La inflación en Cuba: una batalla por la supervivencia de la Revolución y el bienestar del pueblo
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La inflación en Cuba: una batalla por la supervivencia de la Revolución y el bienestar del pueblo

Cuando uno se sienta a reflexionar sobre la inflación cubana, no puede hacerlo ni desde la fría estadística ni desde los manuales de economía escritos en países sin bloqueo. Hay que hacerlo desde la trinchera, desde la resistencia diaria de un pueblo que lleva más de seis décadas demostrando que no se rinde. Porque esto, compañeros, no es un problema técnico: es una batalla política, y en ella está en juego nada menos que la supervivencia de la Revolución y el bienestar de nuestro pueblo.

La inflación: un termómetro de la agresión imperialista

No podemos hablar de inflación sin hablar de su causa fundamental: el bloqueo criminal de Estados Unidos. Las cifras oficiales hablan de un 18,27% de inflación interanual en el mercado formal, pero cualquier cubano sabe que la realidad es más dura. El cerco petrolero que Washington impuso desde enero ha disparado los precios de manera transversal y a niveles descomunales, especialmente en la alimentación y el transporte.

El Partido Comunista y el gobierno han reconocido con honestidad revolucionaria que hay «una acumulación de distorsiones, adversidades, dificultades y errores propios, exacerbados por un bloqueo externo extremadamente agresivo”. Y frente a eso, la respuesta no puede ser la resignación. Como ha dicho el presidente, «no hay espacio para la gestión resignada de la crisis».

¿Qué nivel de inflación sería sano para nuestro pueblo?

En una economía normal, sin bloqueo, con producción propia y moneda estable, el objetivo sería una inflación entre el 2% y el 5% anual. Pero en Cuba, con un bloqueo que nos estrangula, hablar de esas cifras hoy sería irrealista.

El nivel de inflación que sería sano para nuestro pueblo es aquel que permita que una familia con un salario medio pueda cubrir sus necesidades básicas sin tener que vender lo poco que tiene. Y eso pasa por estabilizar la macroeconomía, porque como ha dicho el presidente, la estabilidad macroeconómica «no es un lujo tecnocrático; es una condición para que los salarios valgan la pena, para que el mercado funcione, no por sí mismo, sino para garantizar una política social sostenible”.

Las transformaciones necesarias: una mirada desde la conciencia revolucionaria.

Se han aprobado 176 medidas económicas que representan la transformación más profunda de nuestra economía socialista en décadas. No las hemos hecho para complacer a nadie, es para sobrevivir. Como ha dejado claro Díaz-Canel: “Se trata, por encima de todo, de salvar la Revolución”.

En esta tarea esencial para bajar los precios y con ello los niveles de inflación, estas son algunas de las propuestas que hacemos:

Primero: dejar de financiar el déficit con emisión monetaria. Esto no es una concesión al neoliberalismo, es una necesidad marxista. Cuando el Estado emite dinero sin respaldo, lo que hace es un impuesto invisible sobre los que menos tienen. Por eso el gobierno está trabajando en la estabilización macroeconómica como condición para que los salarios recuperen su valor.

Segundo: unificar el tipo de cambio. La multiplicidad cambiaria distorsiona toda la economía. Un tipo de cambio único, aunque alto, daría señales claras a los productores y a los importadores. Y en una economía que depende de lo que viene de fuera por culpa del bloqueo, eso es vital.

Tercero: transformar la empresa estatal. Las empresas públicas se están convirtiendo en sociedades mercantiles, con autonomía de gestión y expuestas incluso a reestructuraciones si acumulan pérdidas. El objetivo es claro: hacer más eficiente el sector estatal, sanearlo, evitar el derroche. Marx ya mostró cómo la eficiencia es una fuerza objetiva que, incluso en el socialismo, debe ser gestionada.

Cuarto: abrir espacios al sector no estatal. Se han aprobado miles de MIPYMES, se ha ampliado el límite de trabajadores y se permite la inversión de cubanos residentes en el exterior. No estamos hablando de grandes capitalistas, acaso de pequeños y medianos productores que, insertos en la economía nacional, pueden aportar mucho. No se cede la propiedad de los medios fundamentales de producción, eso no se negocia.

Quinto: atacar el problema energético como una emergencia nacional. El bloqueo petrolero de Estados Unidos ha paralizado nuestra economía. Por eso se ha autorizado la primera inversión extranjera para importar y vender combustible, y casi 200 empresas cubanas ya tienen permiso para la distribución mayorista de combustible. Es supervivencia, no entrega.

Sexto: proteger a los más vulnerables. Se eliminan subsidios universales y se concentran en los que más lo necesitan. El Presupuesto del Estado subsidiaba el sector empresarial con 92,5 mil millones de pesos, la mitad destinada a tarifas eléctricas. Revisar y eliminar gradualmente esa carga es coherente con una gestión socialista racional.

La unidad del pueblo como arma principal

Frente a quienes desde fuera nos etiquetan como un «estado fallido», el presidente ha respondido con la verdad de los hechos: «¿Un estado fallido podría enfrentar un huracán como Melissa y superar el desafío de proteger la vida del pueblo en momentos muy críticos para la economía? 

Los que odian a Cuba olvidan que en nuestra Isla el Estado somos todos. El tejido social que la Revolución ha creado en cuadras, barrios y comunidades es más poderoso que cualquier Estado típico. El poder del pueblo, ese es el verdadero poder.

Como ha dicho Roberto Morales Ojeda, la respuesta del pueblo y el gobierno cubano no es la rendición, sino la preparación meticulosa y la movilización colectiva, demostrando una vez más que la unidad y la inteligencia son los pilares para avanzar.

Conclusión: una revolución que se reinventa

La inflación en Cuba no es un número, es un termómetro de la agresión imperialista y de nuestra capacidad de resistencia. Las transformaciones que estamos aplicando no son perfectas, tendrán contradicciones, pero es mejor avanzar con correcciones que quedarnos paralizados mientras el bloqueo nos asfixia. Como he mencionado antes.

«No vamos a implementar un capitalismo depredador ni a realizar una privatización masiva de los activos nacionales, como algunos temen. No habrá privatización de la salud, la ciencia, la cultura o los servicios estratégicos para la nación”.

La Revolución no se arrodilla, se reinventa y se fortalece en la adversidad. Porque como nos enseñó Fidel,

“Revolución es sentido del momento histórico, es cambiar todo lo que debe ser cambiado, es defender los valores en los que se cree a costa de cualquier sacrificio”. Y eso, más que cualquier cifra, es lo que realmente nos mantiene en pie.

El camino es difícil, pero el rumbo es claro: salvar la Revolución, construir una sociedad más justa y mejorar la vida de nuestro pueblo. Esa es la batalla que estamos librando. Y la vamos a ganar.


*El autor es Ms. y vicepresidente de la ANEC Nacional.

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