse en dinero; el envejecimiento, en años. Pero una cohorte seguida durante siete décadas permite formular una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué ocurre cuando la falta de recursos deja de ser una circunstancia pasajera y se convierte en una experiencia acumulativa de toda una vida?

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Pobre en la calle pidiendo ayuda

Foto ilustrativa: Freepik

El estudio de UCL no ofrece todavía una respuesta causal definitiva. Sí aporta, en cambio, una evidencia difícil de ignorar: las dificultades económicas persistentes aparecen vinculadas a diferencias cognitivas ya visibles en la mediana edad y a determinados indicadores de peor salud cerebral en la vejez.

La pobreza puede no aparecer en una resonancia magnética como una variable visible. Pero, según estos datos, la historia económica de una vida sí puede dejar allí algunas de sus lamentables huellas.

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